La memoria que imagina

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Por Katherine Esponda Contreras

Este viernes 9 de abril no fue cualquier viernes, fue un día de conmemoración. Desde el 2011 existe en Colombia el “Día nacional de la memoria y la solidaridad con las víctimas del conflicto armado” decretado como un acto simbólico de reparación para todas aquellas personas que han sido y siguen siendo víctimas de la violencia y el conflicto en nuestro país. Irónicamente, también fue un día en el que gran parte de la discusión mediática estuvo concentrada en la profesora caleña que, en el marco de los lineamientos curriculares de ciencias sociales del grado noveno, se ‘atrevió’ a gestionar la investigación académica de sus estudiantes alrededor de los denominados falsos positivos.

Para mi, este viernes fue el día de la contradicción, esa contradicción en la que vivimos constantemente en Colombia: nada más irónico que hablar de conmemoración, de memoria, de solidaridad con las víctimas del conflicto armado en nuestro país y seguir negando a viva voz una cruda realidad: 6402 víctimas de ejecuciones extrajudiciales en Colombia.

La fecha rememora ese otro 9 de abril, el de 1948. Un 9 de abril en el que el líder social y político colombiano Jorge Eliecer Gaitán fue asesinado. Día en que -según el entender de múltiples historiadoras e historiadores- se desata una ola de violencia entre los dos partidos tradicionales colombianos y da origen a los conflictos modernos del país. Sin embargo, hoy no quiero hablar de Gaitán (ya mucho han dicho sobre él), ni sobre la lucha entre los partidos conservadores y liberales (ya hemos visto mucho de eso).

Hoy quiero hablar de las víctimas y la memoria; quiero referirme a esa capacidad que tienen para seguir en medio del dolor, no como un intento de romantización de su gestión emocional, sino como un reconocimiento a esa difícil tarea de tratar de levantarse cuando hay muchos interesados en seguir pisoteándoles. Dolor que en muchas ocasiones siguen reviviendo no solo por la inoperancia de un sistema de investigación y justicia, sino, sobre todo, por una falta de conocimiento y reconocimiento sobre lo que en realidad ha pasado en nuestro país.

Hoy quiero hablar de la memoria.

Muchas veces me he preguntado si es realmente posible recordar -en el sentido de hacer memoria- cuando no sabemos toda la verdad de lo que sucedió. Es una pregunta ética, también política: ¿cómo se tramita un duelo cuando muchas de las víctimas siguen sin aparecer, cuando el sistema de justicia es inoperante y pareciera que constantemente se pusiera a favor de los verdugos? ¿Cómo hacemos para recordar sin que nos enjuicien por hacerlo? Y, sin embargo, no puedo negarlo, también es una pregunta epistemológica: ¿cómo hacemos para recordar cuando no se conoce todo el pasado tal como sucedió? ¿Es realmente posible?

En el contexto colombiano necesitamos hacer memoria, pero no de cualquier tipo: creo que necesitamos recordar imaginando: es la manera que tenemos de apuntar al reconocimiento del pasado desde las experiencias tanto particulares como colectivas, de tal forma que sea posible la circulación de relatos no hegemónicos, pero igualmente importantes acerca de lo que nos ha sucedido como sociedad. Creo que debemos hablar de un tipo de memoria que a mi juicio se nos ajusta muy bien a la realidad de nuestro país: la memoria imaginativa.

La memoria imaginativa constituye una alternativa a la memoria oficial que se pretende histórica, y por lo tanto verdadera. En este sentido, es una memoria extraoficial que se construye colectivamente a partir de las experiencias individuales. Tiene un componente de pasado doble: por un lado, el recuerdo directo o indirecto de lo sucedido en el pasado y, por otro, el intento que hace cada uno en su recordación de imaginar aquello que no se sabe o se desconoce.  El recuerdo de los hechos y la imaginación de lo desconocido coinciden en la elaboración de esta memoria, primero particular y luego colectiva. La tradición filosófica bien nos ha dicho que las facultades de recordar e imaginar comparten un mecanismo de funcionamiento similar: tanto la imaginación como la memoria constituyen facultades de discernimiento del mundo que funcionan con apariencias postperceptuales, es decir, con experiencias del pasado, debidas o causadas por una percepción anterior directa o indirecta. Y nosotros como colombianos sí que hemos tenido experiencias de pasado.

Nuestro país ha vivido uno de los conflictos armados internos más cruentos del cono Sur. La experiencia colombiana se caracteriza por ser un conflicto de largo tiempo de desarrollo y de afectaciones paulatinas que han venido pasando desapercibidas, la cifra de 6402 víctimas de ejecuciones extrajudiciales entre el 2002 y el 2008 es un claro ejemplo de ello. De esta manera solo hasta hace muy poco nos percatamos como sociedad de las víctimas en un conjunto, cuyo indicador estadístico fue apabullante. Nos dimos cuenta así, por ejemplo, que la nuestra ha sido una experiencia en donde las víctimas han sido muchas y de múltiples maneras y la mayor parte de ellas son re victimizadas cuando no logran saber qué fue lo que realmente sucedió. Este desconocimiento es una forma de injusticia que debe ser revisada, analizada y resuelta.

Insisto, la memoria juega un papel fundamental en los procesos de justicia simbólica para las víctimas. Lo que pasa es que nos sigue quedando muy difícil hacer memoria en un país en el que se nos prohíbe hacer memoria, en el país de la contradicción: no obstante, creo que necesitamos asumir la responsabilidad colectiva que hay en ello. La tarea de recordar no solo es de las familias de las víctimas que ya no están, sino de todas y todos. Insistir en entender el pasado a partir de dos fuentes complementarias puede ser una alternativa: recordar lo que sabemos ha sucedido e imaginar lo que pudo haber sucedido y desconocemos. Estas fuentes de explicación nos permiten elaborar el relato del pasado colectivamente, nos permiten hacer memoria.

 

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