Gashlighting y el silencio cómplice

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Por Katherine Esponda Contreras

Ya sabemos que la violencia tiene múltiples formas de manifestarse. La violencia de género no es la excepción: algunas son expresiones bien claras y establecidas, otras mucho más sutiles y, por lo tanto, más difíciles de identificar y de afrontar. Esta semana escribo a propósito de las denuncias que han salido a la luz sobre el caso de acoso sexual que ha vivido una estudiante del Departamento de Filosofía de la Universidad del Valle por parte de uno de sus docentes titulares, Daniel González García. Como docente e investigadora de esta área del conocimiento, pero, sobre todo, como egresada de dicho Departamento me cuestiono mucho esta situación desde distintas aristas: me pregunto cuántos casos de acoso sexual rondan en esos pasillos sin la atención debida y el seguimiento responsable para acompañar a las víctimas; cuántas veces ha sido normalizada la violencia de género en sus múltiples expresiones y cuántas veces el silencio cómplice ha posibilitado la revictimización y nuevos casos de acoso. Pero también me pregunto, a cuántas formas de violencia fui sometida sin darme cuenta mientras estuve allí, cuántas más fui aceptando en el camino porque estaban normalizadas.

A este respecto quisiera esbozar dos ideas que he logrado rumiar durante estas dos semanas: la primera de ellas, el Gashlighting como una forma de violencia psicológica que debemos aprender a identificar y afrontar, precisamente para evitar que la salud mental se utilice como escudo para minimizar las denuncias de acoso sexual. La segunda, la gran responsabilidad que tenemos de estar muy atentas y atentos a estas formas de violencia cuando suceden a nuestro alrededor, pues el silencio, la falta de apoyo y acompañamiento, y la falencia en la orientación debida también son actuaciones cómplices sobre las que debemos poner atención.

Este fenómeno denominado “Luz de gas” (Gaslighting por la obra de teatro titulada Gaslight del director Patrick Hamilton en 1938) constituye una forma de abuso emocional en el que una persona manipula a otra para que cuestione su propia concepción de la realidad. Esta forma de manipulación sucede en múltiples de las relaciones humanas y no está circunscrita solamente a las relaciones de pareja. También sucede en relaciones jerárquicas como aquellas establecidas en contextos laborales y educativos. Y aquí el asunto se vuelve un poco más complejo. En relaciones simétricas como las relaciones de pareja y de amistad los intercambios afectivos son ejercidos por dos interlocutores que se validan mutuamente en términos de igualdad. No sucede igual en las relaciones jerárquicas como las que se establecen entre jefe-subalterno en el ámbito laboral, o docente-estudiante en el ámbito académico. En una relación asimétrica, en donde una de las partes tiene un rol de poder y/o autoridad, caben otros elementos a considerar, por ejemplo, la responsabilidad que se adquiere cuando denotamos lugares de poder.

En los casos de acoso y abuso sexual, esta forma de manipulación -que es una forma sutil pero muy poderosa de violencia simbólica- aparece constantemente. La Luz de Gas tiene múltiples formas de manifestarse, pero quisiera aprovechar este contexto para señalar tres de ellas: la primera, cuando intuitivamente la víctima cree que algo que le está sucediendo está mal, pero no logra identificar exactamente qué es. Situación que nos lleva a la segunda, cuando constantemente la víctima se cuestiona si está siendo muy sensible frente a determinada situación que le incomoda. La tercera, cuando las personas que ejercen este tipo de violencia trivializan la manera en que una víctima se siente, usualmente, restándole valor e importancia a su sentir y pensar. Si queremos precisar este asunto en el caso de la violencia de género, somos víctimas de gaslighting cuando reaccionamos a situaciones de acoso, pero nos llaman exageradas pues “ya no se nos puede decir nada”. Trivializar nuestro sentir cuando somos acosadas, cuando nos sentimos incómodas, ignorar nuestro pedido de ayuda a las instancias directivas, también son expresiones de este abuso emocional que llamamos luz de gas. Después de normalizar la situación, terminamos cuestionando nuestras propias intuiciones y percepciones de la misma, lo que constituye una forma clara de revictimización. El caso particular que nos convoca esta semana, así como los casos de denuncia anteriores y sobre los que no hay procesos serios de seguimiento e investigación son casos en los que además de ser mujeres víctimas directas de acoso/abuso sexual y maltrato, son víctimas de esta manipulación, son revictimizadas.

Esto nos lleva a la segunda idea. El acoso sexual es un problema que nos convoca a todas las personas: víctimas y, evidentemente, acosadores. Pero también todas las personas alrededor. Ser testigo de una situación de acoso y no hacer nada al respecto nos vuelve cómplices. Razones para no intervenir pueden abundar en los discursos legalistas, y de buen juicio. Sin embargo, debemos cuestionarnos si esas que se esbozan como razones, no son realmente excusas para evitarnos la incomodidad de cuestionar nuestras propias prácticas y creencias sobre, por ejemplo, las relaciones docente-estudiante. Que las denuncias de acoso sexual frente a este profesor no hayan avanzado con la celeridad pertinente, o que las acusaciones sobre violación en contra de otro docente del mismo Departamento tampoco hayan recibido la atención debida, es una suerte de complicidad. Va siendo hora que en el ámbito académico y profesional universitario asumamos las denuncias de acoso con la seriedad que merecen; que dejemos de acusar a las víctimas de acoso de inestables emocionales para excusar a los acosadores, y que dejemos de normalizar actuaciones que ponen en riesgo la integridad de las personas. Porque tomarles fotos a las estudiantes (mujeres) de un curso para “tenerlas de recuerdo”, sugerir encuentros casuales mediados con alcohol en lugares como bares para tutorías académicas, o emitir comentarios sobre la apariencia física de una estudiante no son situaciones normales, son formas de acoso.

Las formas de acoso sexual, pero en general la violencia de género se presenta hoy día, pero no es algo nuevo. Lo nuevo es que hoy en día podemos dar cuenta de ella de una manera más elaborada. Aunque sigue existiendo un miedo enorme para denunciar, hay mayor visibilidad de esta problemática. Y como integrantes de la comunidad académica estamos llamados a abordar dicha problemática con la seriedad debida. No podemos seguir excusándonos en un silencio cómplice.

 

 

 

 

 

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