25 de julio ¿Cumpleaños de Cali?

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Por Elizabeth Gómez Etayo

El pasado 25 de julio, la ciudad de Santiago de Cali conmemoró su fundación; por eso se dice en des-honor a la historia, que Cali cumplió 485 años de ser fundada por (su invasor) Sebastián de Belalcázar. Encontrarse con la verdad da miedo. Construir nuevas narrativas basadas en la memoria histórica y no en la historia oficial, da miedo. Justo es el miedo simbólico que expresan algunos representantes de las élites caleñas que rodearon su estatua de cartón el pasado domingo al oeste de Cali, queriendo proteger a su fundador – invasor, benefactor simbólico.

Dicen algunos líderes indígenas, en lenguaje metafórico, que en Colombia hemos optado por estar del lado del padre y no de la madre.  Se entiende el padre como el sujeto invasor, conquistador, penetrador, que llega, arrasa, somete, mata y viola mujeres para apoderarse de un territorio que no estaba despoblado, estaba poblado por grupos humanos que los invasores consideraban no-humanos. Tal como los leones matan al macho alfa y a sus crías, para apoderarse de sus hembras y el territorio, los españoles mataron a los representantes masculinos indígenas, para violar a las mujeres indígenas, consideras hembras no humanas y apoderarse de este nuevo y maravilloso territorio sin dios ni ley.

La madre, es esa mujer – hembra indígena, deshumanizada, violada, sometida, humillada y despreciada que el invasor usa para satisfacer sus necesidades sexuales básicas y para poblar de nuevos grupos humanos esta tierra, según él, recién descubierta. Pero quienes vivían aquí ya se habían descubierto a sí mismos. Esa nueva descendencia sería conocida como los criollos, sí como una raza animal. Los criollos, cruce entre español e indígena. Esos criollos, en apariencia blanca, empezaron a crecer y reproducirse, pero todos, absolutamente todos, tienen una abuela indígena, e inclusive negra, porque luego el invasor traería a los pueblos africanos esclavizados y también usaría nuevas hembras deshumanizadas por ellos, para continuar satisfaciendo sus necesidades sexuales y, de paso, sumarle a la descendencia. Tendríamos entonces mulatos y zambos. Mestizos todos. O sea, mezclados, cruzados, mixturados.

Unos quedaron más claritos que otros, aunque se crean blancos. Pero todos, absolutamente todos quedaron quedamos mezclados, no hay como no después de más de 500 y pico de años de mezclas. No hay pureza racial ni étnica. Esta es la nueva historia que estamos conociendo. Esta es la memoria histórica que estamos reconstruyendo. No es todavía la historia oficial que se enseña en instituciones educativas. ¿Por qué ponerse del lado del padre y no de la madre? Porque el padre, se ha constituido simbólica y mediáticamente como el poderoso (no el abusador) sino el ganador, el civilizado, el blanco, quien trajo progreso y desarrollo. En tanto que la madre, sigue siendo la perdedora, la abusada, la salvaje, la india, la pobre y atrasada. Por supuesto, simbólicamente todos queremos ser poderosos y ganadores. Nadie quiere ser perdedor y sometido.

Pero podemos reconstruir esta historia y poner en el alto del pedestal a la madre naturaleza, la madre indígena, la madre tierra, la madre que nos parió, nos protegió, nos cuidó, nos alimentó y soportó todos los vejámenes para permitirnos estar hoy aquí reconstruyendo esta historia a punta de memoria. Esa es la historia que las élites en apariencia blancas de Cali y de las distintas ciudades colombianas que lamentan el desplome de sus héroes reconstruidos en bronce, no quieren reconocer, no quieren reconstruir no quieren ver, porque hacerlo da mucho miedo. Pero es también su historia, no es la historia solo de los don nadie, que empezaron a tumbar estatuas, es también su historia.

Y es comprensible verles aferrados a ese pedazo de cartón duro, mientras esperan la llegada gloriosa del bronce reconstruido. Pero la historia, la nueva historia, la memoria se posiciona quieran o no. Y sería loable que aceptaron este recuentro con la nueva historia y se abrieran a nuevas claves de interpretación. Entre esa élite económica y política, hay académicos, intelectuales, historiadores y antropólogas que pueden (supongo que lo están intentando) sumarse a esta nueva búsqueda de nuestras raíces para construir de manera colectiva y sin vergüenza una nueva historia que nos ayude a decidir quién debe estar en ese pedestal físico y simbólico. ¿De nuevo el invasor Sebastián de Belálcazar? O le vamos a dar, por fin, un lugar en la historia a la mujer indígena como símbolo de la memoria histórica que debemos reconocer en nosotros y entre quienes en apariencia se sientan blancos. Como dice la socióloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui, llegó la hora de sacar el indio que todos tenemos dentro. Y la india, digo yo.

 

 

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