Juventud, divino tesoro

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Por Camilo Granada

Así titulaba el poeta romántico Rubén Darío su oda a la juventud. Pero cuando se ven el malestar, la angustia y el descontento que sufren los jóvenes actualmente en Colombia, parece más apropiado citar otro verso del mismo poema “La vida es dura. Amarga y pesa.”

Así lo demuestran dos estudios recientes. De una parte, está la encuesta realizada por la Universidad del Rosario, el periódico El Tiempo y Cifras y Conceptos que plasma el dramático impacto combinado de la pandemia, la crisis económica y el desempleo. Las cifras son reveladoras y más aún  cuando se comparan los resultados de la misma encuesta en enero de 2020 con los de esta semana.

Mientras hace 16 meses la situación personal de los encuestados había empeorado para menos del veinticinco porciento de los encuestados, este año el deterioro es mayoritario. Así, la situación personal se ha agravado en materia de seguridad para el 60%, la laboral para el 56% y la económica para el 55%. El desempleo, que preocupaba al veinte por ciento a inicios del 2020, es el principal problema para el 74%, seguido por la pobreza. Pero si el deterioro de las condiciones materiales impacta, la caída del estado de ánimo es aún más dramático. Mientras la alegría caracterizaba al 66% de los jóvenes en 2020, ahora tan solo el 6% declara sentirse así.

Aunque hay quienes han decidido ver en las movilizaciones sólo una conspiración orquestada por fuerzas oscuras, lo cierto es que estos elevados niveles nivel de desesperanza y descontento permiten entender la fuerza de los paros que estamos viviendo. Dos de cada tres jóvenes señalan que salieron a protestar y están dispuestos a seguir manifestando hasta que sus reclamos sean escuchados. Y si bien protestan unánimemente contra el gobierno nacional, lo hacen por causas sociales como el aumento de la pobreza o el desempleo.

La legitimidad y los liderazgos están cambiando. Los jóvenes no confían en el gobierno nacional ni local, tampoco en los partidos tanto de gobierno como de oposición, ni en los medios. Solo creen en sus pares –a través de las redes sociales—y en la universidad pública. Se sienten representados únicamente por las organizaciones estudiantiles y por el comité del paro. Esto hace que la salida de la crisis será aún más compleja pues los viejos modelos de negociación y concertación institucional quedaron superados. Ese camino podrá desbloquear una carretera, pero no servirá para ganar la confianza del 20% del país.

Mención aparte merece la profunda crisis de confianza en la las fuerzas del orden. Esto se refleja en el hecho de que casi la mitad de los jóvenes encuestados considera que los actos de vandalismo que se han vivido son atribuibles a elementos encubiertos de la fuerza pública.

El otro estudio, que complementa y agrava la situación, es la encuesta del Dane entre personas de 14 a 28 años. Según sus resultados, los llamados “ninis” (no estudian y no trabajan) representan el 27,7% de la población en ese rango de edad. Esta cifra de por si alarmante, esconde una enorme disparidad de genero: 17.4% entre los hombres y un 38,1% entre las mujeres. ¿Cómo pedirle a esos jóvenes que no tengan rabia, que no estén frustrados? ¿Cómo esperar que confíen en las instituciones?  Ahí está reflejada la profunda crisis de nuestra sociedad actual.

Los problemas estructurales y la recesión le robaron la esperanza y el optimismo a toda una generación que no encuentra espacio ni oportunidades para sacar adelante sus sueños y construir un presente y un futuro mejores. A fuerza de decirle a los jóvenes que son el futuro, Colombia cerró los ojos sobre su presente. Y ellos se cansaron de tanta promesa incumplida y de ver su realidad, como el cangrejo, caminar para atrás.

Es imposible no entender su desazón y su protesta. No solo es legitima como expresión política, es necesaria frente a la realidad que enfrentan. Y ahí está también la luz de esperanza. A pesar de que algunos quieran etiquetar a los jóvenes de revoltosos, una juventud movilizada por causas colectivas, por un ideal de una sociedad menos injusta y desigual, es el motor del cambio que necesitamos.

Afortunadamente, nueve de cada diez jóvenes piensa votar en las elecciones del próximo año. Ojalá surjan candidatos capaces de conectarse con ellos, motivarlos y devolverles la esperanza. No pueden lograrlo apelando más al odio, la polarización y el populismo y el retorno al pasado. Lo que los jóvenes parecen estar pidiendo, a gritos y cacerolazos, es  un proyecto colectivo que priorice la solidaridad con soluciones ambiciosas y realistas. Los jóvenes pueden escoger el próximo presidente. Tendrá más opción quien reconozca el valor de ese divino tesoro.

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