¿Cali, una sociedad de castas?

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Por Lida Tascón

La minga indígena, compuesta en gran parte por integrantes del pueblo Nasa, llegó a Cali para apoyar a los y las manifestantes en el Paro Nacional que ya completa quince días. La minga llegó a Cali para apoyar a las y los jóvenes que están siendo atacados y asesinados frente a las cámaras de los celulares, mientras el mundo entero observa la barbarie. Ante el uso desmedido de la fuerza pública, que le da tratamiento de guerra a la protesta social, su intención -dijo una las autoridades de la minga- era acompañar a los jóvenes para mediar pacíficamente y mininizar las muertes.

El pueblo Nasa son personas pacíficas, a pesar de eso, en el primer trimestre de 2021 -según Indepaz- han sido asesinados 12 líderes y lideresas indígenas en todo el territorio colombiano. La minga vino a enseñarnos a resistir desde la No violencia, como lo han hecho durante mucho tiempo para defender la vida, los territorios y la dignidad. Saben que enfrentarse pacíficamente es la mejor manera de desarmar al opresor. Sin embargo, para algunas personas de Cali (que son minoría), las y los indígenas no son bienvenidos y fueron atacados con armas de fuego desde camionetas de ultimo modelo, el pasado 9 de mayo en la zona sur de Cali, una de las zonas más ricas de la ciudad, resultando 12 personas heridas, entre ellas Daniela Soto Pito, quien se encuentra hospitalizada, en el momento en que escribo este texto, luchando por su vida.

Sus atacantes usaban camisetas blancas, ¿qué querían decir?, que ellos son blancos, superiores, “personas de bien”, ¿quiénes son las personas de mal, entonces?, quizás ¿las y los no blancos, indígenas, afrodescendientes, mestizos, el resto de la población empobrecida de Cali que está protestando por los mínimos vitales para una vida digna?

Hay un miedo y un desprecio por parte de una sociedad que se cree blanca y descendiente directa de Sebastián de Belalcazar (este “ilustre español” sentenciado a muerte por la Corona Española por asesinato). Es la expresión de un racismo estructural que heredamos desde los tiempos coloniales donde la sociedad era dividida en grupos socio-raciales o “castas”. Para el reconocido historiador Jaime Jaramillo Uribe, las “castas” era forma de designar grupos socio-raciales mestizos, mulatos, pardos y negros, pero no indígenas o blancos [1]. Esto no significaba que no existiera discriminación hacia los indígenas. Para el español, los indígenas, negros o mestizos tenían una naturaleza inferior, por lo que debían mantenerse medidas discriminatorias para garantizar el orden y la estabilidad colonial.

La formación de las relaciones sociales basada en la idea de raza no existía antes de la invención de América como espacio geosocial. Según Aníbal Quijano, Europa como nueva identidad se crea a partir de América y la idea de raza fue la forma de legitimar y naturalizar las relaciones de dominación coloniales entre europeos y no-europeos [2].

Esta idea de segregación racial y de clase persiste hoy día para muchos sectores de la sociedad, por supuesto con algunos matices. Bajo esta lógica, las y los indígenas son tratados como extraños, intrusos e inferiores. “Que se devuelvan a sus territorios” dijeron algunos gobernantes y periodistas, como si los indígenas no fueran colombianos y colombianas con el derecho a transitar por el territorio sin tener que pedir permiso. Los indígenas son los “bárbaros” – según algunos- , los de las camisetas blancas, son los “civilizados”, aunque éstos últimos son los que atacan con ferocidad. La Constitución Política de Colombia dice en el artículo 7 que: “El Estado reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la Nación colombiana”, pero esto en la práctica se desconoce.

Dejemos de decir que somos “ciudadanos y ciudadanas de bien”, que “los buenos somos más”, esa narrativa es profundamente racista y clasista, exacerba el odio, nos separa, nos jerarquiza, y desencadena hechos lamentables como lo ocurrido en el sur de Cali. Descolonicemos el pensamiento y los corazones, escojamos a la madre indígena y no al padre colonizador y violador, dice Rita Segato, es la forma de reconocer quienes somos realmente.

Estamos en un momento que necesitamos escucharnos, aceptar que somos diferentes pero no desiguales, debemos aceptar que somos diversos y diversas y eso no nos niega el derecho a existir o a ser humanos y humanas. Cuando realmente entendamos esto, cuando entendamos que debemos tratar a los y las otras como queremos ser tratados, y que solo el camino del diálogo y la concertación es la salida, habrá esperanza para Cali y para Colombia. Que el racismo no te nuble la empatía.

 

[1] Jaramillo Uribe Jaime. “Mestizaje y diferenciación social en el Nuevo Reino de Granada en la segunda mitad del siglo XVIII”. Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura. Vol. 2, No. 3, 1965, p. 21-48.

¨[2] Quijano Aníbal. “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”. En:  Cuestiones y horizontes: de la dependencia histórico-estructural a la colonialidad/descolonialidad del poder. Buenos Aires: CLACSO, 2014.

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