Una charla con Dios

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Por Santiago Jiménez

Entré a la frutería a tomarme un jugo de borojó para matar la sed y recargar energías. Lo hacía siempre que había tenido un día pesado. Caía la tarde y el sol se esforzaba por enviar a la ciudad una última muestra de su poder calorífico. A pesar de que no había sido una jornada especial, me sentía cansado. Había visitado el número habitual de clientes y había recibido las mismas respuestas de siempre. Algunos se compadecían de mi condición de vendedor puerta a puerta, y se quedaban con un folleto y una tarjeta “por si acaso”; otros confesaban estar hasta la coronilla de las visitas inesperadas en sus casas y me mandaban al carajo; y los menos, a quienes les interesaba de verdad lo que les ofrecía, agradecían que hubiera ido a verlos.

Recuerdo que una mesera trajo el jugo y que empecé a tomármelo sin pensar en nada en particular. Tal vez repasaba la ruta del día y planeaba la del siguiente, mientras miraba por la ventana el frenesí de la ciudad  y hacía subir el líquido por el pitillo, despreocupado y sin afán, saboreando lentamente sus notas exóticas. Entonces fue cuando el hombre se sentó frente a mí y se presentó diciendo que era Dios. Se veía como alguien normal, demasiado normal para ser quien decía que era. Le di las buenas tardes y le pregunté cómo era posible que fuera Dios.

                ―Pues porque estoy acá y he venido porque usted me ha invocado.

Yo no recordaba haber invocado a Dios en los últimos veinte años. Se lo hice saber y no pareció preocupado.

                ―Me pasa todo el tiempo. Verá, llevo un atraso de muchos años en mi tarea. Es que son siete mil millones de habitantes y con cada uno me demoro hablando más o menos  una hora, así que usted podrá hacer los cálculos.

                ―Pero yo no creo en Dios.

                ―Pues debería.

                ―¿Por qué?

                ―Porque estoy acá, frente a usted y he venido porque me ha llamado… en algún momento de su vida. Aunque, técnicamente, solo estoy en su cabeza. Después de mucho esfuerzo logré encontrar la forma de manipular la energía para crear una imagen en el cerebro de cualquier humano y así comunicarme con él. En este momento es usted el único que puede verme, así que le aconsejaría no hablar muy alto para que las personas alrededor no lo tomen por un loco.

Miré al hombre con detenimiento. Se veía bastante real. Lo mejor hubiera sido tocarlo para comprobar su teoría, pero me cohibí de hacerlo. Además, estaba bien vestido y era pulcro. Nada que hiciera pensar que fuera un vagabundo. Como no tenía nada mejor que hacer y como tampoco me había pedido nada, lo dejé hablar.

                ―Verá, lo único que me interesa es dejar mi mensaje y, tal vez, intercambiar un par de ideas. El tiempo no me da para más.

Lo del tiempo ya había quedado claro, así que sus condiciones me parecieron justas. Iba por la mitad del jugo y aún podría seguir allí un rato antes de coger el bus a casa. La verdad era que nadie me esperaba. Julia se había ido hacía años, al igual que mis dos hijos. Así que hablar con Dios no estaba mal, comparado con sentarme a ver los noticieros de la noche antes de quedarme dormido. Le pregunté cuál era su mensaje.

                ―Quiero que los humanos sepan que no me siento representado por ninguna de las religiones que han inventado. Todas dicen de mí cosas falsas, o ponen en mi boca cosas que no he dicho ni pienso. Yo no mandé construir templos, ni dicté libros sagrados, ni exigí el diezmo a nadie, ni pedí que me siguieran para encontrar la salvación. Quiero que el ser humano crea en mí, por supuesto, porque yo existo. Pero que me conozcan tal como soy. Sin intermediarios. Las religiones han abusado de mi nombre en su beneficio propio.

» Para que lo entienda mejor, tal vez debo empezar por contarle quién soy y de dónde vengo. Nos gusta ser llamados Entidades Creadoras. Somos mil veinticuatro. No me pregunte por qué ese número y no otro. Ha sido así desde el principio de los tiempos. Somos la quinta dimensión y nos pasamos la eternidad creando universos. Yo mismo he hecho más de mil. Pero no se nos permite mantener más de dos universos al tiempo. Si queremos hacer uno nuevo, debemos destruir el anterior. Y, créame, es una actividad muy divertida. Juntamos una gran cantidad de materia, la metemos en un espacio ínfimo y luego la hacemos explotar. Esperamos unos millones de años, que para nosotros pasan en un santiamén, y nos ponemos a contemplar cómo se forman las galaxias y las estrellas y los planetas. Es un trabajo maravilloso.

»El caso es que eso era lo que hacía cuando creé este universo en el que usted habita ahora. Me divertí creándolo tanto como los demás. Usé, básicamente, los mismos ingredientes: materia y energía. Cambié las variables que se nos permite cambiar: la cantidad de materia, la intensidad de la explosión, cosas así. Lo vi nacer y expandirse, y cuando ya me estaba aburriendo, me di cuenta de la existencia de seres vivos en este diminuto planeta que ustedes llaman la Tierra. Hasta ese momento, a ningún otro dios le había ocurrido. Y eso que nosotros somos los dueños del azar. Pero la verdad es que la aparición de vida es un evento altamente improbable. Por eso es que no me gustan las religiones: todas dicen que Dios creó la vida. No hay nada más falso. Como le dije, nosotros nos limitamos a juntar los elementos y a someterlos a las fuerzas de lo que ustedes llaman La Naturaleza.

»Al principio, como podrá comprender, fui la envidia de los demás dioses, porque nunca nadie había logrado crear vida en ninguno de sus universos. Mucho menos seres con la capacidad de ser conscientes de su propia existencia. Eso me hizo muy famoso. Entonces me dediqué a contemplar la evolución de la vida, con el mismo placer que lo hacía observando la evolución de mis universos anteriores. Había encontrado un propósito, algo con lo que ningún dios había soñado nunca. Todos estábamos fascinados con el ser humano, su capacidad de adaptación, su inmensa creatividad. Pero entonces, de un momento a otro, vimos cómo  volcó toda esa imaginación y la mezcló con una alta dosis de miedo y se puso a inventar religiones y a construir templos y a inventar toda clase de mentiras sobre quien había creado el universo, es decir, sobre mí. A partir de ahí todo cambió. Me convertí en el hazmerreír de los demás dioses. ¿Para eso había creado la vida? ¿Para que un montón de seres fascinantes abandonaran su talento, sus habilidades y se perdieran en el mundo inventando una inmensa cantidad de calumnias sobre mí? Luego comprobamos con horror, que por esas mentiras los hombres se dieron a la tarea de masacrarse entre ellos. Entonces dejé de ser el objeto de las burlas y pasé a ser el de una profunda lástima y conmiseración.

»Muchas veces he querido volver a ser el de antes, no crea que no. Seguir con mi tarea de creador de nuevos universos. Pero sé que no podría cargar con el peso de convertirme en el destructor de la vida, en el único lugar en donde ha florecido. Por eso he decidido bajar y contar mi historia.

Dios se quedó mirándome con ojos de súplica. Sentí un poco de lástima. Le pregunté por qué daba el mensaje persona a persona si con su capacidad de interceptar la conciencia, podría llegar a millones al mismo tiempo. Me dijo que, según lo que había visto a través de los siglos, llevar su mensaje de esa manera sólo lograría que se armaran, al instante, dos grandes bandos: uno de creyentes y otro de no creyentes, lo que desembocaría en una nueva matanza a gran escala. Lo único que esperaba era que cada una de las personas con las que hablaba le creyeran y ayudaran a convencer a otros, de manera pacífica y sin ofrecer nada a cambio.

―Algo parecido a lo que hace usted, vendiendo puerta a puerta y no a través de la televisión o los periódicos.

Quise preguntarle cómo sabía a lo que me dedicaba, pero preferí callar. Él también se quedó en silencio, mirando hacia la ventana. Las luces de la calle ya estaban encendidas y le daban un tono melancólico a la ciudad. Yo había terminado mi jugo y me parecía algo incómodo que siguiéramos en la mesa sin pedir nada. Le pregunté si quería tomar algo. Luego recordé lo de la proyección mental y me sentí estúpido. Miré hacia la mesa de al lado a ver si alguien se había dado cuenta de lo que le había dicho al aire. Sus ocupantes seguían metidos en sus asuntos y me sentí aliviado. Sin embargo, mis palabras parecieron sacar a Dios del letargo.

―No ―respondió. ―Lo que yo quiero es saber si usted me cree.

Su expresión ahora estaba seria. Me miraba fijamente, pero no era intimidante. Por el contrario, me recorrió una sensación de tranquilidad. Le dije que sí, que le creía. Sonrió y me preguntó si le ayudaría a convencer a otros. Mi respuesta fue, de nuevo, afirmativa.

―Era todo lo que necesitaba saber.

Se puso de pie, salió a la calle y se confundió con la masa de transeúntes que a esa hora corrían para volver a sus casas.

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