Carta a los Hijos en el Día del Padre

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Por: Marco Antonio Valencia Calle

valenciacalle@yahoo.com

Un padre es como una gallina de huevos de oro, a la que provoca partirle el pescuezo para que deje de cacaraquear y entregue los tesoros que encierra de una buena vez y para siempre. Un coleccionista de miedos con los que envenena a sus hijos en dosis imperceptibles sin darse cuenta y sin querer. Un señor de contradicciones amargas que a veces por la mañana enseña a sus hijos lo que no deben hacer, y por la noche se ufana de cómo hizo lo que le prohibió a sus hijos. Un alma espantada por todas las miserias y angustias del mundo, que a toda costa quisiera evitar que lleguen a la puerta de su casa y lastimen a sus hijos. Un ser amoroso que puede convertir la fuerza de su amor en señalamientos, regaños y palabras altisonantes como lo hace un ogro con el peor de sus enemigos.

Un hombre no sabe de hombría hasta el día enfrenta y asume su destino de padre. Tener en las manos a una criaturita indefensa con la responsabilidad de alimentar, proteger y conducir por la vida, es un compromiso que requiere de una valentía y una fuerza moral más allá de la que tienen los héroes, y nos llena el corazón de una dignidad inconmensurable, a pesar de traer con ello todas las angustias del universo.

Un hombre no sabe de afrentas y agravios de verdad, hasta el día que su hijo le planta cara para reclamarle por lo que hizo, o dejó de hacer por la vida de su hijo; porque a veces los hijos lo quieren todo del padre: desde su espíritu hasta su riqueza, desde su risa hasta su tiempo, y no pueden entender esos pequeños sacrificios descomunales que se padece en el día a día para ser, y poder ser padre. Sacrificios invisibles e inmateriales las más de las veces.

Un padre no será nunca una madre: son dos cosas distintas frente a un amor verdadero. El amor de un padre tiene las costuras y la fórmula diferente a las de una madre y no se pueden comparar ni al revés ni al derecho. A veces como hombres, tan solo alimentamos a nuestras criaturas con intangibles, pero tan necesarios para vivir como la leche materna en la niñez: carácter, fuerza de voluntad y cierta forma de mirar y hacer las cosas, que ninguna otra persona podría enseñar de la misma manera, ni en ningún otro lugar se pueden aprender como se aprenden con un padre.

Tener un hijo nos llena de horror porque sabemos que a partir de ese momento la vida hay que vivirla en función del hijo. Y se hacen todas las maromas para ser buen padre pero siempre faltará una vuelta de trapecio para lograr darle a un hijo todo lo necesario en la vida, o la carpa del circo será pequeña a pesar de que en ella estén todas las risas y los leones bien domados. Nunca, pero nunca lo que le demos a un hijo será suficiente; siempre faltará más, y queremos darle más, o simplemente ellos pedirán más y más.

No cometemos errores en la vida y con los hijos por estúpidos, sino por ignorantes. A veces no sabemos decir o hacer cosas tan básicas o sencillas en favor de nuestros hijos porque nadie nos ha enseñado a ser padres, y creemos que como seres humanos venimos dotados por naturaleza para procrear y educar hijos, y no, no es así. Y aunque parezca que no, los hijos deben entender que siempre como hombres y como padres intentamos hacer lo mejor, queremos hacer lo mejor, hacemos lo mejor.

Los padres como seres humanos estamos llenos de defectos y no todo lo que hemos hecho en la vida nos llena de orgullo, y mucho de lo que hay en nuestras historias personales ha sido difícil y nos llena de tristeza los recuerdos; y a veces, por todas esas vivencias y experiencias, somos como somos, decimos lo que decimos, actuamos como actuamos. Y sé que es mucho pedir, pero sería bueno no ser juzgados ni señalados por nuestros hijos, los seres que más amamos, las personas que más nos importan.

Feliz día del padre a todos nuestros lectores.

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