Una narrativa empresarial para el posacuerdo

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Por: Luis Felipe Barrera Narvaez

Politólogo con estudios en filosofía política. Analista político. Caleño constructor y promotor de paz.

Twitter: @luisfebarrera

El entorno político del país evidencia una fractura de las relaciones de poder que están quedando consagradas en la evolución del lenguaje y los cálculos políticos. La política de la paz incorpora nuevas voces a la democracia y proclama el diálogo, el acuerdo y una mayor apertura. Con el cierre del conflicto armado, el antagonismo y la confrontación que antes se dirimía en el campo de batalla, se tramitará en la esfera pública. Nuevos actores tendrán que salir al ruedo.

La polarización le ha dado mayor visibilidad a la corriente contra hegemónica que ocupaba un lugar marginal en el debate: el discurso radical de izquierda que está estrechamente ligado a las FARC, pero también a otros movimientos políticos y sociales de corte más o menos populista. Un anticipo de este fenómeno es el aumento de la exposición mediática del discurso de sus figuras más representativas, el aumento de la protesta social y las acciones de hecho dentro del repertorio de las movilizaciones sociales.

Esta irrupción implica un desafío enorme para el sector empresarial. La promoción de la cultura de paz, el empleo y las oportunidades a las poblaciones de víctimas y de desmovilizados, implican un aporte esencial a la reconciliación. Sin embargo, la aparición de nuevos actores radicales en el debate público, implican un alto riesgo de estigmatización y encuadre de la empresa privada dentro de la anacrónica cosmovisión que preconizan las facciones políticas más radicales.

Dicha narrativa perversa suele enmarcar el rol de la empresa privada en el conflicto como un agente activo del mismo, que influyó en la consolidación de las “causas objetivas” que incubaron la confrontación armada, el auge del paramilitarismo o como detentadora de “mezquinos intereses” que auparon la industria militar. La deformación vincularía al liderazgo empresarial como fuente de opresión, desigualdad y pobreza.

Aunque la plataforma de organizaciones afines al ideario político de la guerrilla no llegue a ser un frente ciudadano amplio, sí podría insertarse en una corriente de pensamiento progresista más extenso que arrastre a otras entidades (Congreso, altas cortes, academia, regiones del posconflicto, partidos políticos, líderes de opinión, etc.) y consoliden esa anacrónica simbología política hostil hacia el emprendimiento. Seguramente pescarán incautos ávidos de cambios bruscos y peligrosos. La implementación de los acuerdos y la sostenibilidad del proceso de paz dependerán de una intervención política equilibrada, alejada del populismo de derecha e izquierda.

Las FARC hábilmente entendieron la necesidad de ese cambio en su estética y en su lenguaje. Cambiaron su vieja retórica marxista y de confrontación por un discurso alternativo más contemporáneo, asertivo y en armónico con una democracia pluralista. Estos cambios, sumados al cumplimiento general del cese al fuego y la ratificación de la dejación de armas, aumentaron la favorabilidad de la guerrilla, pasando del 6 al 18 por ciento de aceptación en la última encuesta de Gallup.

Es innegable la seducción que causa en amplios sectores de la opinión, tanto nacional como internacional, el tránsito de una guerrilla “revolucionaria” a partido político en pleno siglo XXI. Esto nos lo recordó la muerte de Fidel Castro y la connotación épica y romántica que sigue despertando en varios corazones. Los movimientos políticos de izquierda radical en el posacuerdo serán una fuente masiva de relatos que interpreten a la ciudadanía inconforme con el sistema político y económico en los grandes centros urbanos. En los territorios donde históricamente han tenido presencia las guerrillas, la beligerancia de otros actores sociales se podría agudizar y hacer más explícita con la extensión de la participación ciudadana en esas zonas.

La hiper-polarización llevará al choque de narrativas que buscarán establecer una cierta verdad histórica, con el fin de sedimentarse en la conciencia colectiva de los ciudadanos e influir en la toma de decisiones y el rumbo de las políticas públicas del país. Por ello la empresa privada necesitará que desde la academia se promuevan investigaciones sobre áreas y proyectos de interés para el sector privado y cuyos resultados se divulguen eficazmente entre la opinión pública. Es fundamental que el debate público sea enriquecido con las perspectivas de  desarrollo de los sectores gremiales y, lo más importante, que se articule eficazmente con nuevos liderazgos políticos.

Lejos de contrarrestar la propaganda con más propaganda, se trata de poner a rodar argumentos autónomos que confronten y disipen estereotipos. El debate público polarizado necesita salir de esa trampa populista con una voz de centro que estabilice el ambiente y eleve la calidad del debate. Una narrativa competitiva para la empresa privada es una herramienta eficaz de incidencia en la opinión pública que le permitirá no perder su condición histórica como víctima del conflicto armado, columna vertebral del desarrollo económico, fuente de empleo y motor perseverante por una mejor calidad de vida para los vallecaucanos.

 

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