Una grieta por reparar: el binomio política-mercado

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guido hurtado cierPor Guido Germán Hurtado Vera

Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

 

En el 2008 saltó con toda su fuerza la primera gran crisis del siglo XXI. Diversos analistas aún hoy no saben muy bien cómo explicarla, pero lo que sí saben es que sus efectos son cada día más devastadores. En lo económico: depresión, caos monetario y ajuste fiscal. En lo social: aumento vertiginoso de la pobreza. En lo público: pérdida de institucionalidad. En lo ambiental: cambio climático. En lo cultural, en palabras de Lipovetsky: la “era del vacío”.

Con estas lacónicas aseveraciones se podría intentar dar respuesta al porqué de las masivas movilizaciones sociales de los últimos años en todos los rincones del mundo (no obstante, los medios de comunicación solo publican las que para ellos son noticia). Ahora bien, esas breves afirmaciones sirven para señalar la muerte del Estado de Bienestar.

Esta forma exclusiva de Estado encontró un perfeccionamiento a continuación de la Segunda Guerra Mundial. El eslogan de los laboristas ingleses de 1945: “la parte justa para todos”, resume con eficacia el concepto universal del Estado de Bienestar. Un pacto político y socioeconómico que poseía instrumentos de regulación, primordialmente en el gasto público y en los impuestos progresivos.

Hoy la globalización lo despedazó a través de un mercado especulativo que ha llevado a los Estados a un endeudamiento sin fin y a la consolidación de una cultura mafiosa que sostiene y permite el lavado de activos y permite la corrupción. Baste con traer a colación de lo sucedido recientemente con el descalabro de Interbolsa.

La desaparición de un marco regulatorio condujo a una elefantiasis en la que el poder político ha llevado la peor parte. Ejemplos están a la orden del día: Grecia, Irlanda, Portugal y, recientemente, Argentina. El mercado ha vapuleado, extorsionado y humillado sin misericordia a Estados y economías chicas y descomunalmente empobrecidas para oponer resistencia.

Esto no es más que la expresión de la grieta del binomio política-mercado. Lo que se percibe hoy en las sociedades es un resultado desastroso: la política no hace ya honor a su nombre. Es otra, quizás. Y persiste bajo otro lenguaje y otras formas de activismo.

Las formas que esgrimen los Estados para enfrentar este feroz monstruo son caseras y de origen político. Así, los ciudadanos observan inútilmente a unos imperios económicos globales promotores de la crisis, que han quedado incólumes, que se sienten inmunes ante la ley y la responsabilidad política. Un ejemplo, el carácter sistémico del poder financiero especulativo que ha obligado a los Estados a intervenir con políticas de salvamento para impedir su desplome. Léase la crisis bancaria de los EE.UU. y Europa.

Ante tal panorama apremia rescatar la capacidad regulatoria de la política sobre el mercado. Esto parece complejo, pero recordemos que la democracia se inventó para que la aspiración de las mayorías y los derechos de las minorías se respeten.

La invitación es a seguir dando una lucha más intensa y enaltecida y si se quiere, más legítima, por nuestras libertades. Eso es lo que hoy incontables hombres y mujeres del mundo estamos anhelando porque lo que está en juego es la felicidad y la dignidad de millones de seres humanos.

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