Voces multitudinarias por la paz

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Ola Política /Redacción de EL PUEBLO

El respaldo al proceso de paz quedó sellado por la multitudinaria marcha en Bogotá y otras ciudades del país, en cabeza del presidente Juan Manuel Santos,  quien afirmó que “ir en contra de la paz no es racional”.

Marcha por la paz en abril

El colorido, los mensajes, los cantos  y las voces de apoyo a la reconciliación nacional hicieron eco en la inmensa multitud de colombianos que se unieron para decir a los señores de la guerra que “la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”, como lo establece la Constitución Nacional

“La paz nos tiene que unir a todos”, dijo Santos, quien en compañía del exvicepresidente, Angelino Garzón, y el  alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, sembraron una palma de cera como símbolo de paz, en una ceremonia significativa en el Centro de Memoria, como apertura de la marcha.

El presidente Santos, que llevaba puesta una camiseta blanca con un mensaje que decís “Mi Aporte es Creer”, inició la marcha impulsando a un soldado en silla de ruedas, víctima del conflicto armado.

“Basta ya, no me cabe más dolor en el pecho”, resaltaba una pancarta que tenían unos ciudadanos que al unísono expresaban que “las víctimas soñamos con la paz, sin desaparecidos, sin impunidad”.

En medio de la multitud, un observador comentó que “El tiempo de las Farc ya prescribió, pero también el del establecimiento. Lo que no prescribe son las profundas inequidades de nuestra sociedad, y es por eso que aún falta mucho para la paz”.

Al pasar por el lugar histórico y triste para la vida política de Colombia, donde el 9 de abril hace 65 años cayó el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, una voz amplificada les llegaba a los marchantes: “Asesinaron su cuerpo, pero las ideas están vigentes para alcanzar la paz”.

El trancón no solo fue de vehículos en las calles de Bogotá, sino en la misma marea humana, que en su inmensa mayoría no llegó al destino final, la Plaza de Bolívar, sencillamente porque no había cupo para tanta gente. Allí el alcalde mayor de Bogotá, Gustavo Petro, y la principal promotora de la marcha,  la exsenadora Piedad Córdoba, se dirigieron a la multitud, represada en el corazón de Bogotá.

Banderas blancas y pancartas de los diferentes partidos ondeaban en medio de los aplausos, cuando Petro exclamaba con vibrato gaitanista que “al poder arbitrario solo se le puede enfrentar con multitudes”.

El fiscal general Eduardo Montealegre se encaminó hacia la Plaza de Bolívar con una camiseta blanca que decía “Yo Creo en la Paz”, sosteniendo un pancarta donde ratificaba: “La Fiscalía General de la Nación, comprometida con la paz y con las víctimas”.

Montealegre manifestó que la marcha es una apuesta contundente por la paz y que ella le dio un mandato al presidente Santos para que no desfallezca en continuar con el proceso de negociación.

Un dato llamativo es que la presencia de la Iglesia solo se notó en los toques de las campanas de la Catedral Primada, pues la ausencia de sacerdotes y de monjas alrededor del palacio episcopal fue total, mientras que en los balcones equidistantes al Museo del 20 de julio los turistas sacaban pañuelos blancos en solidaridad por la paz de Colombia.

En su discurso Petro resaltó que la paz “comienza por nosotros mismos” y terminó diciendo que “el que perdona es el más valiente de todos los valientes”.

Por su parte, Piedad Córdoba recordó que “donde hay hambre y la educación y la salud son un negocio, no puede haber paz”, y agregó que “la paz parece una palabra, pero en realidad es un mundo de respeto y de generosidad y oportunidades para todos”.

Acompañada en la tarima por el escritor William Ospina, la excongresista Córdoba con voz potente señaló: “Lo que primero rompe la paz es el egoísmo que se apodera de la tierra de todos para beneficio de unos cuantos, que se apodera de la ley de todos para la riqueza de unos cuantos, y se apodera del futuro de todos para hacer la felicidad de unos cuantos”.

La dirigente de Marcha Patriótica destacó que “todos tenemos que participar humilde y fraternalmente en la ceremonia del perdón, y con ello abrimos las puertas a un país distinto, que abandone los odios y que construya un futuro digno para todos”.

La marcha mostró escenarios y alocuciones diferentes, pero con un solo lenguaje: “No más guerra, queremos la paz”. Y se fue disolviendo mientras transcurría de la tarde, con la esperanza de que el gobierno y las Farc logren firmar el fin del conflicto.

“Allá en La Habana seguimos avanzando y, con el apoyo del pueblo colombiano, avanzaremos más rápido para que podamos gozar también lo más rápido posible de los frutos de la paz”, expresó Juan Manuel Santos, quien remató la jornada con esta frase: “Hoy todos los colombianos, no importa cómo piensen, estamos unidos en torno a la paz”.

Este breve discurso conocido como la Oración por la Paz fue entonado por Jorge Eliécer Gaitán el 7 de febrero de 1948 en la Manifestación del Silencio.

Señor Presidente Mariano Ospina Pérez:

Bajo el peso de una honda emoción me dirijo a vuestra Excelencia, interpretando el querer y la voluntad de esta inmensa multitud que esconde su ardiente corazón, lacerado por tanta injusticia, bajo un silencio clamoroso, para pedir que haya paz y piedad para la patria.

En todo el día de hoy, Excelentísimo señor, la capital de Colombia ha presenciado un espectáculo que no tiene precedentes en su historia. Gentes que vinieron de todo el país, de todas las latitudes —de los llanos ardientes y de las frías altiplanicies— han llegado a congregarse en esta plaza, cuna de nuestras libertades, para expresar la irrevocable decisión de defender sus derechos. Dos horas hace que la inmensa multitud desemboca en esta plaza y no se ha escuchado sin embargo un solo grito, porque en el fondo de los corazones sólo se escucha el golpe de la emoción. Durante las grandes tempestades la fuerza subterránea es mucho más poderosa, y esta tiene el poder de imponer la paz cuando quienes están obligados a imponerla no la imponen.

Señor Presidente: Aquí no se oyen aplausos: ¡Solo se ven banderas negras que se agitan!

Señor Presidente: Vos que sois un hombre de universidad debéis comprender de lo que es capaz la disciplina de un partido, que logra contrariar las leyes de la psicología colectiva para recatar la emoción en su silencio, como el de esta inmensa muchedumbre. Bien comprendéis que un partido que logra esto, muy fácilmente podría reaccionar bajo el estímulo de la legítima defensa.

Ninguna colectividad en el mundo ha dado una demostración superior a la presente. Pero si esta manifestación sucede, es porque hay algo grave, y no por triviales razones. Hay un partido de orden capaz de realizar este acto para evitar que la sangre siga derramándose y para que las leyes se cumplan, porque ellas son la expresión de la conciencia general. No me he engañado cuando he dicho que creo en la conciencia del pueblo, porque ese concepto ha sido ratificado ampliamente en esta demostración, donde los vítores y los aplausos desaparecen para que solo se escuche el rumor emocionado de los millares de banderas negras, que aquí se han traído para recordar a nuestros hombres villanamente asesinados.

Señor Presidente: Serenamente, tranquilamente, con la emoción que atraviesa el espíritu de los ciudadanos que llenan esta plaza, os pedimos que ejerzáis vuestro mandato, el mismo que os ha dado el pueblo, para devolver al país la tranquilidad pública. ¡Todo depende ahora de vos! Quienes anegan en sangre el territorio de la patria, cesarían en su ciega perfidia. Esos espíritus de mala intención callarían al simple imperio de vuestra voluntad.

Amamos hondamente a esta nación y no queremos que nuestra barca victoriosa tenga que navegar sobre ríos de sangre hacia el puerto de su destino inexorable.

Señor Presidente: En esta ocasión no os reclamamos tesis económicas o políticas. Apenas os pedimos que nuestra patria no transite por caminos que nos avergüencen ante propios y extraños. ¡Os pedimos hechos de paz y de civilización!

Nosotros, señor Presidente, no somos cobardes. Somos descendientes de los bravos que aniquilaron las tiranías en este suelo sagrado. ¡Somos capaces de sacrificar nuestras vidas para salvar la paz y la libertad de Colombia!

Impedid, Señor, la violencia. Queremos la defensa de la vida humana, que es lo que puede pedir un pueblo. En vez de esta fuerza ciega desatada, debemos aprovechar la capacidad de trabajo del pueblo para beneficio del progreso de Colombia.

Señor Presidente: Nuestra bandera está enlutada y esta silenciosa muchedumbre y este grito mudo de nuestros corazones solo os reclama: ¡que nos tratéis a nosotros, a nuestras madres, a nuestras esposas, a nuestros hijos y a nuestros bienes, como queráis que os traten a vos, a vuestra madre, a vuestra esposa, a vuestros hijos y a vuestros bienes!

Os decimos finalmente, Excelentísimo señor: bienaventurados los que entienden que las palabras de concordia y de paz no deben servir para ocultar sentimientos de rencor y exterminio.

 ¡Malaventurados los que en el gobierno ocultan tras la bondad de las palabras la impiedad para los hombres de su pueblo, porque ellos serán señalados con el dedo de la ignominia en las páginas de la historia!

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