El territorio como objeto de disputa

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Por Katherine Esponda Contreras

Una de las consignas más férreas que se ha sostenido a lo largo de este Paro Nacional es el mantenimiento de los bloqueos en los denominados puntos de resistencia. Escenarios físicos de bloqueos intermitentes que se instalan en ciertas zonas de nuestra ciudad, los cuales han generado unas redes de apoyo y colaboración que ya hemos destacado en columnas anteriores, pero también han recibido las críticas y el rechazo de un sector de la ciudad.

El día de ayer, sobre las 4 de la tarde, el sector de la Luna fue bloqueado nuevamente por lo que serían algunos integrantes de la movilización social que funciona en este sector. Como de costumbre, el tráfico que se acercaba al punto lentamente fue tomando vías alternas. Mientras yo avanzaba en una dirección no determinada que me alejaba de mi lugar de destino, no dejaba de pensar en lo significativo de la situación: muchas personas como yo mantenemos algunos niveles de ‘normalidad’ en nuestras privilegiadas rutinas cotidianas (trabajo, estudio, las dinámicas del día a día) y de cuando en vez nos topamos con una dosis de realidad que nos interpela y nos recuerda varias cosas, entre otras, que esa ‘normalidad’ de la que gozamos algunas personas, otras no la tienen.

Concluía muy brevemente en medio de mis divagaciones: lo sonoro de la consigna “El paro no para” trasciende la cacofonía simple y hace el llamado de la resistencia. Me preguntaba las razones para bloquear un sábado a las cuatro de la tarde; me respondía a mi misma, precisamente, porque no es lo esperado y su función de interpelación se explica por sí sola: porque siempre es bueno recordar.

Hoy quiero llamar la atención sobre estos puntos de resistencia en dos sentidos: por un lado, el rol que ha tenido la ciudadanía en la resignificación de ciertos espacios de la vía pública y, por el otro, la manera en que el territorio esta vez urbano se nos devela como objeto de disputa entre las personas que integran las primeras líneas de resistencias y las fuerzas militares y para-militares que lo quieren controlar.

En la ciudad de Cali se destacan varios puntos de resistencia. Algunos ya han sido desmantelados en un intento por volver a la ‘normalidad’ deseable de muy pocas personas privilegiadas que poco o nada tienen que reclamar en términos de condiciones dignas de vida. Algunos siguen funcionando de forma intermitente de acuerdo a las mismas dinámicas del Paro Nacional.

Lo que si es cierto es que en muchos de estos una ciudadanía activa, joven en su mayoría, ha decidido resignificarse, apropiándose de ellos y dándoles un uso distinto. Es el caso de las bibliotecas instaladas en algunos lugares que funcionaban como CAIs, en las que se desarrollan de manera permanente intercambios académicos, culturales y artísticos a través de la palabra escrita, leída, cantada, recitada. Es también el caso de las nominaciones que ahora reciben ciertos lugares de Cali como Puerto resistencia, El puente de las mil luchas y La loma de la dignidad. Nominaciones que cargan de sentido gran parte de las vivencias de este Paro y las exigencias de unos mínimos de justicia.

Por ejemplo, la ahora reconocida Unión de Resistencias de la Comuna 20 el día de ayer emitió un comunicado en el que se destacaban dos cosas: la primera, un recordatorio a ellxs mismxs y a quienes les leyeren de los alcances que han tenido los bloqueos en los dos puntos de resistencia que representan (Glorieta de Siloé y La Nave). Destacando esta estrategia, reconocen que fue útil para lograr algunos objetivos de presión, pero que para el momento actual entienden que requiere ser transformada. La segunda, un aviso de reconfiguración y la suspensión de los bloqueos en los puntos de resistencia de Siloé aprovechando el día de hoy domingo y el día de mañana festivo para hacer una suerte de ceremonia de cierre en la que, a través del encuentro común, la comida, la música y las continuas expresiones culturales, artísticas e incluso espirituales, se transita a la figura dual de Paro barrio adentro y Asamblea permanente.

Este comunicado emitido el día de ayer pone sobre la mesa la apropiación que una gran parte de la ciudadanía ha hecho del espacio público como espacio común, en el sentido de unificación, cohesión y significación conjunta. Y cómo también esa ciudadanía joven, arrojada y organizada ha logrado transformarse también a la par.

Finalmente, no podemos obviar la dinámica también normalizada de respuesta estatal. A través de fuerzas legales y no legales han buscado retomar un control territorial que, a mi juicio, es de puro nombre. No porque realmente tuviesen o hayan tenido control en la zona, sino porque no pueden dejar que otros lo tengan.

En nombre de garantizar las libertades individuales y los derechos de libre circulación de algunos cuantos, se ha utilizado la fuerza para reprimir la resistencia. Lo que se les olvida es que también deben garantizar los derechos de esos otros no privilegiados cuyos intereses jamás han sido representados. Que el ESMAD o los paramilitares lleguen a estos puntos, bien sea gaseando o disparando, hacen del territorio urbano un objeto de disputa. Un objeto que representa la misma causa distante de un conflicto armado tan propio y tan nuestro, como lo es el territorio.

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