Una dura semana para la paz en el Cauca

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Por Luz Adriana Betancourt @Luzbeta

Podría ser histórica la reunión del presidente Santos con quince mil indígenas en el resguardo La María el miércoles 15 de agosto de 2012. Sin duda los resultados que se logren de esa reunión serán los que determinen su valor. Por ahora, su sola presencia en Piendamó demostró que el Presidente de la República puede reunirse con los indígenas en una zona de conflicto, dialogar y salir entero, aunque algunos personajes oscuros puedan estar deseando que se imponga lo irracional y así mantener el discurso peligroso de que Colombia necesita más fuerza que respeto.

Lamentablemente hay quienes han escrito en los espacios de participación de lectores de periódicos y en redes sociales que el presidente fue débil al atender el requerimiento del Consejo Regional Indígena del Cauca, al acudir a su territorio; que no debió pedir perdón por las víctimas del conflicto ni por la violación a los derechos humanos.

Leyendo los comentarios llenos de provocación, pareciera que el expresidente Uribe se hubiera clonado durante los ocho años de su gobierno y ahora tuviéramos centenares de “uribitos” ufanándose de frases tipo “me faltó tiempo para realizar un operativo militar en Venezuela”.

Sin duda lo peor que nos puede pasar a los colombianos es que la gente trabajadora, que está en la vida civil y que ama a su familia, termine usando un lenguaje similar al de la guerrilla que nos tiene desde hace medio siglo hablando de “tomas a poblaciones”, “víctimas mortales”, “atentados” y “violación de derechos humanos”.

Ese discurso bélico permitió que surgieran las autodefensas y después las bacrim. Ahora no solo tenemos el cáncer del ELN y de las Farc, sino decenas de grupos armados extorsionando, asesinando y secuestrando. De allí el valor que un mandatario nacional asuma con coraje, y con humildad al mismo tiempo, el requerimiento de los cabildos del Norte del Cauca, para ir a escucharlos personalmente. Esa actitud está lejos de ser débil, porque para lograr grandes metas hay que hacer grandes sacrificios.

Otra cosa es el tono exigente con que hablaron los indígenas, y nuevamente planteo por delante el derecho que les asiste de reclamar, porque están agobiados de tener la violencia de día y de noche en sus calles, en sus cultivos, en sus lugares sagrados, en sus familias. Hay que asumir que para entendernos sin atacarnos necesitamos saber que el otro también sufre, aunque de forma diferente.

Probablemente Juan Manuel Santos, igual cualquier otro ser humano, estuvo tentado de levantar la voz cuando Jesús Chavez, líder del CRIC, quien en su juventud fue sacerdote franciscano, planteó que resolviera allí mismo sus exigencias: retirar a los militares del Cerro Berrío, cancelar los títulos de concesiones mineras y anular la personería jurídica de la OPIC (organización pluricultural que se creó durante el gobierno Uribe, haciendo oposición al Consejo Regional Indígena del Cauca).

Requerimientos difíciles de atender por las implicaciones que tienen de tipo jurídico o estratégico para la seguridad. Santos ni se comprometió a acatarlas, ni se negó. Prefirió consultar su viabilidad durante semana con expertos y dar respuesta posteriormente.

Ahora vamos a mirar lo que pueden sentir el resto de colombianos, que aun viviendo en las ciudades, lejos de combates, del reclutamiento forzado, de las minas antipersona y de los tanques de guerra, también sufrimos porque quisiéramos poder movilizarnos por todo el territorio nacional sin pensar que la guerrilla nos va a secuestrar.

Esos otros colombianos también somos víctimas de la violencia, la que se nos mete en las noticias, la que nos inmoviliza, la que llevamos pegada a la piel. Y quienes reprochan la presión de los indígenas tienen derecho a hacerlo, porque temen ceder más terreno a los grupos armados.

Todos preferimos oír un lenguaje conciliador, en el que hablemos de Colombia en general, no por territorios. Porque para los indígenas el Cerro Berrío es sagrado, así como para otros colombianos es sagrada la iglesia La María en Cali, donde en 1999 el ELN entró a secuestrar a 150 feligreses en plena misa. Y sagrada también es la iglesia de Bojayá, donde las Farc atacaron con pipetas y asesinaron a 79 personas civiles que buscaban refugio. Sagrados hay muchos lugares en Colombia, no solo el cerro Berrío en Cauca. Ojalá a cada uno de ellos, muy pronto, podamos asistir llevando flores y velas para dar gracias por la conquista de la paz.

No podemos caer en la trampa de señalar a los indígenas del Cauca como enemigos porque quieren un territorio sin guerra; pero los cabildos Nasa tampoco pueden juzgar a otros colombianos como insensibles, porque prefieren que los militares permanezcan vigilantes en el territorio Caucano. No importa cuál sea el origen de nuestras etnias, e independientemente de las creencias sagradas y de la cuota de sufrimiento de cada colombiano, el objetivo mayor es la paz. Ubiquémonos todos del mismo lado para volver a creer que es posible respirar seguridad, progreso, tranquilidad y confianza.

Si el presidente Santos pudo vencer el orgullo y el temor para reunirse con más de 15 mil indígenas en el Cauca, los demás colombianos podemos hacer el esfuerzo de bajar el tono de las palabras que dividen, que estigmatizan. En su lugar, deberíamos estar aportando ideas para lograr la reconciliación, para disminuir el efecto nocivo de la explotación minera y neutralizar el enfrentamiento entre organizaciones indígenas tradicionales como el CRIC y la organización OPIC, impulsada por el gobierno del presidente Uribe.

El Cauca merece recuperar la grandeza histórica de sus hombres y mujeres, los indígenas deberían conservar su misión sabia de proteger a la Madre Tierra para conservar el agua y los alimentos. La gente en las ciudades podría reconocer el valor de la organización indígena como ejemplo de integración y disciplina.

La próxima semana, cuando el presidente Juan Manuel Santos entregue una respuesta a la mesa de diálogos en el resguardo La María, ojalá reine un ambiente de comprensión y de colaboración para llegar a soluciones viables, para no dejar pasar otra oportunidad de construir una historia que nos llene de felicidad y orgullo, dejando así para nuestros hijos una Madre Tierra revitalizada y en paz.

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