Yurani Yaqui

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ana maria ruizAna María Ruiz Perea

Twitter: @anaruizpe

Nada de lo que sucedió esta semana con las FARC tiene explicación posible. Ni vaciar petróleo en los ríos, ni volar las torres de energía, ni asesinar a una beba de 2 años con un tatuco, y dejar heridos en el cuerpo y en el alma, y sin techo, a su familia. A las Farc no hay que pedirles ninguna explicación, porque nada de lo que hacen la tiene.

Llevamos años y años viendo cómo se mata gente y se vuela pueblos con tatucos, con pipetas. Nada nuevo salvo que hoy hay una Mesa de negociación en La Habana que acordó negociar sin cese al fuego; luego, ¿qué parte de “no va a ser fácil” no entendimos? Resultó disonante escuchar al presidente Santos decir, como en un juego de niños, “si no deja de hacer lo que está haciendo me salgo del juego”. La responsabilidad del gobierno en una mesa de negociación es tener los nervios templados, las hormonas frías y las neuronas atentas. Con esto no minimizo en nada la dimensión tremendamente dramática de los últimos sucesos; tiene que ver con un interés superior que expresamos los colombianos en las urnas, que el Presidente logre pactar un final a la guerra de las FARC.

No vale la pena entrar en la discusión de qué se es más atroz o menos atroz entre los hechos agobiantes de la guerra. En su momento tampoco tuvieron justificación el asesinato del político Argelino Durán Quintero en 1994, hace 20 años; ni el secuestro en 2002 de un avión para llevarse a Jorge E. Gechem Turbay, por años, a morir en vida en la selva. En esos dos momentos, la FARC templaron la cuerda del gobierno de turno hasta llevarlo a los límites del aguante, a la ruptura de los diálogos con un perverso “hasta siempre” entre las partes, que nos dejó sumergidos en la impotencia del desangre irremediable.

No es tan simple como decir que por causa de éste o aquel acto de guerra “el gobierno interpretó el querer nacional y rompió los diálogos”. En 30 años del Estado colombiano negociando con el mismo enemigo interno, cada vez más degradado, lo mínimo que se espera que haya aprendido que el opositor templa la cuerda del aguante y crispa los nervios con actos de guerra cuando no quiere, o no puede, poner la cara.

Tengo el pálpito, y ojalá la evidencia demuestre que estoy equivocada, de que las Farc van a seguir haciendo barbaridades (nada nuevo), crispando los nervios del gobierno (como siempre) y despertando la indignación de los colombianos, ahora que comienza el cuarto punto de la negociación, el reconocimiento de la verdad y la promesa de no repetición frente a las víctimas. Es un momento crucial en el que se remueven los dolores y la retórica no alcanza para matizar el drama provocado. ¿Qué pueden decirle, mirándola a los ojos, a la señora Emelinda Muse, mamá de Yurani? ¿Que su dolor es un invento de las oligarquías para poner a las FARC en la picota?

Al Presidente Santos lo elegimos para que, por ejemplo, llegue a un acuerdo sobre cómo romper con la dinámica perversa de los explosivos artesanales, no para que al primer bombazo repita la historia, se pare de la mesa y nos condenen a una década más en guerra.

De seguir así las cosas, muy pronto la comunidad internacional tendrá que intervenir de manera más activa para que la negociación no se rompa. Si se logra, Yurani dejará de ser otra víctima para hacer parte del relato sobre cómo se acordó la paz en Colombia.

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