¡Fuera Israel

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Por Gustavo Orozco

Mahmoud Abbas retornó a Ramallah la semana pasada como un héroe. El actual presidente de la Autoridad Palestina ha alcanzado quizás el mayor logro en la historia de su nación desde la guerra de 1948 o, dicho de otra manera, desde el inicio de la ocupación israelita.

La admisión de Palestina a la ONU como Estado Observador no miembro le ha dado un respiro al pueblo palestino, injustamente empobrecido, castigado y oprimido. La ONU ha sin duda fortalecido la añoranza de un Estado Palestino independiente, pues la mayoría de países (aliados o no de Israel) han logrado enviar desde la Asamblea General un fuerte mensaje a Tel Aviv.

El cambio del estatus de Palestina en las Naciones Unidas revive el enorme debate sobre las relaciones israelo-palestinas y la estabilidad del Oriente Próximo. La defensa de la política exterior israelí, frecuentemente violenta y difícilmente imparcial, es para mí de todas formas incomprensible. En esa campaña irracional de defender a Israel, muchos cometen el error de asociar el judaísmo y el sionismo. Pero ser judío no debe equivaler a defender ciegamente al Estado israelí, como muchos parecen creer. Sionismo y judaísmo, permítanme recordarlo, no son sinónimos.

Infortunadamente, tal confusión lleva a muchos a pensar que la defensa de Palestina y la crítica a la política exterior israelita son una afronta directa a la fe judía. Ese, claramente, no es el caso. Yo no soy judío (ni antisemita) ni musulmán, pero mucho menos sionista. Respeto la existencia del Estado de Israel, respeto la idea de proveerles a los judíos un territorio seguro después de la Segunda Guerra Mundial, pero no puedo respetar las acciones del gobierno israelita contra un pueblo indefenso e inocente. Ciertamente el pueblo de Israel ha sido objeto también de violencia y sufrimiento, pero con la salvedad de que ello no proviene de una política gubernamental deliberada sino de organizaciones terroristas.

Las reacciones de Israel después del logro palestino son la evidencia más contundente e irrefutable de que su política es intencionalmente incendiaria e indiferente hacia los intereses palestinos. Israel ha mantenido desde hace años una política que fomenta los asentamientos judíos en sus territorios ocupados, pero ahora que pretende extenderlos a lo largo de la franja E-1, hasta sus aliados han protestado. Poblar esa zona pondría efectivamente fin a la formula biestatal a la que Israel siempre, y de todas las formas, ha mostrado su oposición, pues terminaría con la continuidad territorial de un futuro Estado palestino.

Me acuerdo de haber leído hace algunos años un estudio que demostraba cómo los niños maltratados en su infancia, a diferencia de aquellos que no lo habían sido, tenían una probabilidad mucho más alta de maltratar a sus hijos durante su adultez. Israel parece seguir la misma consigna: en lugar de ser un auténtico protector de los oprimidos, se ha convertido él mismo en un opresor. Las lecciones del Holocausto han tenido ese efecto contradictorio o han servido efectivamente como una herramienta perversa para no que no se dé el brazo a torcer.

Además, las mismas Naciones Unidas han dicho que de continuar Palestina en la presente situación, en ocho años esta será un lugar simplemente inhabitable. Las crisis humanitarias que se han presentado en los últimos años, junto con las ya difíciles condiciones de vida, muestran que la situación es, de hecho, sumamente delicada. Israel, sin embargo, ha insistido en cortar la maleza terrorista a como dé lugar. El aislamiento intencional de Gaza con barreras físicas, los bloqueos marítimos y hasta el racionamiento alimenticio son algunas de las herramientas de un Israel que busca evitar a toda costa la separación de territorios que no le pertenecen.

Así pues, y lo digo sin rodeos, Palestina merece la independencia. La solución de dos estados es la salida más razonable al conflicto israelo-palestino; reconoce el derecho a la autodeterminación del pueblo palestino, reconoce la ocupación de Israel en territorios que no le pertenecen y provee una salida viable a un conflicto de décadas donde todos están perdiendo.

Colombia, históricamente, se ha abstenido de estar a favor en todo lo que concierne a Palestina, justo como lo hizo en la reciente votación por aceptar la entrada de Palestina como Estado Observador no miembro. Sin duda, Colombia debe balancear su cercanía con Israel con su política de cierto modo altruista. La ganancia de apoyar a Palestina es mínima para un país con poca relevancia comercial o similitud cultural, pero el interés militar de una relación con Israel no se debe sobreponer a todo costo.

Nuestra posición ignora verdades gigantescas de un conflicto infame, las cuales deberían gradualmente propiciar un cambio en la posición colombiana. Así como la franja E1 ha sido la línea roja de muchos otros países occidentales y de los mismos Estados Unidos, Colombia debe encontrar un punto de equilibrio que le permita asumir una posición más racional con visos humanitarios.

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