El Paro en Cali: ¿Reclamando el derecho a la ciudad?

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Por Valentina Bradbury

El derecho a la ciudad, explica David Harvey, es mucho más que el acceso democrático a los recursos urbanos, como lo son, por ejemplo, la movilidad, la vivienda o los servicios públicos domiciliarios. Este derecho tiene que ver con una reivindicación más profunda, es la posibilidad de participar colectivamente en el moldeamiento de la ciudad ya que la urbanización ha significado un terreno atractivo para la generación de plusvalía del capital. Sectores de la economía nacional y global empezando por el sector inmobiliario y de la construcción, pasando por el sector financiero ligado a la vivienda, y recientemente el sector turístico y hotelero, por mencionar algunos, se han visto beneficiados de los procesos urbanísticos.

Infortunadamente el desarrollo urbanístico de las ciudades no se ha realizado de manera colectiva y participativa, por el contrario, aquellos que han contribuido a producir la ciudad –los/as obreros/as, las amas de casa, los/as estudiantes, los/as comerciantes, los/as migrantes, etc.- se han visto segregados espacial, social y racialmente, forzados a vivir en periferias y excluidos de la posibilidad de gestionar y aprovechar las riquezas generadas por el proceso urbano. “La calidad de la vida urbana se ha convertido en una mercancía, como la ciudad misma” explica Harvey, y desde esa perspectiva solo unos cuantos tienen el derecho y la posibilidad de consumirla.

Los y las economistas nos explican que nuestro sistema económico ha pasado por distintas transformaciones en las últimas cinco décadas. Desde la crisis del fordismo en los años 70, transitamos de un capitalismo industrial a un capitalismo financiero que viene profundizando no solo la naturaleza especulativa de la economía, sino que también ha adelantado nuevas formas de organización del trabajo a través de una agresiva flexibilización productiva y laboral que ha debilitado las posibilidades de organización social y política de los y las trabajadoras.

Los contratos por horas, la intermitencia o inestabilidad laboral, la baja remuneración, la inexistencia de prestaciones sociales, la multiplicidad de trabajos al tiempo o la imposibilidad de sindicalizarse son algunas de las características de esta nueva clase social denominada “precariado” que ha desplazado al histórico “proletariado”. Parece ser que los centros globales del capitalismo vienen sufriendo desde hace años lo que ya existía en América Latina, una economía desindustrializada y unos/as trabajadores/as heterogéneos que subsisten en la precariedad o en la informalidad.

Recientemente la encuesta del DANE (2021) publicó las cifras de jóvenes entre 14 y 28 años que no están ocupados en el mercado laboral, ni inscritos en un plantel educativo. Para la ciudad de Cali, esta cifra es de 36% para las mujeres y de 19,3% para los hombres. Estos mal llamados “ni-ni”, son jóvenes que se encuentran en una situación social particular pues no tienen un puesto de trabajo y tampoco están estudiando.  No se trata con esto de considerar que todos debemos ser ciudadanos productivos funcionales al mercado, pero sí, que, en contextos de pobreza, exclusión y violencia, esta población puede encontrarse en una situación de mayor vulnerabilidad social.  Adicionalmente, la encuesta de Cifras y Conceptos publicada esta semana, expone que, muy a pesar de los efectos que el paro ha traído, como el desabastecimiento de alimentos y gasolina, la restricción a la movilidad o la afectación a la economía, el 84% de los jóvenes entre 18 y 34 años se sienten representados en él. ¿Será mera coincidencia?

Una de las principales características de los jóvenes que han protagonizado la llamada primera línea es que dicen no sentirse representados/as por las organizaciones sindicales o políticas que conforman el comité del paro, ni por los partidos políticos o líderes que representan la oposición al gobierno nacional. Existe un aparente rechazo a todo lo que se acerque a alguna forma de organización o institucionalidad. De la misma manera, también rechazan los repertorios de acción colectiva más tradicionales, pues se rehúsan a participar de las marchas, abandonar los puntos de bloqueo, o en ocasiones, ser voceros en mesas de negociación con las autoridades políticas. Si en efecto, muchos de estos jóvenes no se encuentran inmersos en escenarios laborales o educativos, ¿Qué significado pueden tener los discursos que movilizan referentes como las luchas obreras, campesinas o estudiantiles? ¿Si el trabajo no es el lugar en donde se expresa la contradicción con el capital, cuál es?

Parece ser que la vida en el territorio, en el barrio y en la ciudad representa tanto el lugar de resistencia como el de exclusión social. Como lo indicamos al inicio, la ciudad es una producción en sí misma, es también el escenario de reproducción social para los y las ciudadanas, y es el espacio material que determina las condiciones sociales de la producción de riquezas. En este sentido, la ciudad es un escenario de disputa y conflicto entre actores e intereses divergentes. Los puntos de concentración parecen así demostrarlo, develando la tensión entre la Cali incluida y la Cali excluida.

 

En una de las principales avenidas de la ciudad, la Simón Bolívar, que históricamente se ha erigido como una muralla entre esas dos ciudades, se concentran buena parte de los puntos de bloqueo, iniciando desde el sur en “Puerto Resistencia”, siguiendo por Calipso, “Puente de las Mil Luchas”, Juanchito, “Paso del Aguante” y llegando hasta Sameco. A lo largo de estos puntos se encuentran las comunas del oriente extendido de la ciudad que son las comunas 16, 12, 13, 14, 15, 21, 7 y 6, respectivamente. Y casi que, formando un anillo perimetral, se ubican en el límite con la ladera de Cali, los puntos de bloqueo de La Portada, Siloé y Meléndez, comunas 1, 20 y 18 respectivamente. La dimensión territorial del Paro Nacional ha puesto de relieve el carácter segregado de la ciudad.

 

No obstante, transitar de ser un punto de bloqueo en el marco de un paro, a reivindicar el derecho a la ciudad, requiere, creo yo, de un largo proceso de organización y formación política, que parece vislumbrarse de manera esperanzadora. Por lo pronto, algunos alertan de la posible instrumentalización del momento actual que agentes encubiertos realizan para perdurar en el poder.

 

 

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