El cuidado como forma de resistencia

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Por Katherine Esponda Contreras

Es necesario reconocer, dignificar el trabajo que existe detrás de la cara visible de la protesta social. Una vez más, detrás de las primeras líneas, detrás de esas mujeres y hombres valientes que se enfrentan en los puntos de resistencia, existen unas redes de cuidado que fungen como redes de apoyo y sostenimiento. Redes sin las cuales creo yo este Paro Nacional no habría superado la primera semana.

Resistir significa persistir en la idea común, en la lucha colectiva más allá de los intereses individuales. Y es aquí donde encontramos un elemento fundamental dentro de las formas de lucha y resistencia: el cuidado. Entiendo por cuidado la acción de poner atención a algo o alguien, de agitar el pensamiento en conjunto con las demás personas a mi alrededor. Así pues, resistir implica entonces también cuidar a esa otra y ese otro que camina al lado.

El día de hoy quisiera enfatizar sobre el cuidado como apuesta ética, una forma de dignificar a la otra persona desde la dedicación emocional. Y quisiera señalar que estrategias como las ollas comunitarias, las redes de suministros médicos, los voluntariados, las entregas de donaciones y muchas otras más implementadas en el marco del Paro Nacional apuntan a dicha apuesta ética del cuidado. Una apuesta que siendo ética no deja de ser política.

El reconocimiento, en la perspectiva de los teóricos éticos contemporáneos, es la forma adecuada de reciprocidad en el trato que nos debemos unos a otros. Una forma adecuada de tratarnos que se convierte en imperativo moral porque nuestra constitución identitaria y, en consecuencia, nuestras formas de interrelación social descansan en la imagen que logro construir de mi misma a través de la mirada de las demás personas. Reconocernos pasa por la consideración mínima de la otra persona, su dignificación como otredad. La más básica de estas formas de reconocimiento, y que normalmente se desarrolla en los primeros círculos de cuidado, es el amor, la dedicación emocional. Esa forma que tenemos de mostrarle a la otredad y hacerle entender que es un alguien valioso, merecedor de nuestra atención emocional.

Sin embargo, en un sistema como el nuestro, capitalista, altamente consumista y competitivo, se nos ha enseñado lo privativo de dicha dedicación amorosa hacia la otredad. Esto es, las limitaciones que nos ponemos a nosotras mismas en relación a quién incluimos en nuestros círculos de atención y cuidado. Sabemos -la misma teoría ética nos lo enseña- que existen otras formas de reconocimiento para el ámbito colectivo, el respeto moral y la valoración de la diferencia, por ejemplo. Sin embargo, no puedo evitar preguntarme qué pasaría si ampliáramos ese círculo, si extendiéramos nuestras capacidades empáticas más allá de los linderos familiares, consanguíneos, y circunstanciales de beneficio. Creo que la respuesta a esta pregunta la estamos viendo en vivo y en directo en los puntos de resistencia de nuestra ciudad y apenas logramos percibir el gran valor ético y político que tiene.

Podemos hablar de una de las estrategias que mayor impacto ha tenido en muchos de los lugares de resistencia instalados en la ciudad: las ollas comunitarias. Éstas constituyen una estrategia de gran capacidad organizativa, de lucha y resistencia en la que mujeres -en su gran mayoría- se organizan. Constituyen un muy buen ejemplo de organización social que sirve para gestionar el consumo popular, la apropiación territorial, para gestionar prácticas de cuidado y subsistencia.  Las ollas comunitarias instaladas en múltiples lugares de nuestra ciudad reúnen esfuerzos, trabajo y voluntades de los locales para posibilitar la ayuda mutua y, en muchos casos, el principal sustento del día en ciertas zonas de la ciudad.

En las ollas comunes se dignifica la vida, se reconoce la otredad, se dedica emocionalmente la atención a ese otro. Encuentro en este espacio un ejercicio político solo posible desde la disposición ética, una disposición de cuidado. Y es allí donde comprendo que cocinar como ejercicio político permite forjar un camino de resistencia. Cuidarnos unas personas a otras, aunque no nos conozcamos, aunque no sepamos nuestros nombres, aunque nunca volvamos a verlas en nuestra vida, se traduce en esa forma de reconocimiento que hacemos de la dignidad de la otra persona como merecedora de nuestra atención y dedicación emocional. Nos cuidamos de múltiples maneras, persistimos en la lucha común, resistimos, porque el cuidado en últimas es también una forma de resistencia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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