Bloqueos invisibles

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Por Elizabeth Gómez Etayo

La señora que trabaja en el servicio doméstico en mi casa y yo, tenemos los mismos años. Ella estudió hasta segundo de primaria y yo hasta doctorado. A ella la trajeron del Departamento del Cauca a trabajar a Cali. Yo empecé a trabajar cuando me gradué de la Universidad. Ella tuvo dos hijos que debió dejar al cuidado de vecinas y hogares del ICBF para trabajar en casas de familia y cuidar los hijos de otras, incluyendo las mías. Ella fue madre a los 20 años y yo casi a los 40. Ella nunca ha tenido contratos laborales, siempre al destajo. Mis contratos han sido formales y en el último tengo la fortuna de tener modalidad de indefinido. Ella nunca ha cotizado a pensión, yo sí. Ella no tiene la esperanza de pensionarse, yo sí. Por su tesón y esfuerzo logró que sus hijos terminaran la secundaria. Mis hijas, casi que tienen la Universidad garantizada. Cuando la contraté de tiempo completo hace 6 años, quería contribuir a salvar esta brecha de desigualdad social, pero es casi imposible.

Esta brecha no se salva, aunque yo le pague un salario de ley, que por ser de ley no es lo suficiente para salvar la brecha. Cuando hicimos cuentas para ingresarla al sistema de salud, ella me dijo que le salía mejor seguir con el Sisben y es verdad. Es mejor que pagar por una EPS que al final la iba a atender igual que en el sistema ya conocido. Cuando hicimos cuentas para pagar pensión no tendría las semanas cotizadas cuando lograra la edad de jubilación. Además, le expliqué que mensualmente tanto ella como yo tendríamos que poner un aporte y al final concluimos que no tenía sentido pagar por una pensión que nunca iba a obtener, ella me dijo que mejor ahorraba esa platica. Y efectivamente, la ha empezado a ahorrar, pero ese dinero ahorrado no le alcanza ni para la cuota inicial de una vivienda de interés social y además no tiene historia crediticia exigida por los bancos para acceder al crédito. Brecha insalvable.

Soñamos juntas con viajar, pero ella no logra ubicarse en el mapa. Algunas cosas le he podido mostrar, pero no distingue una ciudad, de un departamento, de un país y mucho menos de un continente. Pero sabe hacer cuentas a la perfección y lee lo básico para comprender qué está pasando en el mundo. Por supuesto tiene un celular mejor que el mío y le consulta a Google todo lo que quiere saber, por ejemplo, en cuánto cayó el Baloto, jugado con fe semana a semana con la esperanza de cerrar la brecha de desigualdad con un golpe de suerte.

Vive en el Barrio Puertas del Sol, comuna 14, Distrito de Aguablanca, al oriente de la ciudad de Cali y hace todas las peripecias posibles para llegar cumplida a su trabajo, en el sur. Conoce bien el sistema de transporte público y sabe de las rutas. Por ella sé de su ineficiencia. Un alimentador la debe llevar desde su casa hasta la estación más cercana. De esa estación a otra estación, un bus articulado. En esta última estación, otro alimentador hasta llegar a su destino. Un tramo cambiando tres veces de vehículo. En el transcurso se demora, mínimo, 2 horas. Yo llego a mi trabajo en media hora y en un solo vehículo, o trabajo desde mi casa. Brecha insalvable.

Pese a las desigualdades sociales que percibo en su vida, la de su familia y sus vecinos, por todas las historias que me cuenta, parece que ella vive tranquila y feliz, a pesar de distintos achaques de salud que prefiere ignorar, para no tener que madrugar desde las 3 o 4 de la mañana para pedir un turno en el puesto de salud y al final, no ser atendida, porque el médico no pudo llegar, como pasó la última vez que lo intentó, porque los médicos tenían Covid. No sabe de derechos, no sabe qué son, ni que los tiene. Por más que yo se lo explico. El único derecho es a trabajar. Cree que su historia de vida obedece a razones meramente familiares y a la mala suerte. No cree que haya podido ser diferente. Yo veo nuestra brecha y siento una suerte de vergüenza social. Veo en ella todos los bloqueos sociales a la educación, a la salud, al trabajo digno, a la movilidad, al descanso. Nunca ha tenido vacaciones, ni tomado un avión, ni conocido el mar. Tampoco un viaje largo en bus. No tiene idea qué significa Bogotá, ni un museo, nunca ha ido a cine, ni a teatro, ni a un concierto. Su vida ha sido trabajar, criar, tomar una cerveza con los vecinos el fin de semana y volver a trabajar para pagar las cuentas. En un ciclo viciado que al parecer no tiene escapatoria. Son estos bloqueos invisibles los que nos tienen en paro. El paro no generó la crisis, la crisis generó el paro.

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