Digna rabia

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Por Katherine Esponda

Nos enseñaron a repudiar la reacción que existe frente a una injusticia y no la causa de esa reacción, la injusticia misma. En lo público, en lo privado, en lo político, en lo social. En una discusión personal se juzga como drama y recibe más atención que la herida moral que causa la discusión. En la manifestación pública, la excepción vandálica es cubierta por los medios oficialistas mucho más que las manifestaciones pacíficas y legítimas de un pueblo que poco a poco, quisiera creer, va emergiendo de su letargo. Lo complicado de este asunto es que hay una violencias que parecen legítimas y otras no.

Esta semana Cali ha venido emergiendo de un letargo. Una gran parte de la población se ha movilizado, bien sea en las grandes concentraciones de la ciudad, bien sea en la cercanía de sus territorios vecinos. Se han resignificado lugares de la ciudad que, a través del lenguaje, adquieren una existencia ontológica mucho más allá de la simbólica: Puerto resistencia y Loma de la dignidad son los ejemplos de los que todas las personas hablan. Se han consolidado redes en las comunidades para salir y cacerolear de manera sincrónica dentro de los mismos barrios. Esto llama positivamente la atención porque le quita peso a la carga negativa de las movilizaciones estudiantiles tradicionales, y nos pone sobre la mesa la causa misma de la reacción. No, no son unos cuántos vándalos que no tienen nada más que hacer que ir a bloquear la calle; No, no son unos terroristas que actúan por fuerzas extrañas de ideología política. No. Somos una ciudadanía que empieza a entender que la movilización social, la conciencia política y el reclamo de nuestros derechos es la razón de ser de un Estado social de derecho.

Y eso no gusta. “No son las formas” nos dicen. No son las formas de reclamar, no son las formas de protestar. Y nos lo dicen desde una posición privilegiada. Pero entonces, ¿cómo manifiesto mi desacuerdo cuando no me escuchan? ¿Cómo reclamo un trato digno cuando no atienden mi llamado? ¿Cómo pido justicia si mi causa no la consideran legítima? ¿Cómo no reaccionar frente a la represión estatal? ¿Cómo no sentir eso que llamo una digna rabia? Esa rabia que emerge frente a un sentido de la injusticia, de la inequidad. Esa rabia que emerge cuando caemos en cuenta de que no nos merecemos esto.

En el marco de la movilización social también hay cosas que me preocupan: me pregunto con gran preocupación cuál es la responsabilidad de los medios de comunicación. Si bien, parece una pregunta ingenua, para mi es absolutamente necesario decirlo y seguirlo repitiendo. Su tarea cada vez es más clara: deslegitimar la protesta, generalizar la percepción negativa y mantener el letargo. Y entonces hablan de los saqueos y las fachadas dañadas, de la estatua de un violador asesino caído, de los vidrios rotos del banco. Pero no hablan de la mujer abusada y violentada sexualmente a manos del ESMAD en Sameco, del corte de energía en Terrón colorado la noche del viernes y la incursión de agentes para-militares disparando. No mencionan los asesinados del oriente de Cali, las personas desaparecidas desde el 28 de abril. No reconocen la extralimitación de la fuerza, el uso de la violencia, los coliseos como centros improvisados de reclusión. ¿Estas formas sí?

Esta violencia que es la legal, pero lejos de ser la legítima, se justifica como aleccionadora: “Ojalá le pasen por encima esa tanqueta a alguno de esos, a ver si cogen escarmiento” escuché alguna vez no muy lejana en el marco del paro del 21N. Reconocí en esa expresión la tradicional manera que han tenido los poderosos de este país: deshumanizar el enemigo para que sea más fácil eliminarle. Y esta semana hemos recibido de las mismas fuentes dicha deshumanización. Así se justifica la eliminación; así es que justifican la incursión militar.

Y con más preocupación aún me pregunto por la responsabilidad de las universidades privadas que salieron orgullosas en redes a decir que no paraban, a decir que la institucionalidad había que respetarla per sé. Hablamos constantemente de la formación ciudadana, de las pedagogías activas, del sentido humanista que queremos en nuestros estudiantes. Y son ellas y ellos quienes nos reclaman coherencia, nos piden permiso para ir a marchar, y solicitan la flexibilidad académica.

Estamos frente a un paro que lleva cinco días de movilizaciones permanentes, bloqueos. Llevamos cinco días diciendo claramente que no estamos de acuerdo con una reforma tributaria. La respuesta estatal: asistencia militar en las ciudades. Una respuesta que desconoce absolutamente toda realidad de contexto. Entonces que quede claro: a mí no me usen de excusa para justificar la militarización. No es la ciudadanía la que pide protección, somos la ciudadanía a la que quieren reprimir. Y eso nos deja por fuera de cualquier noción de democracia.

 

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