¿Con el sol a sus espaldas?

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Por Nicolás Orejuela Director de la Unidad de Acción Vallecaucaa

Se acerca otro 7 de agosto, un aniversario más de la batalla del Puente de Boyacá, que por el año de 1819 selló la independencia del país. Esta vez la fecha, como casi todos los años bisiestos, trae consigo algo más que reminiscencias de un pasado lejano.

La opinión pública del 2012 en este onomástico se concentra en el hecho de que nuestro Presidente llega a la mitad del tiempo correspondiente a su mandato. Lo que comúnmente se llamaba “comenzar a caminar con el sol a sus espaldas”. Y hablo en pasado, toda vez que con la posibilidad de reelección inmediata, más bien se trata del inicio de una campaña electoral para el candidato-presidente, que le permitirá convertir la mitad de su periodo en apenas un “cuarto del este”.

Pues bien, ¿cómo recibe esta celebración patria al actual inquilino de la Casa de Nariño? Según la tradicional encuesta, la popularidad presidencial ha declinado durante el último año. Hecho aún más significativo si consideramos que a mediados del 2011 su notoriedad no solo era mayor que hoy, sino que era definitivamente muy alta.

¿Qué podemos deducir de estas cifras? ¿Corresponden a la realidad? ¿Es en verdad mucho menos fuerte la aceptación que encuentra el Presidente entre los colombianos? ¿Es en realidad deficiente su obra de gobierno durante los últimos doce meses?

Lo primero que podemos decir es que las encuestas han sido bien recibidas y hasta utilizadas por ciertos sectores de la sociedad que se han convertido en detractores habituales del mandatario. En muchos casos se trata de los mismos que bajo anteriores mandatos promovían el apoyo y la adhesión incondicional y sin crítica para el gobierno de ese momento y para quien lo iba suceder. Se olvidan de que los problemas de Colombia no son coyunturales, sino estructurales. Algunos se quejan del estado de la seguridad y de la economía en el presente.

Pero hay que decir que el actual mandatario no recibió, ni mucho menos, un país en paz y próspero como algunos quieren hacer creer. Violencia y pobreza son algo endémico en nuestra sociedad. Gran parte de nuestra historia ha sido así, y las anteriores administraciones han denotado avances significativos pero no lo han resuelto.

El actual Gobierno avanza en soluciones coyunturales, mediáticas y a corto plazo, por lo menos, la agenda legislativa que promueve así lo denota. Quizás por eso, algunos impacientes no advierten más que las dificultades presentes sin notar posibilidades de mejora en ciernes. Al actual Gobierno le preocupan las encuestas, pero también es cierto que las metas trazadas se encaminan a proyectar un país que genere mejores opciones para las generaciones venideras y con iniciativas de largo alcance y de resultados medibles con el correr del tiempo. Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, la agenda diplomática para restablecer y fortalecer las relaciones de Colombia con el contexto globalizado, la ley de vivienda, la reforma a la salud, entre otras, dan fe de ello.

Hay que decir, además, que los problemas que sufre esta nación le vienen no solo del pasado, sino del exterior. La crisis económica mundial que estalló en el 2008 y que ha afectado gravemente a Europa y EE. UU. tenía que llegar finalmente a nuestro país. Lo sorprendente es que los efectos no hayan sido aún más calamitosos, apelando entonces al pragmatismo del gobierno central.

Es obvio que el Gobierno deberá mejorar todavía en muchos aspectos y deberá fortalecerse del golpe generado por el nefasto proyecto de reforma a la justicia. Es claro que se podrán efectuar cambios importantes en cuanto al gabinete. Pero lo relevante es que la opinión pública nacional no debe perder el rumbo ni las metas.

No debemos confundir encuestas y popularidad con democracia. Ni mucho menos confundir las encuestas con la realidad. Un sondeo hace mil años hubiera dicho que la tierra era plana. Quiero creer que este gobierno no le apuesta a las nuevas elecciones, sino a las nuevas generaciones.  

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