“Yo no decidí nacer en la familia en que nací, pero soy afortunada”: Emma Juliana Urdinola

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Emma Juliana Urdinola Henao me recibió en la Cárcel del Buen Pastor, donde desde hace 24 meses paga una condena de casi 38 años por asesinato. No ha cumplido los 25, pero ya ha vivido mucho. Ser la hija de uno de los grandes capos del norte del Valle, Iván Urdinola, muerto en la cárcel, y de Lorena Henao, quien también estuvo más de nueve años en prisión, y sobrina de tres de los hombres que protagonizaron las peores venganzas por el tráfico de drogas en el país es un peso muy grande. Ella, sin bajar la frente, dice que es mucho más que la hija de narcotraficantes, por eso aprovecha su triunfo en el reinado de la cárcel para contarle al mundo su verdad. Aquí está. 

Claudia Palacios en entrevista con Emma Juliana Urdinola Henao

Claudia Palacios: ¿Cómo han sido estos dos años aquí en la cárcel?

Emma Juliana Urdinola: Duro, muchas etapas. Yo estudiaba en una universidad, trataba de llevar una vida normal en medio de las dificultades –porque el estigma no solamente es aquí adentro, afuera es mucho peor–, y me metieron en una cárcel de máxima seguridad, mis compañeras que no sabían de quién era hija yo se alejaron de mí.

 Claudia Palacios: ¿Cómo es el día a día aquí?

Emma Juliana Urdinola: Una rutina. De alguna forma el  darme a conocer por haber ganado el reinando me ha ayudado a que me incluyan en los proyectos del Inpec. Que clases de teatro, de gimnasia, para todo yo; pero si no hubiera ganado el reinado sería otra ignorada más, porque lastimosamente el plan de tratamiento penitencial y carcelario que está en el Código 65 de 1993 es una mentira. Las personas de máxima seguridad todo el día estamos encerradas.

C. P.: ¿Por qué decidiste meterte al reinado?

E. J. U.: Siento que es una forma de decirle al mundo que no soy solamente lo que dice la gente. Esto es una población carcelaria que está sufriendo. Usted se encierra a las 7:00 de la noche quiera o no quiera. ¿Quiere hablar con su familia? No puede llamarla. ¿Quiere una chocolatina? No hay.

C. P.: Un cambio muy drástico porque tu vida era otra cosa, tenías todo lo que querías desde que eras muy niña. ¿Qué es lo que más extrañas de afuera?  

E. J. U.: Afuera tenía un proyecto de vida: estudiaba medicina veterinaria en la Universidad de la Salle, pensaba que no me importaba si me tocaba empezar bañando perros, me iba a ganar un salario, iba a pagar mi casa a cuotas, con mis méritos, no los de nadie más.

C. P.: ¿Tú no querías vivir de la fortuna de la familia? ¿Habías tomado esa decisión?

E. J. U.: Claro, porque es que lo he vivido toda mi vida: peso tras peso, caída tras caída y sin haber decidido, porque es que yo no decidí ni tener mis padres ni nacer en la familia en que nací. ¿Que si afortunada? Sí, soy demasiado afortunada, tengo mucho que darle gracias a Dios.

 C. P.: ¿Qué?

E. J. U.: Los padres que tuve, que tengo a mi madre todavía.

C. P.: Explícame eso, Emma. Con mucho respeto te lo pregunto porque obviamente entiendo que estás hablando como la hija, pero para el resto del mundo haber nacido en una familia de tantos problemas puede no ser una bendición. ¿Por qué sí para ti?

E. J. U.: La persona que nombran en las noticias como mi padre, para mí ese no fue mi padre. Aunque he pagado las consecuencias de sus errores, claro que sí.

C. P.: ¿Tuviste alguna vez tiempo de reprocharle eso?

E. J. U.: Mucho, pero yo no tengo por qué juzgarlo por cosas que él hizo. Si uno supiera que se está equivocando, no lo hace.  Yo ahorita trato de justificarlo, se equivocó por su ignorancia, por su falta de límites, por sus rencores y rabias, pero no es un error que haya cometido solo él. Cuando mi papá cometió sus errores yo no había nacido ni ninguno de mis hermanos, y él jamás pensó que sus errores los íbamos a pagar sus hijos.

C. P.: ¿Cómo era él como papá?

E. J. U.: Si le digo que excelente, es poquito.

C. P.: ¿Qué fue lo material y lo espiritual más grande que te dio?

E. J. U.: Fue un hombre sumamente controlador, nos enseñó a manejar los gastos, a producir. De niños sí nos daban muchos gustos, pero no tanto él, sino mi mamá y mis tíos. Mi papá me inculcaba la lectura; era perfeccionista, jodido, regañón. Me cortaba el pelo, las uñas, jamás dejo que me maquillara ni que me pintara las uñas. El mejor padre del mundo, los trece años que lo disfruté. Yo conocí un hombre arrepentido, no un hombre malo, un hombre que se equivocó y reconoció sus errores.

C. P.: ¿Y tu mamá?

E. J. U.: Mi pupuchurra, una mujer enamorada de su esposo y de sus hijos. Mi madre es una mujer sumamente noble, sumamente humilde; ella no tiene la capacidad ni siquiera de guardar rencor en su corazón y se le olvida la gente que le hace daño. Ella no es lo que pintan.

C. P.: ¿Ella viene acá a visitarte?

E. J. U.: No, yo no quiero que ella pise más una cárcel. Ella ha sufrido el doble, es que yo soy su niña, la menor.

C. P.: ¿Cómo te comunicas con ella?

 E. J. U.: Cartas. Yo tiendo a ser muy impulsiva, me pongo a llorar, tiendo a decirle cosas que a ambas nos hacen daño, y eso la enferma a ella. Mi mamá ha sufrido ya dos episodios de cáncer.

C. P.: Y tus hermanos te visitan. ¿Qué están haciendo ellos?

E. J. U.: Mi hermanita Laura es ama de casa, tiene una empresa organizadora de fiestas. Tiene un hogar y dos hijos, viene cada mes. Es mi angelito de la guarda; mi negra es hermosa. Le ha dado muy duro todo esto porque todos en mi familia esperaban cualquier cosa menos que yo fuera a dar a una cárcel; primero, por mi comportamiento y, segundo, por la crianza que nos dieron. Y uno de mis hermanos vive fuera del país y el otro acá.

C. P.: ¿Y ellos están ya fuera de todo problema judicial o no?

E. J. U.: Que yo sepa, sí. Ellos se casaron, los dos tienen unas familias hermosas, cada uno tiene un hijo, ya tengo tres sobrinos, mis tres gordos vienen a visitarme. Uno de siete años, otro de dos y otro de cuatro meses. Yo he tratado que cada uno siga su vida porque el hecho de que yo esté aquí no me hace ni menos hermana, ni menos mujer, ni menos persona, no. La vida para todos sigue.

C. P.: ¿Estás haciendo algo para tratar de rebajar tu condena?

E. J. U.: Estamos en el Tribunal Superior, si en esa instancia no pasa nada, en algún momento tiene que pasar. Reitero, soy inocente, he confiado en la justicia y sigo confiando en que en algún momento se va hacer justicia. Si las cosas no rebajan me tocaría hacer más o menos 22 años, con descuentos por trabajo, para salir en libertad condicional.

Emma Juliana Urdinola Henao

C. P.: Cuando tú piensas en esa posibilidad, ¿cómo planeas tu vida?

E. J. U.: No, ese es el plan Z. No me voy a dar por vencida, así lleve diez años, quince años, porque yo quiero tener mi hogar, ser profesional, quiero ser buena haciendo algo. Yo no quiero ser más la hija de Iván Urdinola, quiero ser Emma Juliana Urdinola Henao.

C. P.: Juliana, ¿qué es para ti el dinero?

E. J. U.: Como todo: ni mucho ni poco. Se necesita para vivir porque estamos en un mundo capitalista, simplemente es algo más; pero eso no lo define a usted como persona.

C. P.: Tú tienes mucho dinero, tu familia tiene mucho…

E. J. U.: Ni la suma de dinero más grande del mundo paga una visita aquí los sábados o los domingos. Pero eso no lo aprendí aquí, lo aprendí por mi papá. El comedor de mi casa nunca se estrenó, esperando a hacerlo cuando mi papá saliera libre. Siempre comíamos en un comedor auxiliar en la cocina. Teniéndolo todo, siempre hubo un lugar vacío.

C. P.: ¿Tus papás te pidieron perdón en algún momento?

E. J. U.: No tienen por qué. El verdadero amor no necesita explicaciones. Los he visto pagar con creces cada uno de sus errores.

C. P.: ¿De niña te sentías común y corriente?

E. J. U.: Me di cuenta de que no era normal cuando mi papá murió.

C. P.: ¿Ni siquiera cuando ibas a visitarlo a la cárcel pensabas que había algo distinto?

E. J. U.: No, porque es que los amiguitos de nosotros eran los hijos de los amigos de mi papá. El colegio donde estudiábamos era un colegio donde solamente estudiaban niños así, porque resulta que acá en Colombia la gente no quiere que sus hijos estudien con los de un narcotraficante. Muchas veces nos echaron de los colegios por eso, estuve más o menos en veinte colegios.

C. P.: Emma, el día de las elecciones en Estados Unidos se aprobó en dos estados el consumo recreativo de la marihuana, y en América Latina varios presidentes dicen que hay que legalizar las drogas. Tú que creciste en el ambiente del narcotráfico, ¿cómo ves esas decisiones y propuestas?

E. J. U.: No estoy de acuerdo, porque no quiero que una etapa de la vida sea drogarse, matar sus neuronas, acortar su vida.

C. P.: El argumento es que legalizar acabaría con el negocio del narcotráfico…

E. J. U.: No. Acabaría con las drogas que hay en el momento, pero las drogas están en continua actualización, como los celulares.

C. P.: ¿Cómo crees tú que se le debería hacer frente a ese problema?

E. J. U.: Educación. Si usted quiere que sus hijos sean buenos, edúquelos.

C. P.: ¿A ti tu familia te habló sobre las drogas, sobre no consumir, sobre no traficar, o nunca hablaron de eso?

E. J. U.: No específicamente de “usted no debe hacer esto”, pero me lo inculcaban con cosas como “ese amiguito suyo es marihuanero, ese no lo traiga a la casa”. ¿Qué le dice eso a usted?

C. P.: ¿Por qué crees que te condenaron?

E. J. U.: Esta es una sociedad encarnizada por buscar culpables. Yo estaba en el lugar equivocado, con las personas equivocadas, en el momento equivocado. En el momento del juicio o no me hice entender, que ojalá sea eso, o tenían un concepto viciado.

C. P.: ¿Crees que a ti te tendieron una trampa? 

E. J. U.: Cada quien ve lo que quiere ver. Lo que sí es cierto es que yo no sabía lo que iba a pasar, porque si hubiera sabido no hubiera asistido a ese lugar. Estaba con las personas que estaba porque, cómo decirlo, ellos estaban ahí, yo ni andaba con ellos, me refiero explícitamente a Henry Loaiza, el hijo del Alacrán. Yo me pregunto: tanto afán por buscar culpables y él no está preso y todo este peso lo estoy cargando yo sola.

C. P.: ¿Pero tú sabes quién lo mato?

E. J. U.: Claro. Eso está claro incluso en el proceso.

C. P.: ¿Pero quién  lo mandó a matar?

E. J. U.: Nadie. Eso pregúnteselo a Henry.

C. P.: Alguien dio la orden y otro la ejecutó. ¿Tú sabes quién la ejecuto, pero no sabes quién dio la orden?

E. J. U.: No necesariamente. ¿Por qué él no pudo haber decidido por sí mismo? ¿Usted conoce a Henry? Si lo conociera, pensaría diferente. Pregúnteselo. Yo puedo responder por mis actos: yo cité a Jairo, pero en ningún momento le tendí una trampa. Yo iba  a hablar con Jairo y a Jairo lo mataron en esa cita, pero eso no quiere decir que yo haya dado la orden para mandarlo a matar, ni mucho menos que yo haya estado ahí para presenciarlo.

C. P.: ¿Para qué lo citabas ese día?

E. J. U.: Mi papá murió en 2002 y a mi mamá la capturaron en 2004. De 2004 al 2006 hubo extinción de dominio de todas las propiedades de Grajales por el proceso de mi madre. Desde ese momento, nosotros dejamos de lucrarnos o de beneficiarnos de una u otra forma con la empresa, porque quien nos daba el dinero era Raúl Grajales, y empezamos a buscar otras cosas. Raúl Grajales quedó a cargo de la empresa, pero él fue condenado también por lo mismo y quien quedó a cargo, entonces, fue un señor que se llama Jairo Alcides Giraldo Rey, a quien nombraron jefe del sindicato. Pasaron 4 años, yo termine el colegio, cuando me matriculé a la universidad estábamos económicamente muy mal, precisamente porque nosotros nunca nos beneficiamos con eso. Recibíamos una mensualidad que desde el momento en que cayó presa mi mama nunca volvió a llegar.

Un día me encontré a Jairo en una feria ganadera y me dijo: “Lo que necesite, Emmita, con mucho gusto”. Le dije a mi mamá y ella me dijo: “Vaya reúnase con él a ver cómo es que nos va  a colaborar”. Resulta que ellos robaban la empresa y le daban el dinero a Raúl Grajales, y Raúl Grajales había quedado en que nos iban a dar algo. Ese día yo me reuní para recibir ese algo, y resulta que ese dinero ya se lo habían entregado al esposo de mi mamá, pero de eso me di cuenta estando aquí.

Henry dice que mató a Jairo porque Jairo me quería pegar a mí. El día de la reunión, Jairo estaba violento, tenía un arma, la puso encima de la mesa. Cuando ya caí presa, contrataron unos investigadores para que buscaran a Henry, y él dijo: “Es que a mí Raúl Grajales me mandó una plata con Jairo, pero pues yo no le podía decir eso a Lorena (Henao)”.

C. P.: Bueno, como ya nos dicen que nos tenemos que ir, solamente le quiero hacer una última pregunta: ¿Ese cuerpo divino que tienes es trabajado en la cárcel o viene de afuera?

E. J. U.: Las dos. Me gusta, soy mujer de disciplina. Yo quiero pedirle un favor muy grande, que este reinado y esta entrevista sirvan para algo. El Inpec no lo puede hacer todo; necesitamos que venga el Ministerio de Educación, necesitamos resocialización.  Yo he pedido permiso para estudiar y no me han dejado. ¿Y entonces? Cadena perpetua para todas, más bien.

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