Discriminación y derechos

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Por Luz Adriana Betancourt
Por Luz Adriana Betancourt

Por Luz Adriana Betancourth

Twitter: @Luzbeta

Las mujeres, los niños, los afrodescendientes y los indígenas,  entre otras poblaciones que siempre han estado en desventaja en un mundo dominado por la fuerza física y sus métodos de subordinación, hoy en día pueden decir que han avanzado en hacer reconocer sus derechos.

Generalmente esa conquista no se logra solo con la lucha de los oprimidos, pues se requiere que haya algún grado de solidaridad de personas que puedan moverse sin esos límites, para sacar adelante una causa.  Algunos judíos que sobrevivieron al holocausto pudieron hacerlo con ayuda de alemanes solidarios, en los siglos de esclavitud de los afrodescendientes, algunos huyeron y otros lucharon con la complicidad de personas de otras etnias, las mujeres hemos obtenido derecho al voto y al estudio con el acompañamiento de algunos hombres que estuvieron dispuestos a abrir o participar en espacios de discusión.

Y así en cada historia de opresión debemos reconocer que la solidaridad de quienes están del lado ventajoso, es una ayuda importante para hacer el puente y pasar todos al lado del reconocimiento de los derechos.

Ahora el turno es para los homosexuales, que reclaman una legislación que les permita casarse con la pareja que elijan para vivir juntos bien sea por amor, por búsqueda de compañía o por pasión. Sin embargo, tenemos una larga tradición religiosa no solo proveniente del cristianismo, porque supongo que el islamismo, el hinduismo, el budismo, el judaísmo y otras expresiones de religiosidad tampoco son tan abiertas a formalizar las uniones entre homosexuales.

Ello no significa que las religiones sean nocivas porque quienes tenemos creencias en un ser superior y nos acogemos a unas guías espirituales de una institución no nos convertimos todos en seres fanáticos que anulan la razón y niegan los derechos de los demás para imponer un punto de vista único.

El fundamento de las principales religiones implica amar al prójimo y hacer el bien; en ese sentido, sería contradictorio negar derechos que otras personas consideran fundamentales, como formar una familia.  Tampoco podemos procurar el bien común pensando que hay que sacrificar a las minorías (si es que fueran minorías los homosexuales; que evidentemente no lo son) para proteger a las mayorías (eso se usa en democracia pero no en espiritualidad).

El tema no es fácil, porque las tradiciones y los prejuicios que hemos ido absorbiendo inconscientemente a lo largo de nuestras vidas nos han llevado a reconocer como natural el amor y el sexo entre hombre y mujer y,  por lo tanto, como antinatural el amor y la pasión entre personas del mismo sexo. Pero esos valores que incorporamos en emociones y mentalmente deben ser revisados en función de nuevos argumentos que nos lleven a pensar y a sentir desde el punto de vista de quienes están siendo afectados por leyes que los excluyen. Por ejemplo, traigamos a la memoria los amigos y familiares gais que hemos conocido a lo largo de nuestras vidas. Tal vez hasta el más homofóbico de los seres humanos ha tenido en su familia un pariente, un amigo o un compañero de trabajo del que sospecha que está encerrado en el closet. ¿Cómo podemos decirles a ellos que somos sus amigos, sus primos, sus sobrinos o sus compañeros, pero al mismo tiempo nos oponemos a su derecho a elegir con quién vivir y formalizar esa unión?

Ellos no son seres malvados ni son inferiores.  Los hemos conocido inteligentes, tiernos, trabajadores, creativos, buenos jefes o buenos amigos, ¿entonces por qué a la hora de reclamar sus derechos, no los apoyamos cuando el Congreso de la República debate del matrimonio igualitario?

Tal vez los chistes con los que se caricaturiza a los gais, o las historias de atracos por parte de travestis, o las escenas de películas sobre la vida sexual homosexual no han sido muy acertados para hacernos una imagen real sobre su vida de pareja. En los últimos años series de televisión como Modern family han empezado a cambiar la representación de las parejas gay como personas dedicadas al trabajo y la familia, en un símil justo con las parejas heterosexuales. Tal vez tardemos años en incorporar en nuestro imaginario un nuevo tipo de familia, pero ahí se va avanzando.

Hay quienes piensan que la vida sería más fácil si todos fuéramos iguales, pero somos diferentes y el reto es ser respetados respetando a los demás. Reconozco que hay temas sobre los que escribo con plena convicción, pero por primera vez me encuentro frente a uno en el que al tipografiar cada letra, tiendo a borrar inmediatamente lo que he escrito para no entrar a justificar el matrimonio entre homosexuales, pues siempre me he considerado conservadora por tradición y tengo los mismos temores de quienes dudan si un niño debe ser formado por dos papás o dos mamás, en lugar de por un padre y una madre.

Pero, a propósito de lo anterior, como me dijo mi hijo cuando tenía unos 13 años: “Es preferible que un niño crezca con dos padres del mismo sexo a que viva abandonado en un instituto sin padre ni madre”. Por otra parte, si hay miedo al abuso sexual, debemos reconocer que muchos menores de edad son abusados en el interior de familias heterosexuales, formalizadas con matrimonios civiles o religiosos. ¿Y los sacerdotes pederastas? Quiero recalcar que tenemos temores quizás infundados y las supuestas seguridades que nos da lo ya establecido tienen tantas fallas, que deberían replantearse.

¿Qué daño nos puede hacer a los heterosexuales que nuestros amigos gais se casen? ¿Y cuánto daño les estamos causando cuando los seguimos marginando de derechos elementales como poder vivir legalmente con la persona a la cual aman? El debate en el Congreso de la República esta semana fue una oportunidad grandiosa para empezar a revisar nuestras creencias y actitudes.

Hoy en día las mujeres vemos como algo natural el derecho a estudiar, a trabajar, a elegir y ser elegidas en cargos públicos importantes, pero hasta 1934 el acceso a la universidad en igualdad de condiciones que los hombres no era posible en Colombia. Jorge Eliécer Gaitán defendió el proyecto en el Congreso de la República, según datos de la red Universia.net.  La historia siempre gira en algún momento, pero para ello se requiere pensar no solo en uno mismo sino en los demás.

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