De la gallada a la primera línea

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Por Elizabeth Gómez Etayo

Este fue el nombre de la ponencia presentada el pasado viernes 4 de junio en el relanzamiento de la Cátedra de paz de la Universidad Autónoma de Occidente -espacio pertinente y necesario que todas las Universidades públicas y privadas, deberíamos estar realizando en estos días tan aciagos-. Durante esta cátedra hicimos una caracterización del conflicto social y armado que ha vivido nuestro país en su historia contemporánea y que, de manera particular, se expresa en el actual Paro Nacional, teniendo como protagonistas a jóvenes empobrecidos de las principales ciudades del país, de ahí el nombre de mi columna.

Galladas era el nombre con el que se reconocía a las agrupaciones de jóvenes en los barrios populares de Cali, que se aposentaban en las esquinas para conversar, molestar y planear alguna pilatuna; también para jugar futbol en las calles del barrio, en una época donde las unidades residenciales eran escasas. Estos jóvenes de gallada de los años 70 eran los hijos de una ciudad formada a fuerza de desplazamientos, desde sus orígenes hasta nuestros días. Eran tiempos de pujanza, pese a las desigualdades sociales que siempre han acompañado nuestra historia nacional.

En el año 1986 el sociólogo Rodrigo Parra Sandoval exhibe su libro “Ausencia de futuro. La juventud colombiana”, advirtiendo lo que les esperaba a los jóvenes en un mundo donde el bloque socialista estaba a punto de caerse, dando paso a la imposición de un modelo político y económico conocido como neoliberal, que básicamente propone la reducción del Estado y la imposición del Mercado como regulador de la vida social y, como no, la llegada de internet. Todos interconectados. La globalización de la pobreza.

En 1989 el cineasta colombiano Víctor Gaviria estrena la película “Rodrigo D. No futuro”, donde caracteriza la cotidianidad de los jóvenes en las barriadas populares de Medellín; “cómo me calmo yo, todo rechazo, ya no consigo satisfacción. Ya ni con droga, ni con alcohol, ya no consigo ninguna reacción” cantaba eufórico Ramiro Meneses, actor natural y único sobreviviente de esa experiencia cinematográfica, que logró posicionarse posteriormente como actor de la televisión colombiana. Parece que Víctor Gaviria se hubiera inspirado en Rodrigo Parra Sandoval para recrear en el cine esa realidad ya descrita en letras sociológicas.

Ambos, sociólogo y cineasta, estaban recreando al despuntar de la década de los 90 que el expresidente César Gaviria bautizó con su lema de campaña: “Bienvenidos al futuro”, pues bien, estamos en el futuro prometido de César Gaviria. Este 2021 es el futuro de la “apertura económica” que inauguró César Gaviria y fueron profundizando sin cortapisa los presidentes sucedáneos. Nadie dijo que el futuro prometido de Gaviria iba a ser mejor. “Bienvenidos al futuro” era la advertencia de la llamada globalización neoliberal, la profundización de las desigualdades sociales, la desaparición de los derechos para dar paso a los servicios, por los cuales se paga. De modo que salud y educación están garantizadas en un modelo neoliberal para quien pueda pagar por ellos.

A este escenario de modelo económico debe agregarse, la presencia de disímiles grupos armados legales e ilegales que pululan en el campo colombiano desde los años 60 y que se profundizaron en las décadas siguientes hasta nuestros días, pese a los distintos esfuerzos de negociación entre las partes, pero que finalmente no logra concretarse porque los orígenes de la guerra, es decir, la concentración de tierras en pocas manos, sigue sin resolverse.  Nunca hubo en Colombia una reforma agraria que le titulara la tierra para los campesinos, en lugar de ello, les quitaron lo poco y nada que tenían obligándolos a desplazarse a las principales ciudades colombianas, engrosando los cinturones de miseria.

Los jóvenes de la llamada “Primera línea”, son los hijos de esa población desplazada a comienzos del siglo XXI. Cali ha sido la ciudad del suroccidente colombiano que más ha recibido población desplazada especialmente de la Costa Pacífica, que por lazos afectivos y familiares se asientan en el populoso sector conocido como el Distrito de Aguablanca y las laderas de la ciudad. Si se analizan todos los puntos de resistencia en Cali el común denominador es la pobreza, la desigualdad, la inequidad. Están literalmente al margen de la ciudad, en los extramuros. Es verdad cuando los jóvenes dicen que les han quitado tanto que les quitaron hasta el miedo. No tienen nada. Todos se los han quitado. A sus familias les obligaron a desplazarse abandonado sus tierras, en la ciudad no tienen garantizado nada, ni techo, ni salud, ni educación. Por eso salir a las calles su única alternativa.

Ya no sabemos cómo más decirlo. Este estallido social es un problema social, no criminal. Por tanto, las soluciones de fuerza nunca serán exitosas. Podrán reprimir y seguir combatiendo militarmente un problema social y no lo va resolver el gobierno nacional de esa manera, no hasta que se comprendan las razones profundas que lo han generado y se establezca una ruta clara para transformarlas.

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