De individualismos y otras confusiones

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Por Katherine Esponda Contreras

Podemos establecer con meridiana claridad, y sin temor a equivocarnos, que nuestras relaciones de convivencia están fracturadas. Y creo que la razón detrás de este asunto es que confundimos la libertad de agencia con el individualismo. Lo hemos visto en niveles interpersonales, sociales, a pequeña y gran escala. Lo seguimos viendo aún cuando se afirmaba de manera esperanzadora que aprenderíamos lecciones de una pandemia para trazar acciones y proyectos de vida que permitieran el sostenimiento de la especie. Sin embargo, el balance es incluso mucho más lejano de ese ideal, y encontramos en la cotidianidad ejemplos que muestran actitudes negativas que socavan las relaciones humanas. El modelo económico neoliberal configura las dinámicas propias de una sociedad capitalista en la cual el intercambio y el beneficio es transversal a cualquier tipo de relación, incluso, aquellas no económicas. En este modelo social y político, el principio base de las relaciones es el individualismo, un principio que nos dispone éticamente para vulnerar las relaciones sociales al hacernos incapaces de establecer vínculos de manera genuina.

 

La pregunta de trasfondo que generalmente me hago en esta reflexión es ¿por qué? Encuentro esta vez tres razones que nos podrían orientar: primero, las desigualdades existentes en bienes y recursos entre las personas evidencian también las diferentes oportunidades que unas y otros tenemos. La inequidad se convierte en la norma pues los orígenes de la organización social y política que nos define hoy en día se construyeron sobre la barbarie, la explotación y la injusticia, ya que parece que existe el deseo en los seres humanos por ejercer fuerzas de poder frente a otros seres humanos en las distintas relaciones que se gestan a nivel social. Dadas estas condiciones, la vida se nos convierte en supervivencia.

 

Segundo, el consumismo -extremo en la mayoría de los casos-, razón por la cual el valor de la vida del ser humano en términos de dignidad se mide en virtud de lo que éste tiene y no de lo que es. Esta ‘fiebre consumista’ promueve actitudes privativas, egoístas e individuales, además de que las personas se despreocupan de los intereses de los demás, generando con ello un completo distanciamiento del compromiso que debe asumir todo ciudadano frente al bienestar común.

 

Y, tercero, los polizones de la vida social, aquellas personas que actúan según les apetece, sin comprometerse de ningún modo con alguna causa que contribuya al bienestar social y colectivo, aunque sin desaprovechar oportunidad para obtener beneficios en cualquier situación. Este tipo de actitudes menoscaban el tejido social por cuanto son egoístas y oportunistas, y ciertamente mucho menos solidarias con las carencias y necesidades de las demás personas. Lo que resulta complicado de esta situación es que este tipo de actitudes generalmente son admiradas por su capacidad de burlar la norma. Por eso creo que en una sociedad donde la gran mayoría de las personas procuran beneficiarse egoístamente y, en muchas ocasiones, sin pensar en el bienestar de los demás, es muy difícil generar actitudes de cambio y transformación social. Ciertamente, la experiencia nos lo confirma: por más que queramos cumplir con las normas, cuando las personas procuran beneficiarse particularmente, sin pensar en los demás es más que complicado que la sigamos. Es muy difícil preocuparse por los demás en el sentido del bien común, cuando vemos situaciones en las que los demás no se preocupan sino por ellos mismos en exclusividad, muchos menos en la construcción de eso denominado bienestar común.

 

 

En este orden de ideas reafirmo lo que señalé al inicio de esta breve reflexión: creo que existe una confusión amplia entre libertad (en el sentido plano de agencia y toma de decisiones) e individualismo. Y este individualismo viene dado desde una particular manera de ordenar el mundo globalmente, respondiendo a intereses económicos y políticos de algunos privilegiados que ejercen poder sobre otros menos. En tanto vivimos en una colectividad, es necesario reconocer que nuestras acciones implican a los demás miembros de la sociedad a la que pertenecemos. Por tal motivo, actuar libremente no significa hacer lo que una quiera, sino actuar responsablemente contribuyendo con los propios actos a la felicidad particular tanto como a la colectiva. Se confunde usualmente, entre el ser libre y el ser abstraídamente individualista. Sin embargo, a mi parecer, la libertad implica el compromiso y la responsabilidad por los actos y las decisiones llevadas a cabo autónomamente, por lo cual, acciones individualistas no tendrían cabida en la constitución de una sociedad justa.

 

 

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