La democracia en Latinoamérica

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Resumen - Pablo UribePor Pablo Uribe

En esta semana los colombianos hemos tenido que ver imágenes que nos llenan de tristeza. Asombrados apreciamos cómo  nuestra patria hermana Venezuela se está desgarrando ya del todo. La fachada de una democracia que dejó de existir hace mucho tiempo se destruyó por fin. Las últimas elecciones, que siempre estuvieron cubiertas por un manto de fraude, dejaron un atroz saldo de protestas, gases lacrimógenos, riñas gigantescas en las calles y dos bandos que se odian a muerte. Mientras tanto, en el país de al lado, Colombia, miles de refugiados de la persecución del régimen (entre quienes tengo a muchos de mis mejores amigos) lloran con amargura, porque saben que en mucho tiempo no podrán volver a la tierra que los vio nacer y crecer.

Ese fue el legado que dejó Hugo Rafael Chávez Frías: un país con una deuda que supera los USD$100.000 millones (con esa cantidad de dinero, Cali podría funcionar por cien años), una institucionalidad completamente destruida, una oposición perseguida, un sector privado íntegramente lisiado y un pueblo incapaz de trabajar, pues fue inutilizado por una década de subsidios asistencialistas. El asesino de la democracia en Venezuela tiene nombre propio: Hugo Chávez.

El problema no es solo el final agónico de la democracia venezolana, es la intención de los seguidores de Hugo Chávez de continuar con ese legado perverso, intención que Chávez dejó clara tanto con sus actos como con sus palabras. El “socialismo del siglo XXI” es un proyecto que se planeó para toda Latinoamérica, que no comenzó con Chávez, sino que por el contrario nació cuando se escucharon los primeros fogonazos en La Sierra Maestra, en Cuba, hace más de 70 años. La revolución dizque bolivariana no es más que el renacimiento de la expansión comunista que impulsó el gobierno cubano, financiado por la entonces Unión Soviética.

El movimiento chavista es un movimiento que mira con total desprecio la democracia. Chávez y sus seguidores no han mostrado nada más que repudio por el sistema democrático: los insultos públicos a los opositores, el amedrentamiento a los ciudadanos que protestan, el total irrespeto por la propiedad privada, la clausura de medios de comunicación, la permanencia en el poder, la destrucción de la independencia de otras ramas del poder público. Todas esas son pruebas de que son enemigos declarados de la democracia y que no van a descansar hasta convertir a Latinoamérica en una tierra de regímenes totalitarios.

Nosotros los colombianos somos los campeones de la democracia. A pesar de todas las dificultades que se nos han presentado, hemos demostrado una capacidad indoblegable para proteger nuestras instituciones: Pablo Escobar, los paramilitares, el Cartel de Cali, el Cartel del norte del Valle, las Farc, el ELN, el M-19, Gustavo Rojas Pinilla, el cartel de Medellín… Todos intentaron de una u otra manera acabar con la democracia, y es claro que cualquier otra sociedad hubiera sucumbido ante cualquiera de estos personajes oscuros, pero los colombianos no, los colombianos aguantamos todos los golpes que nos pudieron dar y mantuvimos nuestra democracia viva por  tanto tiempo, que es la más antigua de toda Latinoamérica.

Es hora, entonces, de que demostremos nuestra capacidad de defender la democracia, pero esta vez por fuera de nuestras fronteras. Es hora de que nuestra política internacional no solo esté guiada por consideraciones meramente materialistas, sino por la necesidad imperante de preservar la democracia en todo Latinoamérica. Solo nosotros, los que damos ejemplo en estabilidad democrática, los que la defendimos de las amenazas más terribles, le podemos hacer contrapeso al régimen chavista, pues de quedarnos quietos, nadie se va a interponer en el camino del totalitarismo de Chávez, y las imágenes que hoy vemos que ocurren en Venezuela se van a repetir en toda Latinoamérica.

Exijámosle, entonces, a nuestro gobierno que oriente la política exterior colombiana hacia la defensa de la democracia de nuestros hermanos latinoamericanos, empezando por los que son más hermanos que cualquiera: los venezolanos.

Esta columna va dedicada a mi gran amiga Verónica Barone.

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