El Paro no para

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Por Valentina Bradbury

El miércoles 28 de abril del presente año inicia el Paro Nacional en Colombia. Tiene un objetivo claro, tumbar la reforma tributaria presentada por el gobierno de Iván Duque. A pesar de las distintas tácticas disuasivas, la convocatoria se mantiene. En la ciudad de Cali, la jornada inicia con la estatua de Sebastián de Belalcázar derribada en una acción  planificada y llevada a cabo por los Misak. Mientras el sol se alzaba en el horizonte, una de las figuras emblemáticas de la conquista española, acusado de terribles asesinatos contra los indígenas, caía. ¿Acto simbólico o premonición?

Los ánimos estaban tensos y en el imaginario reposaba el antecedente de la movilización del 21N. La participación fue masiva y el mensaje contundente. En la capital vallecaucana, los enfrentamientos entre la fuerza pública y los manifestantes, así como los daños a bienes públicos y privados, fueron significativos. Mientras los medios de comunicación exhibían las aterradoras imágenes de los buses del MIO quemándose, yo recordaba las veces en las que me sentí sofocada en la ruta de la P17, no precisamente por algún tipo de combustión, sino por la falta de oxígeno producto del aglutinamiento de personas en el vagón.

A pesar del decreto del toque de queda, los manifestantes continuaron con las movilizaciones y los bloqueos en los distintos puntos de la ciudad. Cali se vestía de fiesta en el día, con la loma de la cruz –hoy loma de la dignidad- como principal escenario acompañado de música, baile y circo; mientras que en las noches, se escuchaban explosiones en el cielo y en las redes abundaban escenas de gritos, sangre y llanto.

El 2 de mayo, 5 días desde el inicio del paro, el presidente pide al Congreso de la República retirar la reforma. Sin embargo, el paro continúa. El 3 de mayo, el ministro de Hacienda, escultor del controvertido proyecto, Alberto Carrasquilla, renuncia, y sin embargo, el paro continúa. Circulan algunos comunicados que exigen el retiro del paquetazo neoliberal, otros enfatizan sobre el proyecto de ley de reforma a la salud, solicitan también la desmilitarización de las ciudades y el enjuiciamiento a los responsables de los muertos y heridos, y otros, llegan incluso hasta pedir la renuncia de Duque.

En el paro participan distintas organizaciones sociales y políticas que históricamente han jugado un papel importante en la vida política colombiana. No obstante, no son los únicos actores en juego y aparentemente, su incidencia en la dirección del movimiento es incierta. Me ha sorprendido el llamado que han hecho los distintos líderes políticos, congresistas y concejales de la oposición, pidiendo a los jóvenes resguardarse durante la noche para proteger su vida y su integridad. Pero ellos, la “primera línea”, se mantienen en los puntos de bloqueo y cada noche deciden enfrentarse a lo desconocido.

¿Quiénes son?  ¿Cómo se organizan? ¿Cuáles son sus reivindicaciones? Y sobre todo, ¿Cuál es su estrategia política?  Con esta pregunta me refiero al sentido y propósito que le asignan a su acción, y el método, la planificación o el cálculo político que deciden adoptar para llegar a ese propósito. En otras palabras, la táctica y la estrategia. Es posible que este lenguaje sea desconocido para algunos que conforman la llamada primera línea. En ese caso, ¿qué se viene?

Desde el retiro de la reforma tributaria y con el pasar de los días, más voces de quienes apoyaban el paro hoy piden que se levante. Los razones que presentan son variadas. Argumentan que la violencia estatal no cesa y la lista de muertos aumenta; que la agudización del conflicto puede conllevar a la adopción de un régimen más autoritario, que los efectos económicos con el mantenimiento del paro están perjudicando a los grupos poblacionales más vulnerables; que la criminalidad urbana se ha aprovechado del vacío institucional generado intimidando y extorsionando a la población; y que la táctica más inteligente  en este momento es ahorrar fuerzas para el 2022. Las preocupaciones no son menores, y se esperaría que no fueran ignoradas por los líderes del paro.

La asamblea que se realizó en Cali con representantes del comité del paro, reconoció que no existe una conducción unificada y propone una mayor articulación política. Pero lo más interesante, es que en los puntos de bloqueos se han auto-gestionado ollas comunitarias, zonas de atención médica y se han realizado asambleas populares y barriales que han tomado determinaciones como las del corredor humanitario permitiendo el ingreso de alimentos para el abastecimiento de galerías, tiendas y supermercados. Por otro lado, el papel de la guardia indígena también merece un análisis detallado que podría tratarse en otro escrito.

Opuesto al extraño concepto evocado por el exsenador Uribe sobre la “revolución molecular disipada”, este movimiento no es  ni el resultado de una conspiración internacional comunista planeada, ni busca acabar con la democracia. Por el contrario, parece que señala la precaria democracia que sufrimos abriendo nuevos escenarios de participación, discusión y decisión para jóvenes que política y socialmente han estado excluidos. Justamente Iván Duque acaba de reconocer que los jóvenes necesitan espacios de participación política y ha introducido la propuesta de la elección de los concejos de juventud. Pero lo que realmente requiere Colombia, podría ser lo que Mouffe y Fraser han expuesto como democracia radical. Esta va más allá de la democracia deliberativa, entendiendo que no solo se trata de reconocer la importancia del disenso y el conflicto como dimensiones imprescindibles de la sociabilidad humana, sino que además plantea una necesaria redistribución de la riqueza que permita interlocutores y ciudadanos/as en condiciones de igualdad.

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