Contra la corrupción

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César López
César López

Por César López

Director de la Revista El Clavo

@cesarlopez_

En una noche de jueves, de ideas y diálogo intergeneracional, buscando pulir la piedra bruta –haciendo la analogía con el trabajo personal que debemos hacer para ser mejores–, llegó una vez más la preocupación  por encontrar respuestas a las causas que originan muchos de los problemas que padece nuestra sociedad. Pero esta vez creímos que habíamos encontrado el punto: la corrupción. Y llegamos ahí después de dar muchas vueltas, de darnos una pasadita por otros tópicos que marcan la ruta del sobrediagnosticado problema: la gran desigualdad que se vive, la desinformación que generan los medios en su búsqueda de entretener y distraer, la falta de oportunidades, entre otros.

Afortunadamente de tanto cuestionarnos sobre el mismo interrogante, hemos logrado avanzar y evitar caer en la trampa de personificar a unos “culpables” como responsables de los males que padece nuestra región, incluida la corrupción. En parte, porque ya sabemos que la situación no es tan fácil como pensar que la solución de nuestros problemas consiste en eliminar a un grupo armado.

Entonces, los trabajos del jueves fueron cobrando vigor al querer llegar esa noche a un punto más alto que el de las típicas conversaciones, con cerveza en mano, sobre arreglar el país y, por qué no, el mundo. Fue así como varios de los contertulios decidieron ahondar en el tema, y para el siguiente jueves se presentó un escrito que ordenaba las ideas planteadas anteriormente, es decir, un trazado tipo acta de lo conversado para no devolvernos en la discusión y así ganar tiempo.

Con dicho escrito se logró avanzar gracias a una consulta basada en cifras que, más allá de su fuente, mostraba que el tema de la corrupción en Colombia no solo causa la muerte de personas en los hospitales y desaparece dineros públicos, sino que también es una de las más altas del continente y está repercutiendo en temas relacionados con la competitividad del país, porque somos una de las naciones en donde la ‘tajada’ es más alta y, por lo tanto, genera más sobrecostos que en otros lugares. En últimas, el problema de la corrupción también nos está atrasando en materia de competitividad con respecto a los otros países de la región.

Después de tal intervención, comentamos una vez más que el flagelo de la corrupción tenía que desaparecer y que debíamos negarnos la posibilidad de acostumbrarnos a convivir con él y mucho menos aceptarlo como “normal”.

La corrupción es vista como el punto máximo de la degradación de nuestro comportamiento humano y como un camino equivocado en la búsqueda de adaptarnos a las lógicas de este mundo. Pero, entonces, la alternativa para sobrevivir no puede estar alimentada por un comportamiento que destruye la verdad y los valores, alimentando una detestable cultura del atajo. Puede ser que Miguel Nule tenga razón en decir que “la corrupción es inherente a la naturaleza humana”, porque ese es su mundo y el mundo que le enseñaron sus padres, maestros, amigos y familiares. Pero lo que sentimos todos los del grupo del jueves es que nosotros nos distanciamos mucho de su mundo al considerar la opción de escoger y orientar nuestros actos hacia la búsqueda de crecimiento, excelencia y, por qué no, evolución, al querer erradicar la corrupción de nuestros actos.

Queremos destacar que tampoco se trata de aceptar y conformarnos al lograr un comportamiento menos corrupto, porque eso es como si dijéramos que al ser menos malos estamos siendo buenos. Entonces, ahí es cuando resulta más que equivocada la propuesta de Turbay Ayala durante su gobierno: “Tenemos que reducir la corrupción a sus justas proporciones”.

En ese sentido, finalmente la apuesta que hacemos es por saber que existe la corrupción, pero no por aceptarla como normal; por recuperar la dignidad y rechazar todo comportamiento corrupto y a quienes lo son y lo promueven. Dichas personas deben sentir todo nuestro repudio, y no debemos dar el brazo a torcer al buscar evitar y apartar la corrupción de nuestro entorno.

Y así fue, pues, como concluimos los trabajos esa noche de jueves, con el compromiso de modificar nuestro comportamiento para transformar nuestro entorno y para que con nuestro ejemplo sirvamos de referencia y mostremos que no todos somos corruptos. Tal vez la respuesta de cambio está en lo simple, también en seguir y cumplir las normas, los acuerdos; en hacer la fila, en respetar el semáforo, los recursos públicos; y en pensar que el bien general prima sobre el particular. De esta manera podremos disminuir y eliminar la cultura de la corrupción en la que vivimos. Y cambiando nuestro comportamiento, busquemos una sociedad que más adelante pueda vivir en paz, orden y armonía.

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