“Vengo por mi hija”

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El proyecto de Comisión de Verdad y Memoria de Mujeres Colombianas consigna en un libro las historias de mil mujeres víctimas de violaciones de derechos humanos, en el contexto del conflicto armado interno.

Especial de Harold Astaíza Velasco

Era una noche tranquila en la casa de Melania Gurrute Sánchez, madre soltera de tres hijos, dedicada a su familia, campesina trabajadora de Betania, municipio de El Tambo, al occidente del departamento del Cauca. El arribo de sujetos armados que usaban trajes camuflados rompió la serenidad del hogar. “Un día llegaron cuatro uniformados a mi casa obligándome a que les hiciera de comer y les diera posada aunque yo no quería. A las dos de la madrugada me dijeron que tenía que levantarme a hacerles el desayuno”.

La humilde mujer estaba en la cocina, transcurridos cinco minutos tuvo un presentimiento y regresó a la habitación donde dormía su hija de 14 años y ya no la encontró. Ese pálpito de madre le avisó que algo andaba mal. La buscó por todos lados de forma desesperada sin éxito alguno.

En el auditorio Bicentenario de la institución universitaria Colegio Mayor del Cauca se hizo la presentación con presencia de mujeres y organizaciones de diferentes lugares del departamento. Foto: Paola Díaz – El Nuevo Liberal
Melania Gurrute Sánchez, víctima del conflicto armado en el Cauca relató su historia en el evento de presentación La Verdad de las Mujeres víctimas del conflicto armado en Colombia, en Popayán. Foto: Paola Díaz – El Nuevo Liberal

Más allá de la violencia sexual hay muchas otras maneras en que fueron afectadas las mujeres en medio del conflicto armado en Colombia, según quedó escrito en los relatos de La Verdad de las Mujeres, presentado la semana pasada en Popayán. Por ejemplo, “el servicio forzado, que no está regulado en el país, es decir, cuando los armados llegan a decirles a las mujeres “láveme, pláncheme, cocíneme”, dice Alejandra Coll, investigadora de la Ruta Pacífica de Mujeres. Esta situación se dio con mucha frecuencia en el Cauca, pero al no estar tipificado como delito en la legislación, las víctimas no pueden denunciarlo o solicitar indemnización por esta conducta, de ahí la necesidad de regularlo.

En medio de la oscuridad y del rocío de la madrugada, Melania decidió ir a la casa del profesor de su hija para pedirle ayuda. Le explicó lo que pasó con los hombres armados (guerrilleros de las Farc). No obstante lo intenso la búsqueda, no la encontraron.

La angustia de la madre crecía con el paso de las horas, su desespero aumentaba porque no tenía idea adónde ir durante esa desventurada madrugada de 2002. Decidió ir a El Plateado, municipio de Argelia, suroccidente caucano. El sol ya despuntaba entre las verdes montañas de esa región del Cauca. Melania salió con sus dos hijos, de 9 y 15 años, decidida a recuperar a su pequeña. En el camino, le preguntaba por la niña a cada persona que se encontraba, “pero nadie me daba información”, expresa.

El proyecto de Comisión de Verdad y Memoria de Mujeres Colombianas consigna en un libro las vivencias de mujeres víctimas de violaciones de Derechos Humanos, en el contexto del conflicto armado interno, que desde hace cinco décadas tiene lugar en este país. Este relato es uno de los tantos que se conoció durante el acto que se llevó a cabo en Popayán.

La aguerrida Melania caminó un día entero, sin hallar ninguna pista; no se rendía, al contrario, sacaba fuerzas para continuar la travesía. “Llegué a un sitio que se llama San Juan y ahí estaban los tipo. Les dije: ‘Vean, señores, ustedes se me trajeron a mi hija’. Pero me dijeron que no, ‘no hemos traído a ninguna niña’”.

Con mucha valentía los encaró: “Así me haga matar por mi hija me la tienen que entregar”. Sin embargo, estos hombres insistieron que no habían raptado a la menor y la conminaron a devolverse para su casa. Melania se enteró luego de que su hija había sido enviada a lomo de caballo en compañía de otro grupo de subversivos.

Fueron cuatro días de búsqueda por carreteras y montañas, con frío y calor, hambre y desesperación, acompañada de pensamientos llenos de horror por el destino de la niña, hasta que al fin llegó a un campamento, donde estaba la menor. Le solicitó a un hombre hablar con el comandante, pero este le informó que no era posible. Ella insistía que le devolvieran a la niña. “Eso no tiene solución; ella ya está registrada”, le respondieron.

En la idea del proyecto estaba recoger la subjetividad de las mujeres, creando un espacio de narración y de escucha, de descarga y de acompañamiento, en el que no se hicieran juicios y en el que el centro de la narrativa fuera la vida de las mujeres.

Lo primero que emerge en la experiencia recogida en los testimonios es que se trata de mujeres muy diversas por edad y por etnia; mujeres localizadas territorialmente en diversas regiones del país, como Cauca, Valle, Chocó, Antioquia, aunque prevalecen campesinas y aquellas que habitan en cabeceras municipales rurales; mujeres trabajadoras; que cuidan su casa, sus bienes y su familia; algunas de ellas son lideresas comunitarias o sociales; y muy pocas revelan su filiación política.

“Eso no tiene solución; ella ya está registrada”. Esas duras y sentenciadoras palabras no amilanaron el coraje de Melania. En la vereda donde se encontraba consiguió posada para sus vástagos. Esa interminable noche le fortaleció su inquebrantable espíritu de madre y pensó que no se iba a quedar con los brazos cruzados. “Decidí metérmeles a la brava: muy a las 6:00 a.m. les dije a mis hijos que esperaran, que me iba sola”. La astucia en medio de la desesperación impulsó a Melania a meterse en medio de los guerrilleros que custodiaban el lugar. Con sagacidad les decía: “Voy para esa casa”. Y así avanzó hasta llegar al campamento. “Les caí de sorpresa, como un milagro de Dios. Al entrar, todos me apuntaron. Los saludé y dije: ‘Vengo por mi hija’”.

En el auditorio Bicentenario de la institución universitaria Colegio Mayor del Cauca se hizo la presentación con presencia de mujeres y organizaciones de diferentes lugares del departamento. Foto: Paola Díaz – El Nuevo Liberal
En el auditorio Bicentenario de la institución universitaria Colegio Mayor del Cauca se hizo la presentación con presencia de mujeres y organizaciones de diferentes lugares del departamento. Foto: Paola Díaz – El Nuevo Liberal

Apareció el comandante, quien dio la orden de que lo esperara pero más abajo del lugar donde se encontraban y luego le dio dos minutos para que hablara. En esos pocos instantes ella relató los días de angustia y penuria que pasó buscando a la niña y lo que la habían obligado a hacer. “Vea, señora no está el propio comandante, venga dentro de un mes”, le anunciaron.

Melania, desafiante, reclamó una solución: “De aquí no me voy a mover. Aquí me quedo. Si me van a matar, háganlo con mi hija, pero no salgo”. Dice que no se movió porque Dios le dio su fortaleza.

Los dos minutos que inicialmente le concedieron se convirtieron en una hora de súplicas con tono de exigencia. “Ella es mi única hija, no le falta nada, está estudiando. Si fuera mayor de edad no la vendría a buscar porque sería consciente, pero no es así. Sé que a los menores no se los puede llevar ni el Ejército ni la guerrilla. ¿Es así o no?”.

El comandante se quedó pensativo tras las palabras de la valiente madre. Conversó el asunto con otros hombres y, finalmente, respondió: “En veinte minutos le traen a su hija”.

Pasado ese tiempo, la niña apareció con una sonrisa en su rostro ante el inminente reencuentro con su madre. “Volví a vivir, sentí una gran alegría”, exclama Melania, con voz entrecortada. Se envolvieron en un abrazo interminable, brotaron las lágrimas.

El gozo se empañó cuando el comandante les hizo la advertencia de que se irían solas y no respondería por lo que les pasara en el camino. Esto no importó, comenzaron su retorno de ese infierno que habían vivido y del que aún faltaban por revelarse otras desdichas.

Tomaron el camino de regreso: Melania iba atrás, y la pequeña, unos metros más adelante. La madre no quería perder de vista ni un solo instante más a su hija, no deseaba volver a pasar por la desdicha que cinco días antes había comenzado.


El desarraigo

Una vez en la carretera, llegaron a la vivienda donde aguardaban sus hijos y ahí les dijo que ya no regresarían a su casa porque allá estaban los “enemigos” que habían raptado a la hermana. Así pues, decidió refugiarse en Popayán.

Salieron del municipio de Argelia y cuando estaban llegando al Bordo, Patía, Melania comenzó a hacerle preguntas a su hija, quería saber cómo y por qué se la llevaron y qué había pasado durante sus días en ese campamento.

Según lo relatado por la menor, estos hombres llevaban días tratando de convencerla de que se fuera con ellos sin que se enterara su mamá. Le prometieron muchas cosas como una casa en la ciudad, estudio en otro país y un cambio total en su vida. Ella les decía que tenía miedo ante la reacción de su madre y por eso no se iba.

Sin embargo, la negativa de la niña no fue un impedimento para los guerrilleros, pues la noche que llegaron a la casa de Melania ya iban ella y no podía echarse para atrás, porque tomarían represalias contra su familia. “Mamá, yo de miedo me fui, por amenaza de esta gente”, le confesó.

Pero esto no era lo más espinoso, algo mucho más doloroso estaría por escuchar Melania de los labios de su maltratada hija.

“Mamá, la primera noche me pusieron una inyección dizque para las enfermedades. Como a las 10:00 p.m., uno de ellos me puso el arma y dijo que tenía que dormir con él, por las buenas o por las malas”. Las lágrimas y súplicas no sirvieron de nada y el sujeto abusó de ella. Al otro día, muy temprano, la obligaron a cocinar, pero antes otro hombre ultrajó de nuevo la dignidad de la niña.

Las experiencias de violencia de estas mujeres han sido múltiples. El promedio de violaciones referidas por cada mujer está entre cuatro y cinco, y más de un 25 % sufrieron más de seis tipos distintos de violencia. En cada testimonio, las entrevistadas hicieron referencia a una y dos víctimas más en su entorno familiar. Alejandra Coll, investigadora de la Ruta Pacífica de Mujeres, explica que según los relatos, la Ley de Justicia y Paz les permitió tener a los victimarios de frente y preguntarles para acercarse así un poco a la verdad “sin decir que la ley les garantizó totalmente”.

El dolor de la afligida Melania aflora en medio de su relato. Comenta que a pesar de tantos años y de muchas capacitaciones para superar esa desdicha, el padecimiento de su hija aún le causa mucha tristeza. Nunca se había atrevido a denunciar estos vejámenes por miedo, así estuviera lejos de su tierra. Dio una declaración pero sin todos los detalles, todo por temor y vergüenza.

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Barrio Nayita, Buenaventura

Gracias al acompañamiento de la Ruta Pacífica de Mujeres y el apoyo de la abogada Alejandra Coll, recibió asesoría para denunciar ante la Fiscalía de El Tambo. No obstante, se lamenta porque el sistema judicial revictimiza a las personas cuando tienen que rendir las declaraciones. A su parecer, la justicia les cuestiona las razones de lo sucedido. “Quiero resaltar que ha habido experiencias positivas de funcionarios que han hecho lo posible por acercarse a las mujeres, aunque estamos muy lejos de hablar de justicia en el conflicto armado, es muy complejo y la mayoría de casos están sin resolver, y de ahí la Comisión de la Verdad, para tratar de responderles su gran pregunta: ¿Por qué ocurrió?”, asegura Coll.

El  proyecto y la investigación Comisión de Verdad y Memoria de Mujeres Colombianas es un escenario que para Melania significa “un descanso, porque pude hablar y denunciar después de tantas secuelas y sufrimiento”.

Estigma de desplazada

La condición de desplazada que tiene Melania en Popayán es otra cruz que tiene que cargar, pues el solo hecho de decir que viene de El Tambo, víctima del conflicto, se convierte en un obstáculo para conseguir trabajo: la gente siempre cuestiona el porqué del desplazamiento. “Por eso nunca más volví a decir que era desplazada”, expresa. Después de un tiempo, los subversivos aún buscaban a su hija en Popayán; por lo tanto, tenían que andar de un lado para otro, escabulléndose de sus victimarios.

Hoy en día sus días transcurren en medios del rebusque, haciendo tareas domésticas para sostener a sus hijos, dice que no les pudo seguir dando estudio. Así es la vida de esta valiente mujer, como la de miles de desplazados en las ciudades. Su hija alcanzó séptimo grado, quedó con secuelas sicológicas a pesar de las terapias. Los hijos hombres estudiaron hasta 5 y 10 grado y ahora trabajan para ayudar al sostenimiento del hogar.

Nunca más volvió a su terruño desde ese aciago 2002, lo único que sabe es que un “señor de esos” se apoderó de la casa.

Conoció los beneficios que da el Estado a las víctimas del conflicto armado, pero antes tuvo que pasar demasiadas afujías para sobrevivir en la ciudad. Tras un largo proceso con el Incoder, que inició en 2006, apenas hace cinco meses le adjudicaron un terreno. Pero las huellas en su espíritu y su corazón son las que ninguna ayuda estatal podrán remediar.

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