Catarsis

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Por Camilo Granada

El diccionario de la real academia de la lengua española define catarsis como el “efecto purificador y liberador que causa la tragedia en los espectadores suscitando la compasión, el horror y otras emociones”. Muchos académicos, filósofos y analistas sugirieron que la pandemia del Covid-19 generaría esa reacción, y que esto permitiría un replanteamiento de fondo sobre los valores, el modo de producción y de consumo de las sociedades. Esa perspectiva optimista pareciera no haberse cumplido. En Colombia, las movilizaciones populares que hemos vivido en el último mes se han sumado a ese campanazo de alerta sobre la necesidad de repensarnos y cambiar el rumbo.

Se ha repetido hasta la saciedad que la pandemia nos hizo perder más de una década de avances sociales y económicos. También ha quedado patente la forma cómo esta crisis puso al desnudo nuestros pecados estructurales como sociedad. La pobreza, la desigualdad, la falta de oportunidades y la precaria condición de supervivencia de millones de personas en nuestro país dejaron de ser una estadística o el resultado de algún estudio para convertirse en una realidad palpable que nos golpea todos los días, en cualquier esquina de cualquier ciudad.

Pero este baldado de agua helada pareciera no haber sido suficiente para hacernos reaccionar como sociedad. Independientemente de si hemos salido a marchar o no, rechazando el recurso a la violencia, los bloqueos prolongados que impiden la movilidad, la protesta social y la tensión que vivimos actualmente deberían hacernos reaccionar. Esa movilización es un grito de ¡Ya basta! Por parte de sectores enteros de la población que han sido excluidos por generaciones y que sienten que nadie los escucha ni los toma en cuenta, y que las soluciones que la sociedad les está ofreciendo no alcanzan. No podemos taparnos los oídos ni los ojos. No podemos seguir siendo meros espectadores del drama y las dificultades que enfrentan millones de personas y que claman –con razón—por un cambio real que les dé una oportunidad de salir adelante, y de vivir dignamente.

Los colombianos hemos demostrado en el pasado que somos capaces de ser solidarios y generosos frente a las tragedias naturales. Ante avalanchas, inundaciones o terremotos, la ciudadanía ha respondido, se ha movilizado y ha aportado recursos, trabajo, esfuerzo para apoyar a aquellos más afectados. Pero frente a la realidad social de injusticia, desigualdad y miseria que presenciamos cotidianamente, la toma de conciencia ha sido más lenta y más limitada. Hemos normalizado el sufrimiento cotidiano y parecemos solo conmovernos con aquél que es fortuito.

Son dignos de reconocimiento las declaraciones –sinceras y emotivas—que recientemente han hecho líderes como la alcaldesa de Bogotá Claudia López o el concejal de esa misma ciudad, Carlos Fernando Galán. Desde orillas políticas distintas y experiencias de vida diferentes, ambos han reconocido que como políticos deben escuchar más y responder de manera más eficaz y contundente a las demandas ciudadanas. Es un gran primer paso. Es una prueba, no solo de liderazgo sino sobre todo de humanidad. La humildad para reconocer los errores y la empatía para reconocer las dificultades que enfrentan los demás es el primer paso para cambiar una situación dolorosa, inaceptable y que tiene raíces estructurales, además de las coyunturales, en nuestro país.

Ese primer paso valioso no puede quedarse ahí. No puede limitarse a unos pocos dirigentes. Tiene que ser general, en la clase política, que durante décadas ha usado la esperanza de los desposeídos para mantener su poder personal; en la clase empresarial que tiene que salir de su discurso de “creamos empleos” como bandera de su ciudadanía corporativa. Justo es también reconocer que frente a la reforma tributaria, los gremios y asociaciones empresariales han manifestado su disposición a renunciar a los excesivos descuentos otorgados en 2019 y pagar más impuestos. Pero hay que ir más allá. Tiene que surgir de todos los ciudadanos. En particular de todos los que hemos tenido la suerte y el privilegio de no sufrir los rigores de la pobreza, el desempleo o la desesperanza.

Ojalá no decidamos buscar la calentura en las sábanas, porque la solución no está en elegir un nuevo populismo. Tampoco en cambiar la constitución. La que tenemos, democrática y participativa, demuestra que el papel lo aguanta todo si no hay un cambio honesto y sincero en la consciencia –individual y colectiva—y en la actitud de todos los miembros de este dispar y rico grupo de cincuenta millones de personas. Que la crisis actual, que nos muestra la dura realidad y las contradicciones de nuestro sistema, nos sirva a todos para hacer una urgente y necesaria catarsis. Y con ella, podamos construir un país donde quepamos todos y valgamos todos.

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