Fin

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Laura GilPor Laura Gil

Se acaba la Organización de Estados Americanos (OEA). Sesenta años de gradual construcción del sistema interamericano se están yendo por la borda de la mano de la democracia en Venezuela.

Embajadores y cancilleres continúan reuniéndose en Washington, el Consejo Permanente mantiene su agenda, José Miguel Insulza permanece aferrado a su puesto y miles de empleados acuden a la sede de la organización a trabajar todas las mañanas.  “Business as usual”, pretende la burocracia.

Al fin y al cabo todavía se ven algunas misiones de observación electoral aquí y allá e incluso varios Estados aún se toman en serio las decisiones y los fallos de la Comisión y la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Pero solo es cuestión de tiempo: estos no son más que los últimos coletazos antes de la declaración de defunción.

A nadie habrá tomado por sorpresa.  Quince años de chavismo hicieron mella en el continente. Jalonado por Venezuela, el bloque de izquierda de nuestra América logró su propósito: la creación de una nueva institucionalidad de bolsillo.

En La Habana, a su llegada a la última cumbre de la Celac el mes pasado, el canciller de Ecuador, Ricardo Patiño, dio un parte de triunfo.  “La Celac está llamada a reemplazar a la OEA”, afirmó.  Para que no quedaran dudas, insistió: “La OEA es un organismo que ha hecho mucho daño a la integración regional; la Celac representa el futuro”.

La cobardía de los demás gobiernos, arropados con la ilusión de la complementariedad, dejó a la OEA herida de muerte.  “La Celac no pretende sustituir a la OEA; se puede seguir coexistiendo”, dijo Laura Chinchilla, presidente de Costa Rica.

La misma María Emma Mejía, primera secretaria general de Unasur, había señalado: “La Unasur no se construirá sobre los restos de las OEA”.

Pero no se puede tapar el sol con los dedos: la OEA seguirá funcionando mientras se ahoga en su propia irrelevancia. A su secretario general no le importa siquiera darle una muerte digna. Ningún interés muestra en rescatar los logros de las últimas dos décadas: la adopción de la Carta Democrática Interamericana y la consolidación de los instrumentos de protección de los derechos humanos.

Insulza prefiere hacerle el juego a quienes recuerdan de la OEA solo su pasado cómplice con las dictaduras, desconociendo tanta agua que ha corrido bajo el puente desde entonces.

Nada tienen para ofrecer la Celac y la Unasur más allá de la diplomacia presidencial.  Ya sabemos cómo funciona. Los presidentes de nuestra América, del color político que sean, se convocan en medio de crisis para darse palmadas en la espalda sin temor alguno al escrutinio internacional.

En medio de su parálisis, esta OEA de Insulza observa la crisis en Venezuela. Al olvido cayeron los mecanismos institucionales de la Carta Democrática Interamericana, que le permiten a su secretario general organizar una misión de buenos oficios.

Si la sola mención de la Carta fuera demasiado provocadora para Venezuela, también Insulza podría proponerlo invocando el Pacto de Bogotá. O bien podría hacerlo simplemente porque eso hacen las organizaciones internacionales que defienden la paz y la democracia.

Pero nada de eso pasará.  El retroceso es innegable: nos hemos devuelto a un concepto de democracia reducido al mero ejercicio electoral.

Escudados en el principio de no injerencia en los asuntos internos, los presidentes latinoamericanos se aferran a la formalidad democrática sin exigir nada más.

Algún día, la democracia, con todas las de ley, volverá a Venezuela. Pero ya será demasiado tarde para  la OEA.

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