El vicepresidente Angelino Garzón presenta su libro Agradecido con la vida

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El Vicepresidente Angelino Garzón acaba de terminar un libro, que pronto estará en las librerías en el que deja un testimonio del recorrido de su vida, desde un barrio humilde de Buga hasta los salones del poder. El Pueblo publica en exclusiva el capítulo dedicado a su paso por la gobernación del Valle.

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Al final de mi mandato como ministro de Trabajo y Seguridad Social, el director de la Organización Internacional del Trabajo, Oit, me propuso hacer un estudio sobre el “Diálogo social, la concertación y el cooperativismo en Andalucía y el País Vasco, en España, y la Emilia Romaña, en Italia”. Con ese trabajo, además de tener unos ingresos, conocí directamente esas experiencias en España e Italia, que son tan válidas en la Colombia de hoy y en muchos países del mundo.

Terminé el encargo en julio de 2003 y, junto con Montse y Ángela, ese año tomé la decisión de lanzarme en busca de la Gobernación del Valle. Antes, ya había descartado ser candidato a la Alcaldía de Bogotá.

Debo confesar que no conocía a muchos políticos del Valle, pues llevaba veintiocho años sin vivir en esa región. Además, no tenía partidos políticos que me respaldaran ni candidatos a la elección de alcaldes, concejales o diputados.

Esa realidad hizo que algunas personas bien informadas sobre la política vallecaucana se atrevieran a vaticinar que yo perdería las elecciones, y mucho más cuando estaban de por medio candidatos con méritos, como Carlos Holmes Trujillo y Carlos José Holguín; el primero liberal y el segundo conservador.

Me limité a no angustiarme y recorrí cada uno de los municipios sin olvidar la manera como hicimos la campaña a la Asamblea Nacional Constituyente; no firmé, ni en público ni en privado, ningún tipo de compromiso con ningún sector de la población y dejé muy claro que no cambiaba favores por votos, y que mucho menos compraba o vendía votos.

Un buen número de trabajadores, de educadores, de campesinos, de sectores conservadores, liberales, del Movimiento Popular Unido, independientes, del Polo Democrático y del sindicalismo, me respaldaron ampliamente. Al final, saqué 700.800 votos y el segundo, Carlos Holmes Trujillo, obtuvo 180.000.

Una vez elegido gobernador rogué al Dios de los cielos y al Señor de los Milagros de Buga que me dieran tranquilidad y sabiduría para gobernar bien al Valle del Cauca y no me dejaran llevar por las alegrías pasajeras que producen los triunfos.

El mismo día en que gané, el 26 de octubre de 2003, llamé al presidente Álvaro Uribe Vélez y le manifesté mi interés de trabajar con él y su gobierno. Quedamos de reunirnos el día de mi cumpleaños, el 29 de octubre del mismo año.

Tras el encuentro con Uribe y con varios de sus ministros y ministras, comencé a conformar el equipo de gobierno, a hablar con muchas personas, algunas de las cuales ni siquiera habían votado por mí, y a preparar junto con el tesorero de la campaña la devolución de los dineros por los votos obtenidos. Por un error matemático y de cálculo en los gastos electorales, dejé de recibir más de quinientos millones de pesos.

Tuve que apartarme de aquellos compañeros que me recomendaban radicalizar la posición, los que decían que estábamos a las puertas de una revolución social y pretendían desconocer lo bueno que habían hecho los gobiernos anteriores. Con sus consejos desconocían el carácter pluralista, amplio e independiente de nuestro gobierno y de las buenas relaciones que debíamos tener con el ejecutivo en Bogotá y con diferentes sectores de la población urbana y rural del Valle del Cauca.

En la gobernación nos guiamos por un decálogo de principios rectores que trabajamos previamente y que presentamos por escrito durante la campaña. Pusimos énfasis en la defensa de lo público, en el programa de desayunos y almuerzos, en los psicólogos escolares, en la importancia de la educación, la salud y la alimentación para niños, niñas, adolescentes y jóvenes, en el diálogo social con trabajadores, pueblos indígenas, afrodescendientes, campesinos, mujeres, personas con discapacidad, comunidad lgtbi y otros sectores de la sociedad.

En otras palabras, en nuestro gobierno contribuimos al logro de un Valle del Cauca mejor, a hacer realidad la disminución de la pobreza, al respeto de los derechos humanos y a que los humildes y pobres fueran escuchados, no ignorados o desconocidos por el gobierno departamental.

Con este comportamiento enseñamos que la arrogancia, la antipatía o la prepotencia de algunos servidores públicos, que a veces ni siquiera han sido elegidos por voto popular, les hacen mucho daño a los gobernantes. Nos entendimos muy bien no solo con el Gobierno Nacional, sino también con cada uno de los cuarenta y dos mandatarios de los municipios del Valle del Cauca, así algunos de ellos no hubiesen votado por mí.

Como Gobernador, sentía que no le debía favores a ninguna persona, e igualmente, que nadie me debía favores. Fue una buena relación de derechos y deberes, donde todos aprendimos de manera recíproca.

Una experiencia positiva que nos quedó fue la del diálogo social, que sostuvimos desde un principio con el sindicato de trabajadores del departamento del Valle y que permitió el reajuste de los salarios cada año, por encima de la inflación causada. También, que su presidente o delegado participara como observador en reuniones del Consejo de Gobierno y en las juntas directivas de las empresas o entidades en las que el departamento era socio mayoritario. Igualmente, en el comité de contratación para que el sindicato fuera un aliado en la lucha contra la corrupción.

A través del diálogo social, en cada uno de los cuarenta y dos municipios, conjuntamente con los alcaldes y alcaldesas, llevamos a cabo las audiencias sociales con la participación de organizaciones sociales urbanas, campesinas, indígenas y afrodescendientes. Contamos con la participación de la ciudadanía ejerciendo control social en los programas, lo que contribuyó a su desarrollo.

En muchas ocasiones participaron concejales, diputados, parlamentarios y gobernantes locales, con quienes pactábamos la inversión social del departamento tanto en la parte urbana como rural del respectivo municipio. Así, desarrollamos el principio rector de gobernar con los municipios.

En la vida real aprendimos, con dolor y lágrimas, que es bastante difícil la lucha por lograr que quienes contratan con el Estado lo hagan de manera transparente y eficiente. Es el caso de la doble calzada Cali-Candelaria, contratada en 1996 sin licitación pública y que nunca fue construida. Diversas instancias del Estado y sectores del establecimiento vallecaucano terminaron dándoles la razón a los contratistas incumplidos en contra de los intereses del departamento y de su política de inversión social.

Por ese camino tengo la preocupación de que todos los contratistas que le han incumplido a la Nación, a Bogotá, a otros municipios y regiones del país, terminen demandando al Estado y posiblemente lleguen a ser indemnizados y salgan como sacrificados a los ojos de la sociedad. Amanecerá y veremos, dice el dicho popular.

Creo, sin temor a equivocarme, que la enseñanza más importante que me quedó en el Valle fue que gobernar vale la pena, siempre y cuando se piense en el derecho de la población a vivir mejor y en paz, comenzando por los niños y las niñas.

Uno de los principios rectores fue el de gobernar de cara a la población, tarea esta que desarrollamos con la política del diálogo social, con la rendición pública de cuentas —realizamos nueve en cuatro años de gobierno— y con el diálogo abierto y sin limitaciones, en el programa televisivo Valle ciudadano, que se emitía de lunes a viernes de 6:00 a. m. a 8:00 a. m. por Telepacífico. A través de ese programa informábamos públicamente sobre los avances y dificultades en la gestión de gobierno.

Además, creamos las oficinas de atención a la población afrodescendiente y discapacitada; firmamos un convenio con las comunidades lgtbi y con diversas organizaciones de mujeres; logramos que la Asamblea del Valle aprobara la creación de la Secretaría de Equidad de Género o de la Mujer. En los principales cargos de gobierno, las mujeres estuvieron en más del setenta por ciento en los cargos más importantes.

En 2006 viví la experiencia de tratar como Gobernador a un Presidente que a su vez se presentaba como candidato a la presidencia y por el cual no había votado. Fue una relación de respeto recíproco, de no mezclar peras con manzanas, de no perder de vista que cuando salía a recibir a Álvaro Uribe Vélez recibía al Presidente, y que como gobernador del Valle me tocaba respetar sus opiniones políticas, como también él respetaba las mías.

Abiertamente me expresaba sus opiniones sobre la importancia para el departamento del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, sobre sus esfuerzos en la búsqueda de la paz, sus gestiones por la liberación de los doce diputados del Valle secuestrados por la guerrilla de las Farc en abril de 2002 y sobre los avances en la disminución de los niveles de violencia en las diferentes regiones y municipios del departamento.

Recuerdo que en privado le manifestaba a Uribe que no votaría por él sino por Carlos Gaviria. Con respeto y sinceridad le daba mis opiniones sobre la política vallecaucana y él me miraba y me escuchaba con tranquilidad. Muchas veces me manifestó su interés en fortalecer las relaciones comerciales con Venezuela, con su presidente Hugo Chávez, que en paz descanse, y encontrar caminos de diálogo y entendimiento con la guerrilla, tanto de las Farc como del eln.

En varias ocasiones Uribe me dijo en privado, con sus dichos y palabras campesinas, que “si podía le informara a la guerrilla de las Farc y del eln que lo aprovecharan porque él era, ante todo, un soldado, y que así como sabía hacer la guerra también sabía hacer la paz; que por lo que le había pasado a su papá no guardaba odios ni rencores, que le dolía como hijo que las Farc hubieran asesinado a su papá”. Y me recalcaba: “Dígame, Angelino, ¿a qué hijo no le duele la muerte de su padre?”. Y remataba que lo que más quería en la vida era lograr una Colombia que no se desangrara más y que se acabaran el secuestro y el asesinato de tanta gente inocente.

Esta flexibilidad del presidente Uribe en privado contrastaba con las posiciones duras que muchas veces asumía en los Consejos de Seguridad que se realizaron en el Valle del Cauca, a los cuales me invitaban, donde él constantemente les pedía a las Fuerzas Militares y de Policía resultados en la lucha contra las organizaciones armadas ilegales, vale decir: guerrilla, paramilitares, bandas criminales, narcotraficantes y delincuencia común, incluyendo las vinculadas al microtráfico del bazuco y la marihuana.

En algunas ocasiones le manifesté que uno de los errores de la izquierda y del Partido Liberal era haber dejado la seguridad como una preocupación de él, con un enfoque militarista y sin tratarla como una política de Estado.

En otra ocasión, para dialogar sobre la perspectiva de un acuerdo de paz con la guerrilla del Eln, Uribe nos recibió en su despacho a Luis Eduardo Garzón, alcalde de Bogotá; a Sergio Fajardo, alcalde de Medellín, al ministro del Interior, Fabio Valencia Cossio, al alto consejero para la paz, Luis Carlos Restrepo, y a mí. Escuchó detenidamente las recomendaciones en torno a la importancia y conveniencia de iniciar un diálogo de paz con los voceros de esa guerrilla. Nos expresó sus dudas e inquietudes.

Pero también nos informó que ese día había aceptado la recomendación de los gobiernos de Francia, Suiza y España de despejar una zona rural comprendida entre los municipios de Florida y Pradera, en el Valle del Cauca, a fin de dialogar con la guerrilla de las Farc sobre la libertad de los doce diputados del Valle del Cauca. Inexplicablemente, esa propuesta, que posiblemente hubiera servido para la paz más allá de los temas humanitarios, no fue aceptada por las Farc.

Ese día le dijimos que contara con el respaldo de los gobiernos de Bogotá, Medellín y el Valle del Cauca.

Y agregamos que estábamos seguros de que compartíamos la misma opinión con Aníbal Gaviria, gobernador de Antioquia —hoy alcalde de Medellín—, y con Raúl Delgado, alcalde de Pasto —hoy gobernador de Nariño—, en los temas relacionados con la libertad de las personas secuestradas y la búsqueda de la paz para Colombia.

Otra de las iniciativas que me propuse como gobernador, con Coldeportes, la Fiscalía, la Embajada de Estados Unidos y otras instituciones, fue que el equipo de fútbol América de Cali saliera de la denominada lista Clinton. Era una manera de superar las dificultades económicas y deportivas del club. Confieso que en ese período no lo logré, como tampoco que el Deportivo Cali se convirtiera en un gran equipo de la región.

Ahora que soy Vicepresidente, hemos logrado que EE. UU. retire a América de Cali de la denominada lista Clinton, con la decidida colaboración del exembajador Michael McKinley. Lo único que espero de América de Cali, de su junta directiva, del cuerpo técnico y de los jugadores, es que jueguen bien para salir de la B y pasen a la A.

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