Una pequeña y cursi novelita rosa

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Don Amarildo alquilaba carritos para vender mango biche por la ciudad. Yéison Alexander fue a ver si tenía uno para él. Era un trabajo que le gustaba. Paseaba por calles desconocidas, hablaba con la gente y conseguía el dinero necesario para pagar sus estudios universitarios. Pero hacía un buen tiempo que no había podido alquilar uno. Había dejado de trabajar en época de parciales, y vuando volvió se encontró con que otros habían aprovechado su ausencia y ahora le tocaba esperar a que hubiera uno disponible. Se consolaba con poder ver a Araceli e intercambiar algunas palabras con ella. Araceli era la hija menor de don Amarildo y siempre estaba a su lado.

Yéison Alexander soñaba con conquistarla. Sabía que era un trabajo difícil, no tanto por ella, sino por su papá. Por eso se había alejado de los problemas y, a pesar de sus limitaciones económicas, se había convertido en un muchacho ejemplar. Araceli se reía de sus chistes y le contaba algunas cosas de su vida, pero su sueño era que algún día Carlos Ignacio se presentara donde don Amarildo y le pidiera su mano. A Carlos Ignacio lo había conocido en el barrio. Era hijo de un famoso cirujano, el doctor Jáuregui, y también uno de esos jóvenes ricos y salvajes que traían locas a las niñas. Iba a la misma universidad que Yéison Alexander, pero lo hacía por obligación, porque eso era lo que le correspondía a alguien de su clase. Estudiaba Administración de Empresas porque eso era lo que hacían todos sus amigos del colegio con buenas fortunas por heredar y pocas ganas de estudiar.

Araceli quería ir a la universidad, pero a don Amarildo no le parecía una buena idea. Así había perdido a Florángela, su hija mayor. Ella había conocido a otro estudiante mientras iba al campus y se había embarazado. Tuvo abandonar primero los estudios para criar al bebé y luego a su familia cuando su esposo consiguió un trabajo en el exterior. Araceli había terminado el colegio hacía dos años y quería estudiar Antropología, pero Don Amarildo no la dejaba. Le parecía que eso era una pérdida de tiempo. Él esperaba que su hija le ayudara a dar el siguiente paso en el negocio del mango biche: sacarlo de las calles y llevarlo a los centros comerciales de la ciudad.

Después de mucho insistir, de muchas peleas y berrinches, Araceli le haría una prouestaa su papá: le ayudaría en su empresa si le permitía estudiar. Don Amarildo estuvo de acuerdo, siempre y cuando desistiera de ser antropóloga y estudiara Contaduría. Las ganas de ir a la universidad eran tan grandes, que Araceli no tuvo otra opción que aceptar.

Araceli empezó a tener un contacto más frecuente con Yéison Alexander y Carlos Ignacio. Cada uno llenaba una parte importante de su vida. Claro que se aseguraba de que su papá no se enterara de nada. Don Amarildo sabía exactamente cuál era su horario y le exigía presentarse en casa apenas terminaban las clases. También la llamaba en los descansos y le ponía mil condiciones cuando ella necesitaba ir a la casa de alguna compañera a estudiar. En todo caso, ella se las arreglaba como podía para llevar una doble relación con el hombre que la cortejaba y con el que ella quería. Con Yéison Alexander iban al cine club, hablaban de cosas trascendentales, se quedaban a ver la noche y a pasear por la ciudad. Como él también estudiaba Contaduría e iba varios semestres adelante, le ayudaba con las tareas y a preparar los exámenes. Con Carlos Ignacio era todo lo contrario. A su lado probó el alcohol y las fiestas y todos los aspectos que venían con una vida entregada a la diversión.

Cerca de terminar la carrera, Yéison Alexander se presentó donde don Amarildo. Le dijo que no venía para alquilar ningún carrito sino para pedir la mano de Araceli. Antes de que el viejo pudiera siquiera responderle, le presentó su trabajo de tesis: la forma en que llevarían el negocio del mango biche a los centros comerciales, no solo de Cali, sino de todo el país. Para entonces, Araceli se había distanciado de su papá y se la pasaba fuera de casa la mayor parte del tiempo. Se la veía acompañada no solo por Carlos Ignacio, sino prácticamente por cualquier hombre de la facultad que quisiera pasar un buen rato. Aunque seguía viéndose de vez en cuando con Yéison Alexander, ella lo veía casi que como a un hermano. Él  la aconsejaba para que dejara de comportarse mal, pero ella no le hacía caso. Solo acudía a él cuando tenía problemas, especialmente académicos. Pero ni con su ayuda había podido lograr unas notas decentes. Aunque llevaba dos años estudiando, apenas iba en segundo semestre y vivía a punto de ser expulsada de la universidad. Don Amarildo, como buen hombre de negocios, reconoció el beneficio en la propuesta del joven: salvaría a su hija del mal camino y podría llevar a cabo el sueño de su vida. Además, Yéison Alexander era un buen muchacho, trabajador y responsable. Le dijo que sí, emocionado, pero reconoció que todo dependía de que su hija estuviera de acuerdo.

El matrimonio se llevó a cabo un mes después. Araceli, aprovechando la desesperación de su papá, puso una condición para aceptar: que don Amarildo dejara la empresa a su nombre. El viejo le dijo que sí, al fin y al cabo había trabajado toda su vida para dejarle algo a sus hijas, pero que solo firmaría cuando el matrimonio con Yéison Alexander fuera un hecho. No quería ser engañado una vez más por ella. Araceli estuvo de acuerdo. Sabía que Yéison Alexander era juicioso y fácil de engañar. Además, al estar casada, subiría la cotización entre sus pretendientes. Eso sin contar que, según sus cálculos, llevaba embarazada algo más de un mes y tenía el tiempo justo para hacerle creer a su futuro esposo que el bebé era suyo.

Con esta idea en mente se fue a la luna de miel, pero se encontró con que Yéison Alexander no quería acercársele. Decía que no estaba preparado, que se sentía intimidado por su belleza y que todavía no podía creer que estuvieran casados. Pidió algo de tiempo. Araceli, desesperada, le dijo que no había por qué esperar, que no veía el momento para darle un hijo. Yéison Alexander se estremeció ante esa confesión. Nunca había pensado en tener hijos. Aborrecía los niños. Su infancia había sido tan desgraciada que le parecía un insulto traer nuevas criaturas al mundo, casi que una aberración. Esto lo alejó aún más de Araceli. Volvieron de la luna de miel y el joven se consagró por completo al negocio de don Amarildo, con quien cultivó una relación muy cercana en poco tiempo.

Cuando las señales de sus desafueros empezaron a ser evidentes, Araceli le contó la verdad a su marido y amenazó con hacerlo quedar en ridículo frente al mundo, confesando que el hijo no era suyo. Yéison Alexander le dijo que lo hiciera. Para entonces, el plan de expansión a los centros comerciales había empezado y el divorcio era un paso decisivo para cumplir, por fin, el objetivo que se había propuesto desde que había conocido a Don Amarildo: ser el dueño de su negocio, que siempre le había encantado.

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