El gobierno roba, la policía mata y la prensa miente

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Por Katherine Esponda Contreras

Todo hecho histórico tiene tantas posibilidades de ser contado, como protagonistas participan del mismo. La Historia como disciplina que estudia y narra los acontecimientos pasados y dignos de memoria es en muchos casos subjetiva. Y es subjetiva porque está contada casi siempre por aquellos que controlan las formas de poder. De ahí la importancia de las memorias: recordar eso que quiere ser silenciado (la prensa miente).  Lo que inició como un legítimo pero puntual reclamo sobre el proyecto de ley de reforma tributaria que cursaba en el congreso, se transformó vertiginosamente en un reclamo colectivo de la ciudadanía que desde diferentes frentes se organizó, vibrante, poderosa, vinculante, activa y sobre todo solidaria, para manifestar un inconformismo y una desazón acumulada de años y años de inequidad, injusticia y desconocimiento (el gobierno roba).

Llevamos 11 días cumplidos de paro nacional en los que han sucedido muchas cosas: de un lado, la gran capacidad de movilización social que nuestros jóvenes han demostrado arrastrando fuerza, valentía, coraje en sus movilizaciones, plantones, puntos de concentración, capacidad de organización y de gestión, pero sobre todo empatía en unos sectores de la sociedad. Por el otro, y de manera reiterativa la deslegitimación de la protesta, el escalamiento de la violencia, y los ataques y asesinatos sistemáticos (la policía mata).

Y a estas tres verdades, le agregamos la desconexión y la tremenda falta de empatía de otro gran sector de la sociedad, aquellos que se sienten ‘secuestrados’ en sus propios apartamentos con todas las comodidades y necesidades básicas satisfechas pero inconformes porque no pueden disfrutar de centros comerciales, paseos de fines de semana, y cenas en goce, mientras un pueblo se muere de hambre y tristeza al otro lado de la avenida.

De acuerdo con el informe presentado anoche por la organización Temblores ONG desde el 28 de abril que inicia este paro hasta el sábado 8 de mayo, 47 personas han sido asesinadas, de las cuales 39 han sido por violencia policial, 35 en nuestra ciudad. Se han presentado 12 casos de violencia sexual dirigida hacía las mujeres, lo que nos muestra una vez más cómo el cuerpo de las mujeres sigue siendo territorio de conquista en un esquema de representaciones patriarcales. Ello sin mencionar las 28 personas heridas en sus ojos y las más de 500 desapariciones.

Y como si todo ello fuese poco grave, nos enfrentamos ahora a las noches de ejecuciones, noches del horror, de la crueldad. Primero, desde tanquetas, tanques y helicópteros, las ejecuciones fueron legalizadas en el imaginario colectivo gracias a los canales de televisión oficiales. Pero después, las noches se convirtieron en el escenario perfecto para la impunidad. Noches en las que sistemáticamente atacan a los manifestantes en la opacidad; embisten con sus camionetas y sus veinticinco mil armas para silenciar el reclamo que resulta inoportuno e incómodo, para ‘liberar’ a los pobres secuestrados del sur y el oeste de Cali. Noches en las que muchas personas nos quedamos en el insomnio colectivo de saber que alguien en cualquier momento puede caer. Vemos repetido el modus operandi: la fuerza policial se retira de las zonas de concentración, y llegan los mercenarios vestidos de civil. Noches en las que reina la crueldad y la humillación.

¿Por qué hablar de humillación? Los actos de crueldad (o sevicia) son formas extremas de exclusión que aniquilan la integridad física y moral de la persona que es víctima del acto. Estos actos tienen como característica esencial que desconocen la humanidad de la persona que tienen en frente y es víctima de la acción cruel. Algunos pueden ser voluntarios, otros involuntarios. Involuntarios, por ejemplo, aquellos que se llevan a cabo por agentes que, por alguna razón ajena a su propia voluntad, desconocen la humanidad de la persona que tienen en frente; se trata de posibles manifestaciones de la locura en las que no se reconoce la humanidad del otro a causa de un sistema de creencias preconcebido, o bien de una patología mental. Sin embargo, en condiciones de normalidad los seres humanos reconocemos sin esfuerzo cuándo tenemos un ser humano en frente. Por el contrario, los actos de crueldad voluntarios tienen lugar cuando el agente deliberadamente desconoce la humanidad de la persona que victimiza; que sea voluntario significa que el agresor, en efecto, sabe que el otro es una persona, sabe de su humanidad, sabe que su acto no se justifica moralmente, y aun así, decide negar la humanidad del otro, vulnerando su existencia, su integridad.

Cuando esta acción cruel es voluntaria, y voluntariamente se desconoce la humanidad de quien recibe la acción, estamos frente a un acto de humillación. La humillación es una forma de exclusión que tiene un carácter voluntario de impartir maltrato y crueldad hacia otro, negando su humanidad con el fin de legitimar la acción.

En estos términos, lo que hemos experimentado en estos últimos días en Cali han sido noches de absoluta crueldad y humillación. Noches en las que unos deliberadamente desconocen la humanidad de otros. Noches en las que unos ponen sus intereses particulares y la justificación de sus acciones por encima de esas otras humanidades, empobrecidas, excluidas, marginadas, humanidades que han salido a señalar de manera conjunta y bien sonora cuán injusta en la realidad, cuán inequitativa es la existencia y cuán doloroso es sobrevivir, porque aquí en Colombia, donde el gobierno roba, la policía mata y la prensa miente, no se vive, se sobrevive.

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