El problema de la representación

0

Por Katherine Esponda

En Cali a las mujeres nos secuestran, nos roban, nos asesinan por el hecho de ser mujeres. No es un problema nuevo; es un problema que apenas empieza a ser visibilizado. No es una campaña publicitaria como sugirió algún medio de comunicación en redes sociales; es una emergencia social que sigue a la orden del día. No es la exageración de unas mujeres resentidas que no saben cómo más llamar la atención; es la experiencia de violencia que tenemos que vivir mujeres diariamente en mayor o menor medida cuando estamos en el espacio público. ¿Por qué? Porque el mundo, este mundo que nos tocó vivir, es un mundo masculinizado, construido por hombres y para los hombres.

El resultado es que, en una cultura dominada históricamente por hombres, tanto la experiencia masculina como la perspectiva masculina se considera universal, mientras que la femenina no deja de ser algo específico, aunque seamos la mitad de la población.

La humanidad se divide -señaló Simone de Beauvoir hace más de 50 años- en dos categorías de individuos: grupos humanos cuyos vestidos, rostro, cuerpo, sonrisa, porte, intereses, ocupaciones son manifiestamente diferentes, y cuyo lugar en el mundo también lo es. Parece una afirmación obvia y, sin embargo, para mi, es una que aún siendo evidente necesita ser recordada. El problema nunca ha sido la diferencia entre estas dos categorías y las existencias humanas que las componemos, sino más bien las implicaciones concretas que históricamente han sido impuestas en uno de los extremos de esas categorías. No sin desconocer el simplismo que existe detrás de la generalización.

Por tal motivo, considero que la pregunta propuesta por la filósofa francesa no resultó ser una pregunta por lo evidente (“¿Qué es ser mujer?”), sino precisamente por lo que no se nos hace evidente, aunque lo tengamos al frente de nuestras narices. Preguntarse qué es ser mujer es preguntarse por la singular situación que ocupamos las mujeres en la humanidad. Y es una cuestión no menor si tenemos en cuenta que este lugar nos ha condicionado por mucho tiempo y, aún sigue condicionándonos, aunque no sea del todo evidente. La particularidad del ser mujer, su singularidad nos es impuesta por la biología. Sin embargo, las consecuencias han sido y siguen siendo en el mundo de la vida real: en Cali (y en muchas otras latitudes de este planeta) a las mujeres nos secuestran, nos roban, nos asesinan por el hecho de ser mujeres. Nos violentan, nos acosan, nos disminuyen, nos infantilizan, nos cosifican, nos invisibilizan.

Estamos, creo yo, frente a un problema de representación, puesto que ocultamos detrás de un uso, supuestamente neutral, el hecho de que éste es un mundo masculinizado. Es necesario tener en consideración académica y también política este eufemismo que se ha creado a partir de las organizaciones sociales modernas que se erigen como democráticas: el problema del androcentrismo quiso ser obviado al incluir dentro de una generalización a las mujeres. El asunto es que no existe tal neutralidad en la generalización.

La denominación de ser humano que se supone incluye a las mujeres esconde una diferencia que existe y que siempre ha existido, cuya jerarquización resultó desventajosa para nosotras. Evidentemente, las mujeres y los hombres somos seres humanos, sin embargo, esta afirmación es abstracta porque la existencia humana es concreta, particular, situada: ser mujer no es lo mismo que ser hombre, tanto como ser Katherine no es ser Camilo, Juan o Mauricio.

Ahora, ¿cuál es el problema de que la perspectiva universal sea la masculina? ¿Por qué ser tan insistentes en nombrar lo específico? Básicamente, a la manera berkeliana, porque si no se piensa (y no se nombra) no existe. Luego, seguiremos ocultas. Considero que es muy importante nombrar lo que existe, aunque no sea la costumbre hacerlo (ya sabemos toda la discusión que se desarrolla frente al uso del lenguaje incluyente). Nombrar lo específico, y no quedarnos solamente con lo genérico, es darnos existencia epistemológica a través del lenguaje.

Luego, el problema es de marco referencial, ya que lo que no se nombra, difícilmente se piensa. Kimberlé Crenshaw señaló en alguna ocasión que sin marcos que nos permitan ver cómo repercuten los problemas sociales en todos los miembros de un grupo determinado, muchos individuos pertenecientes a esos grupos caen invisibilizados, perdidos en un marco de referencia que no nos permite pensar su particularidad. A las mujeres nos pasa esto: detrás del genérico ser humano, no hay tal representación. Lo que es supuestamente neutral, en el imaginario colectivo sigue siendo representado como masculino. Sin embargo, también debo insistir en lo siguiente: nombrar lo femenino no nos resuelve el asunto, aunque es una primera parte de la solución. No podemos obviar que el mundo no es un mundo binario. Existe un espectro intermedio entre esas dos categorías humanas que es igualmente valioso y necesario de nombrar. Y definitivamente la diversidad de experimentar la vida humana sobrepasa los límites de esas dos casillas.

Insisto en la importancia de caer en cuenta del androcentrismo recurrente, esto es, la visión del mundo en la que el hombre es el centro de todos los desarrollos importantes, y la mujer juega un papel secundario. Este fenómeno ha sucedido en múltiples escenarios académicos, artísticos e incluso políticos. Desde este punto de vista, negar que existe una presunción del ser mujer que nos ha marcado y nos sigue marcando en nuestras existencias concretas es una huida inauténtica, esto es, una salida fácil a la problematización de nuestra experiencia, es evitar la problematización en sí misma.

Comments are closed.