Una historia lacrimógena

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Por Santiago Jimenez Q.

@santiagojq

Hay siempre cuatro o cinco canciones que me hacen llorar. Van cambiando con el tiempo. Solo una se ha mantenido en la lista desde la primera vez que la escuché. Es la misma que suena en este momento por los parlantes del bus al que acabo de subirme. Pienso que lo mejor sea bajarme y no hacer un escándalo. Cuando lloro por una canción lo hago como si fuera un bebé. El problema es que llevo esperando la ruta más de veinte minutos y voy retrasado. Estiro la mano con el billete al conductor. Si puedo pensar en otras cosas o por lo menos dominarme lo suficiente para dejar escapar unas cuantas lágrimas en silencio, todo estará bien. Las vueltas se demoran y empiezo a angustiarme. Mala señal.

La canción sigue sonando. Trato de no oírla, pero es como si a cada segundo aumentara el volumen. Voy a gritarle al conductor que apague el radio. Me acobardo. Doy unos golpecitos en el vidrio para recordarle que me dé las vueltas. Finalmente me extiende una colección de monedas de baja denominación que no tengo el ánimo de contar. Las guardo en el bolsillo y empieza mi periplo por el pasillo. Debo encontrar un puesto libre. Si hay alguien al lado, preferiría que fuera una mujer. Los hombres son bastante intolerantes con las lágrimas de los demás, pero en especial si provienen de alguien del mismo sexo. Y ya estoy lloriqueando. Siento la cara deformada por la tristeza. El asunto es urgente. Pero todos los puestos están ocupados. Al final del corredor, cerca de la puerta, queda un asiento vacío. Corro y me desplomo en él, los ojos anegados en lágrimas, sin mirar quién está al lado. Ruego porque sea una mujer.

La música no para. Es una maldita canción tropical. Se supone que está escrita para hacer feliz a la gente. Me llevo las manos a la cara. Estoy llorando sin control, gimiendo como un niño, con la respiración entrecortada y sufriendo fuertes espasmos involuntarios que agitan mi cuerpo. Sobre el ruido de los parlantes que siguen llenando el espacio con aquella tonada que habla del mar y las palmeras, oigo una voz que me pregunta si todo está bien. Procede del asiento de la ventana y es de mujer. Trato de hablar pero el aire se me va antes de poder pronunciar cualquier palabra. Entonces hago un gesto con la mano de que estoy bien o de que no pasa nada grave. Las lágrimas escurren por mi cara y se acumulan en la barbilla, desde donde caen en un goteo continuo como el escape de una tubería y van a dar al portafolio que tengo sobre las piernas.

El bus frena con fuerza y me estrello contra el asiento de enfrente. La mano de la vecina se posa sobre mi cabeza y oigo de nuevo su voz. Esta vez me ofrece agua. Es una chica joven, con el pelo húmedo que aún huele a champú, pestañas muy largas y uñas de diferentes colores. Sostiene un tarro plástico que me ofrece con mirada preocupada. Tomo un sorbo pequeño con dificultad, entre el movimiento del bus y mi respiración espasmódica. Me hace sentir mejor. La canción está por terminarse, pero mis lágrimas no han dejado de caer un solo instante. Su sabor salado se confunde con el del agua. Dos tragos después mi respiración se normaliza y puedo darle las gracias a la chica y decirle que todo se va a acabar pronto. En ese momento suenan los últimos compases de la canción y mis ojos dejan de expulsar el líquido lastimero.

―¿Viste? Ya terminó.

Está sorprendida por el final abrupto de mi dolencia. Saco un pañuelo del bolsillo y me sueno larga y sonoramente. Le pido disculpas y le preguntó para dónde va.

―Tengo que verme con alguien.

―¿Con su novio?

La pregunta es ruda y estúpida y la pone incómoda. Mira hacia la ventana y puedo ver sus mejillas colorearse.

―No ―dice― no tiene nada que ver con eso.

Me arrepiento de haber hablado. Dice que se debe bajar en la próxima esquina.

―Me alegro que ya esté mejor.

―¿Puedo acompañarla?

Abre los ojos un poco más y sus mejillas vuelven a encenderse. Mira su reloj.

―Voy temprano. Si quiere nos podemos tomar un café.

Bajamos del bus y vamos hacia una tienda cercana.

―¿Y usted para dónde va?― pregunta mirando mi portafolio.

―Iba a una entrevista de trabajo. Pero después de esto…

Me mira con expresión comprensiva, arrugando un poco la boca. Nos quedamos en silencio y por primera vez pienso en la nueva oportunidad que perdí. Mamá se va a poner como loca. Llevaba meses buscando esta entrevista. Lamento haberme subido a ese bus. Hubiera podido esperar el siguiente, llegar tarde y dar cualquier excusa, apelar a que mi mamá conocía al doctor, pero ahora, con los ojos irritados y empequeñecidos, con la afonía que me han dejado los gemidos, no causaría una buena impresión.

Llegamos a la tienda. Pedimos dos cafés. Se llama Miyareth. Le digo mi nombre y se ríe. Dice que tiene un primo que se llama así, al que quería mucho y al que no ha vuelto a ver desde hace mucho tiempo.

―Soy de Palmira, pero nos vinimos hace rato, cuando yo era pequeñita y mis papás aún vivían juntos. A mi papá le salió un trabajo mejor que el que tenía y aceptó sin pensarlo.

Se queda callada de repente, como si se hubiera ido al pasado y ya no estuviera acá conmigo. Le da un sorbo a su café con mucho cuidado. Deja una marca de sus labios en el icopor.

―Ahora vivo con mi mamá. Se separó de papá el día que se enteró de la aventura que él estaba teniendo con una secretaria. Yo hubiera preferido quedarme con él, pero no podía hacerle eso a ella. Mi mamá no aceptó nada de él y empezaron los tiempos difíciles. Ahora nos toca hacer… cosas… para sobrevivir.

Vuelve a quedarse callada y no sé qué decirle. Le da otro sorbo a su café. La imito y me quemo la lengua. Eso la hace sonreír una vez más.

―Y a vos, ¿te da eso muy seguido?― pregunta de repente.

Le cuento la historia. Al principio parece no creerme, pero después está realmente interesada. Dice que le parece fascinante.

―Pues a mí me parece humillante, pero no hay nada que pueda hacer. He hablado con un par de médicos que me han recomendado ir al psiquiatra. Dicen que estoy guardando algo en el inconsciente que no quiero dejar salir, algo que me pasó mientras sonaba aquella música o que yo asociaba con ella. Por ejemplo, podría ser que alguien hubiera abusado de mí siendo muy pequeño y que cuando eso hubiera ocurrido, estuviera sonando alguna de las canciones que me molestaban o, también, que a mi agresor le gustara un cantante en particular y que cada vez que escuchara una canción suya mi cerebro la asociara con el dolor que me había causado, pero que necesitaba ir a un psiquiatra para que descubriera qué era lo que había ocurrido. Lo que no explica la teoría de estos doctores es que las canciones no han sido siempre las mismas, mucho menos sus autores. Y que ahora hay dos que me hacen llorar y son nuevas, de artistas de hoy, y no recuerdo que me haya pasado nada traumático la primera vez que las oí, o que a alguien a quien le gusten me haya hecho algo malo.

Miyareth me mira fijamente. Tiene los codos apoyados sobre la mesa y la quijada sobre sus manos entrecruzadas. Me quedo mirándola y es como si por fin la pudiera ver de verdad. Es hermosa en cierta manera que no puedo definir. Una lágrima sale de su ojo izquierdo. Se incorpora y baja el rostro para que no la vea. Le pregunto qué le pasa. Se seca el ojo con su dedo, como solo saben hacerlo las mujeres que usan pestañina. Toma mi mano.

―Es sólo que es muy interesante lo que me contás. Muy interesante.

El humo de nuestros cafés sube en volutas grises que se pierden en el aire y por un momento creo que nada más importa en el mundo, diferente a estar aquí sentado junto a Miyareth. La magia se rompe cuando mira el reloj. Dice que debe ir a su cita. Le pregunto si quiere que la acompañe, pero dice que no. Luego se pone de pie y sale de la tienda y yo me quedo mirando la impresión carmesí que sus labios han dejado en la taza del tinto, sabiendo que es lo último que voy a ver de ella.

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