¿Una Cumbre más?

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Por Germán Ayala Osorio

Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

Desde las primeras Cumbres de Estocolmo (1972), Río de Janeiro (1992), Kyoto (1997), La Haya (2000) y ahora la de París (2015), se viene hablando de reconversión industrial, de controles a emisiones de CO2, de planes de reforestación y de cuidado de cuencas, entre otros. Igualmente, se proponen medidas económicas como condonar deudas a países periféricos que hagan los esfuerzos por cuidar el medio ambiente que los países del Centro jamás hicieron.

En esas Cumbres también se ha propuesto disminuir el consumo, lo que implica un cambio cultural profundo con incidencias claras en la economía y en el sistema de producción capitalista. Presos de una envolvente inercia, los países desarrollados jamás han estado o estarán dispuestos a tocar sus sistemas productivos por cuanto ello implica dar ventajas a otras naciones que buscan afanosamente alcanzar ese anhelado desarrollo y por ese camino, mantenerse o convertirse en potencias económicas, políticas y militares.

Lo más probable es que la Cumbre del Cambio Climático de París sea un intento más por mitigar los efectos que produce la presencia dominante del ser humano en el Planeta.

Así las cosas, la discusión de medidas para afrontar o aminorar los efectos del Cambio Climático no está pasando por el cuestionamiento de la condición humana. Si, se critica el sistema capitalista y el modelo económico neoliberal y la globalización económica, pero muy pocas veces las discusiones en esas cumbres climáticas permiten advertir que el problema de fondo está en la condición humana. Es decir, en reconocer que el principal “enemigo” del Planeta y de todo lo que lo circunda, está en el propio ser humano. Pocos se atreven a aceptar en esas fastuosas reuniones que somos una especie dañina y perversa que ejerce, con enorme arrogancia, control y dominio absoluto sobre materiales, seres vivos y ecosistemas naturales.

Y el asunto no pasa exclusivamente sobre las maneras como hacemos uso de los recursos, sino en la inconciencia colectiva que termina por validar todo lo que hacemos para garantizarnos “felicidad”, “autonomía”, “tranquilidad”, “seguridad” y “confort”, entre otros. Todos esos vocablos, fuertemente anclados a procesos culturales y civilizatorios que en buena medida solo han servido para ocultar la siniestra condición humana.

Sin duda, en dichas cumbres se aportan ideas que ayudan a la mitigación de los efectos que viene dejando un Cambio Climático que según algunos científicos, tiene mucho de natural, pero también de ser el resultado de específicas actividades antrópicas y claro está, por la presencia hegemónica del ser humano en el Planeta.

No podemos esperar soluciones definitivas para un proceso de cambio que, provocado o no por el ser humano, tiene en la racionalidad moderna al más fuerte obstáculo y enemigo. Quizás sea hora de proponer cambios sustanciales en las formas culturales de asumir, por ejemplo, la “realización humana” por la vía de reproducirse sin mayores cuestionamientos, consideraciones, controles o auto controles. Esa idea de que los seres humanos se “realizan” trayendo hijos al mundo obedece a parámetros culturales que bien se pueden modificar. De hecho, para el caso de Colombia, el viejo concepto de familia cambió.

¿Qué falta? Que asumamos, individual y colectivamente, más allá de medidas, disposiciones y prácticas de carácter cultural, que somos una especie nociva y perniciosa. A lo mejor estas cumbres climáticas están más fundadas en la creación de beneficios y negocios “verdes”, o quizás en simples tomas de pulso por el poder, que en la generación de una conciencia colectiva alrededor de una condición humana que poco cuestionamos. A lo mejor si empezamos por allí, las soluciones sean menos traumáticas desde las perspectivas e intereses políticos, económicos, militares y culturales que siempre están presentes en esas Cumbres.

 

 

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