Un literato que hace periodismo y un periodista que hace literatura

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Por Jaír Villano

@VillanoJair

¿Se puede hacer buen periodismo y a su vez buena literatura? Camus, Orwell, Capote, Mailer, Wolf, Cepeda Samudio, García Márquez, Juan José Hoyos, Eloy Martínez, la lista es larga, pero personalidades como estas nos llevan a pensar que es posible. Yo pienso que se debe hacer una balanza, pues no se puede ser buen periodista (y ya voy a definir qué es serlo) y al mismo tiempo buen escritor.

Capote escribió A sangre fría con el mismo vitalismo con el que hizo Música para camaleones, Orwell escribió análisis políticos con la misma profundidad con que trazó 1984, Mailer habló de la segregación de la sociedad estadounidense y de las tetras de republicanos y demócratas con la misma claridad con que narró las desgracias de Gary Gilmore en La canción del verdugo, Juan José Hoyos ilustró la problemática del oro en Colombia, en una de las mejores crónicas escritas en este país y, de igual forma, escribió una novela bellísima: de fracasos y derrotes, de amores y desamores: El cielo que perdimos. Los ejemplos abundarán, claro, pero el punto es que estos son casos singulares.

No sé ustedes, pero para mí la literatura y el periodismo son dos vocaciones que demandan sacrificio, concentración, entrega, exclusión, disciplina; por lo tanto, no se puede desarrollar  una sin afectar a la otra.

Un escritor que se toma la literatura en serio no piensa en otra cosa que narrar. No le importa nada más que escribir. No escatima afectaciones, beneficios o, en suma, externalidades, pues su concentración lo hace un ser necesariamente excluyente y egoísta, a quien solo le importa (y solo le debe importar) su obra.

Un periodista está concentrado en entregarle a la sociedad la verdad. Por ello, debe estar al tanto de los hechos. Ser sospechoso ante las presunciones, sagaz ante los artilugios del lenguaje, debe tener un olfato que lo ayude a identificar cosas que los habitantes corrientes no aprehendemos. Aunque se escuche a cliché, un periodista no descansa, pues el tiempo es incesante.

Los cronistas (los más pinchados del oficio) argüirán que ellos se salen de la velocidad y la inmediatez del periodismo clásico. Es cierto, así como también lo es que, pese a no tener la presión del hecho en caliente, el cronista procura reconstruir los hechos de la manera más verosímil, persuasiva y atractiva. El cronista no busca noticias, sino historias. Aun así, debe dedicarse exclusivamente a eso.

Pausa. Los avatares del tiempo modernista han parido especímenes que se salen de las líneas de las que hablo: chismosos y esnobistas que se hacen pasar por comunicadores; rezanderos, curanderos y formulistas que se hacen pasar por escritores. A ellos los excluyo de este texto.

Sigo. Esa devoción hace que se tenga que poner, o bien la literatura por debajo del periodismo o bien el periodismo por debajo de la literatura. Ya está: dedicarse a las dos cosas es imposible. Al menos de manera paralela.

Ah, porque, desde luego, un escritor puede descansar (la literatura es abrumadora, no crean), dedicándose un tiempo al periodismo. Así como un periodista puede suspirar (el periodismo es agobiante, evidentemente), dedicándose un tiempo a la ficción.

Pero, al final, uno de los oficios prima sobre el otro. Se puede ser buen escritor y escribir amenas crónicas, así como buen periodista y realizar amenos relatos. Pero, insisto, un oficio sobresale sobre el otro.

Los grandes narradores –Dostoievski, Shakespeare, Cervantes, Proust, etc.– no se les recuerda por sus devaneos con el periodismo. Es más: muchas veces el periodismo se vuelve el salvavidas económico del escritor, pues aunque el estipendio no sea para enriquecerse (salvo que se escriba para los gigantes), en cualquier caso siempre va a ser mejor que las utilidades que generan los libros (salvo que se tenga un contrato con las transnacionales editoriales).

Para decirlo de manera cómica: en últimas, un literato que hace periodismo y un periodista que hace literatura podrán ser hermanos. Pero no gemelos.

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