Ejército partidista

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Gustavo OrozcoPor Gustavo Orozco

El reciente anuncio de que la Asociación Colombiana de Oficiales en Retiro (ACORE) organizará en los próximos días un foro sobre la destitución de Petro es la más nueva evidencia de que algo no anda bien al interior de las barracas.

No es ninguna coincidencia, como lo hacen parecer los militares retirados, que los únicos panelistas invitados sean figuras favorables a la destitución del alcalde. Nada más y nada menos que los dos nuevos ‘Uribitos’ estarán en el centro de este “conversatorio”: el representante uribista Miguel Gómez y el derrotado excandidato presidencial Francisco Santos. Puede que sean militares retirados, pero el peso de los mayores es significativo en el Ejército. Además, por ya no estar en servicio pueden ser más vocales que sus compañeros activos y sus acciones son, por ende, indicaciones para la institución.

La inclinación política de las Fuerzas Militares es peligrosa. Por algo los miembros de las Fuerzas Armadas no tienen derecho al voto. El Ejército es una herramienta de defensa del Estado y de la Constitución, no de algún Gobierno. La presión de Uribe sobre los militares, ambos alineados en la filosofía de la mano dura, podría dar lugar a un cáncer metastásico de alfiles políticos dentro de la institución castrista. Ahora bien, seguramente tan solo una minoría no representa ninguna amenaza importante, pero con la conversación constante de inseguridad jurídica de los militares, de reticencia a una posible disminución del numero de uniformados, y su paso a segundo plano con la firma de la paz, Uribe tendrá terreno fértil para seguir cultivando ese inconformismo.

Aunque estamos lejos del borde de un golpe de Estado, así se dan los que son liderados por las FF. AA., Fuerzas Militares indispuestas a aceptar las transiciones políticas y priorizando sus intereses personales por encima de la supuesta neutralidad institucional.

Con argumentos legítimos, Uribe ciertamente se preocupa por el futuro del país, pero sus acciones a veces resultan contraproducentes. Torear y presionar a los militares para que tomen partido, si así lo está haciendo, es un acto de inmensa irresponsabilidad política y un daño para cualquier democracia, sobre todo para una débil como la nuestra. La entrega de las coordenadas el año pasado, que Uribe no explica más que con afirmaciones vagas sobre ‘un civil,’ muestran que en el Ejercito hay varios de su lado. Además, de confirmarse las sospechas de que el equipo negociador en La Habana fue chuzado, se ratificaría que esta facción políticamente disidente de liderazgo y de fidelidad a Santos tienen una fuerza y un alcance mucho más importante de lo pensado. Sea por satisfacer los intereses de algún opositor del proceso de paz o por adelantarse a lo que se decida ahí, estos militares se estarían metiendo en un territorio peligroso para el país.

Ahora bien, además de tener que lidiar con las posibles disidencias de las Farc, que rechacen el proceso de paz, el Gobierno lidiará a puerta cerrada con las ruedas sueltas de los militares politizados que quieren a un Uribe de vuelta en el poder. No es ningún misterio que el Ejército no es el mayor beneficiario del proceso de paz, pues a largo plazo su tamaño e importancia se tienen que desinflar (a pesar del discurso propacifista que exhiben los generales). Santos debe venderles a los militares el cuento de que el Ejército en la posguerra tendrá un lugar importante por ocupar, y así ciertamente lo será. Pero para los mandos medios, acostumbrados a liderar campanas de guerra y cumplir objetivos, la cosa puede que no parezca tan clara.

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