Un obituario que esperó 4 años

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ana maria ruizAna María Ruiz Perea

@anaruizpe

Los obituarios musicales siempre me han parecido el momento de mayor gloria para un cantante. Ocurren el día que, en simultánea, los millones de seguidores lanzan expresiones de amor envueltas en canciones que –digo yo, le crean un gran vehículo cósmico que le acompaña en su partida.

El jueves 4 de septiembre, al medio día, corrió en segundos la noticia. Gustavo Cerati ha muerto. Lejos de ser una sorpresa triste, la noticia trajo alivio a todos. Gustavo logró liberar su alma de la vida artificial a la que estaba conectado desde el 15 de mayo de 2010, cuando un accidente cerebro vascular – ACV le robó la vida.

Nunca tuvo más sentido la manida frase “descansa en paz”. Descansa de respirar porque un respirador lo ordena, descansa del forzado latir de corazón que un motor bombea, descansa de alimentarse sin gusto a través de una sonda. Cerati murió hace 4 años, y en este tiempo se acumuló la necesidad de hacer el duelo, de despedir con agradecimiento y emoción al ídolo.

Era 1988 cuando conocí a Gustavo Cerati. Por vueltas del camino, estuve cerca de los organizadores del primer concierto de rock en español que se realizó en Bogotá: Soda Estéreo en la Plaza de Toros La Santamaría. Los empresarios pasaron “raspando”, lo que en el argot significa que perdieron poquito, pero se abrió un gran capítulo en la historia del rock en Colombia, capítulo que sigue abierto y, por suerte, en permanente ascenso.

Gustavo era la voz y el alma de Soda Estéreo, su compositor principal, la guitarra y el tono. Cuando la banda se desintegró, él brilló como solista para quedar por siempre como estrella fulgurante en el firmamento musical latino, en el rock, la música electrónica y la fusión sinfónica.

El bacán que se iba de rumba después de los conciertos, una noche dejó su vida en Caracas. Desconexión de neuronas, un cortocircuito, como si le hubieran bajado los tacos de la energía del cerebro. Cuatro años, tres meses y veinte días estuvo conectado por decisión médica y con bendición de su madre, para recibir una vida artificial externa, una señal que les permitió negar lo evidente, lo irrefutable, lo inevitable. Como si en la tibieza prestada de su cuerpo pudiera mantenerse el espíritu grande y creativo que existió.

Yo difiero de quienes consideran que en estos 4 años Cerati estuvo vivo, pero esperé 4 años para hacerle un obituario. ¿Cuándo muere una persona? o, mejor, ¿cómo queremos morir? Esta es la pregunta del derecho a morir dignamente. Mirar a la muerte a los ojos y correr el velo de los miedos atávicos, para ser conscientes del segundo momento más trascendental de la vida, después de haber nacido. Y tomar las riendas de su ocurrencia.

Cuando una persona firma el documento de voluntad anticipada, deja constancia de que nadie está autorizado a mantenerle la vida de manera asistida, ni los médicos ni su familia. Morir con dignidad es el primero de los derechos porque encara lo que será inevitable y es el último de ellos porque permite poner el punto final que remata la biografía.

No juzgaría jamás a la mamá de Gustavo, quien lo visitó en la clínica cada día, le tomó la mano y se negó a desconectarlo. Ni más faltaba, cada quien es dueño de su esperanza y de su amor. Simplemente concluyo que si Cerati hubiera firmado un documento de voluntad anticipada, la enorme expresión de amor y agradecimiento del duelo que hicimos sus seguidores esta semana, nos habría congregado desde el 2010.

Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente: www.dmd.org.co

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