Un cuento de nunca acabar

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FranciscoPantojaPor: Francisco Javier Pantoja Pantoja

@fjpantoja

La cosa arrancó cuando el gran navegante salió a buscar la pimienta y el comino, y encontró el oro y los esclavos. Y “más perdido que un brasier en la espalda” se topó con una tierra a la que denominó las indias occidentales, ese día nació en el ‘nuevo mundo’ el remoquete despectivo y discriminador de ‘indio’. Indios los de la India.

Cuando llegaron los españoles, se estima que habían en América 60 millones de nativos o de indígenas, ¡como quiera llamarlos!. En ese entonces por cada seis americanos respiraba al otro lado del charco un ibérico. Pero los de allá traían la pólvora y la enfermedad en cantidades suficientes para acabar con la civilización aborigen.

Borraron ciudades importantes que triplicaban en población a Lisboa -que para la época solo llegaba a 70.000 habitantes-, ejemplo de ello son las ruinas de Machu Picchu.

No vaya más lejos, de los 6 millones de nativos que poblaban la Nueva Granada quedaron si acaso 200.000 según el censo de 1778 realizado por la ‘Corona’. En este punto cabe lo que dijo Benedicto XVI en un campamento Nazi: “¿Por qué permitiste esto, señor?”

Entretanto abundaba la tierra y escaseaba la mano de obra gratis, la producción de oro se vino al piso y empezaron las penurias del ‘adelantado’ colonizador. A propósito, ¿quiénes eran los dueños de la tierra? Fácil, los nativos. Los que tenían más de 10.000 años de posesión -como dicen los abogados-.

En este orden de ideas y lógicas contrarias, el oro debía cruzar el atlántico. El barco que iba, venía cargado de esclavos africanos para reemplazar al indígena que ahora estaba ‘protegido’ por el invento del resguardo. Así la Corona Española, se consolidó como la dueña de las tierras americanas y se adelantaba al ‘Apartheid’ africano.

Esta columna ha llegado a un punto de quiebre: ¿qué hacer hoy para reparar este daño? Nada. En su momento, nadie le exigió a España, como si lo hicieron con Alemania, pagar por los horrores causados. Lo único que hizo la patria fue abolir la esclavitud luego de indemnizar al esclavista y desplazar al indígena a tierras altas e improductivas. Felizmente el “indio” sin nada y aún más el afro.

De otra parte, el último número de la revista ‘Nature Communications’ publicó una investigación genética, que entre otras, concluye: “cualquier latino tiene trazas de europeo, africano e indígena”. Nada nuevo. Sin embargo, reafirma que en esta tierra, ya no hay ni indígenas ni afros puros, y que el único hidalgo que aún queda es Don Quijote; el resto, todos, mestizos con sabor a vainilla y arequipe más chocolate.

En consecuencia, la sangre indígena corre por todas las vías, aunque alguna pueda estar taponada. Respetable la exigencia ancestral, no obstante, la sociedad caucana reconoce la determinación de sus reclamos. Empero, la ‘cosmovisión indígena’ debe incluir al Cauca, sus etnias y sectores, al campesino, al ciudadano urbano, en fin, todos en la cama y no en el suelo.

De lo contrario la frustración de unos en sus pretensiones y las soluciones forzadas a otros, terminará por aumentar la fuerza del taponamiento; sin embargo, la oportunidad está servida, el posconflicto comienza en el Cauca, la reforma agraria incluyente no tiene más plazos, el pacto por el uso del agua y las zonas de exclusión minera son el tesoro guardado del departamento. El único capaz de enderezar este entuerto es el Estado.

Las sociedades conviven con su historia y de cuando en cuando es bueno desempolvarla para no repetirla. En tanto le cuento al lector esta perla de la visión Inca: ellos, los Incas, creían que Wiracocha -el dios creador- vendría por el mar y así fue, por el Pacífico llegó Pizarro, mató a Atahualpa y se casó con su hermana. Ya es hora que la historia se aleje del ventajismo.

El problema de la tierra ha acorralado al ciudadano, al punto de decidir entre tomar partido, hacerse el de la vista gorda o atacar sin piedad a los indígenas. ¡No! ninguna de las tres alternativas. Aquí lo que debe unir es el Cauca, porque si a bloquear, invadir, dividir, discriminar y descartar se dedican los caucanos, el nombre del departamento terminará perdiendo la u, ¡la letra del medio! y entonces será otra cosa.

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