Un milagro político por la paz

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Por: Luis Felipe Barrera Narvaez

Politólogo con estudios en filosofía política. Analista político. Caleño constructor y promotor de paz.

Twitter: @luisfebarrera

La victoria del NO en el plebiscito terminó por certificar lo que ya vivíamos a diario: que Colombia está quebrada en dos mitades. Como en una moneda, son dos caras iguales pero muy diferentes; separadas solo por 53 mil votos. Las consecuencias de este resultado electoral para el país son el caos y la incertidumbre política. La legitimidad del proceso de paz como se había concebido, quedó gravemente herida. Es claro que no podemos ahondar más en esa división y llegó la hora de un pacto político entre las élites, pero sobre todo, entre la ciudadanía polarizada. ¿Cómo alcanzarlo?

Santos, Uribe y Timochenko manifestaron tener voluntad de paz y la firme convicción de lograr un pacto político nacional para continuar el esfuerzo. Y hacia allá tenemos que caminar el resto de colombianos. No se trata de que el senador Uribe se siente en la mesa a negociar con las FARC, sino que el mensaje que enviaron los ciudadanos que votaron por el NO, integre el Acuerdo Final y genere mayor confianza y credibilidad entre la opinión pública. Que la elegibilidad política y la justicia transicional estén más inclinadas hacia la sensibilidad de los colombianos que rechazaron el texto y no hacia el lado de la mesa de la guerrilla. Realizarlo requerirá más habilidad política de la que se necesitó para llegar al Acuerdo Final. Las FARC tienen que entenderlo y ceder; y pronto.

Evidentemente todo esto pasa por desarmar a Ordoñez y a Uribe, quienes hoy por hoy son la cabeza política de esa negativa popular a los acuerdos. Y es aquí donde necesitaremos un auténtico milagro político. La oposición al proceso no tiene un proyecto alternativo de negociación. Su propuesta de renegociar siempre fue ligera y oportunista. Una estratagema sin profundidad y que solo se erigió sobre la base de que no podrían desnudarse como adversarios abiertos de la solución negociada del conflicto armado. Ahora que les cuajó la apuesta, tienen que intentar hacer posible lo que no son, embajadores de paz.

Ese es el primer milagro. La conversión de Uribe y compañía en políticos conciliadores, pragmáticos y con perspectiva histórica. Que entiendan que el otro país, el que respaldó estos acuerdos, quiere acabar de una vez con las FARC, desarmándolas, sometiéndolas a la justicia transicional e integrándolas a nuestro modelo de sociedad capitalista y democrática. Que la oposición de derecha abandone la mitología y el populismo justiciero con el que vencieron en las urnas y recaudaron el apoyo de una mayoría electoral. Que no caigan en la prepotencia del triunfo y asuman un rol constructivo por el interés nacional. ¿Cómo traducir su artillería retórica en acuerdo político factible? ¿Cómo entender que

tratarán de construir algo cuando políticamente se benefician del caos creado y la dilatación, descrédito y desgaste hasta que reviente el proceso de paz? Quiero creer.

El segundo milagro para que el proceso de paz no muera y logremos un pacto nacional, es que Dios llegue al proceso de paz, como suspiran varios líderes espirituales. Que llegue por interpuesta persona. En medio de estas aguas divididas y ante tantos falsos mesías, no cae mal que el verdadero enviado de Dios, el Papa Francisco, con su carisma, prestancia moral y autoridad espiritual, aterrice en Colombia y “nos enseñe la paz”. Solo un acto extraordinario de ese tipo podría hacer posible el inicio de la reconciliación del país y de sus principales intérpretes. Basta la fe.

En donde sí hubo un milagro fue en las regiones más victimizadas por el conflicto armado, puesto que en forma categórica, le dieron un “Sí” al Acuerdo. En Bojayá (95%), Toribio (85%), Corinto (70%) y San Vicente del Caguán (64%), donde los beneficios del cese bilateral del fuego realmente se han sentido por parte de sus habitantes, el clamor de sepultar para siempre la guerra fue unánime. Ese fue el abrazo de las víctimas de la periferia al egoísmo centralista de las grandes ciudades. Ese también fue un mensaje claro de que nos sobra deseo de venganza y nos falta compasión. Solo sobre la conciencia de esa lección moral de perdón y valentía ciudadana de las víctimas, será posible edificar un puente que una de nuevo a esas dos colombias.

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