La Necropolítica de Iván Duque

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Por Liz Rincón

Corrían los inicios del milenio cuando el ex – presidente Andrés Pastrana celebraba un jugoso convenio de apoyo con los Estados Unidos para dotar de armas, equipos y formación a unas fuerzas armadas, más bien caídas, con el fin de acabar con la guerrilla y su tráfico de estupefacientes. Este tesoro fue heredado por Álvaro Uribe Vélez y refrendado hasta el gobierno de Juan Manuel Santos. Semejante billonada para la guerra, fue bautizada con el nombre “Plan Colombia” y luego “Plan Paz”. El resultado fue la transformación de una policía y un ejército en verdaderas máquinas de guerra capaces de “neutralizar” hasta el último terrorista, sí, porque las guerrillas dejaron de ser actores políticos, al menos para la imaginación del poder gubernamental y de insurgentes pasaron a ser “terroristas”.

Si de algo se jacta Colombia es de su capacidad de matar al enemigo interno y acabar con los indeseables. En veinte años, vimos el renacer del Estado mortífero, que para muchos ciudadanos de clases medias (sobre todo) fueron motivo de orgullo y de celebración. La otra cara de la moneda la tienen las víctimas, con la vergüenza de los falsos positivos, con los sub – registros de desaparecidos, con las memorias de las masacres y de los desplazamientos en medio de los combates. En un dos por tres, Colombia era un gran cementerio recorrido por desplazados internos y llorado por exiliados internacionales.

Volvamos al presente. Ahí están los muchachos, las muchachas, que dejaron de ser jóvenes en menos de un mes, para convertirse en “vándalos” y por lo tanto “terroristas”. Este deseo desenfrenado de sangre del gobierno Duque me recuerda a Aquile Mbembe y su reflexión sobre la necropolítica, es decir, el poder de decidir quién debe morir y quien debe vivir bajo el pretexto de la soberanía o de la seguridad nacional. La razón es obvia, la reivindicación de la dignidad en la escala de “multitudes” hace temblar las estructuras tan arraigadas del poder, de repente, la resistencia de los jóvenes ha abierto una esperanza para el cambio social, lo cual implicaría muchas pérdidas para el orden imperante, de tal manera que el poder no quiere negociar, lo que quiere es continuar ad nauseam con sus formas de neo – esclavitud a las clases trabajadoras.

Para un gobierno que viene de un sector ideológico que le guarda culto al derecho de matar, construir enemigos es casi que imperativo. El enemigo guerrillero, el enemigo venezolano, el enemigo comunista. Pero su nivel de refinamiento en la taxonomía de enemigos, llega hasta el punto de no gobernar con el poder de la palabra sino con el poder de la bala. Como todos los teóricos de la guerra han demostrado, para matar se necesita deshumanizar, acción que le queda muy fácil al gobierno con un pasado de esclavitud que puso a los afros, indígenas y mestizos en un nivel equiparable al de animales.  La necropolítica tiene eco en las clases esclavas que aún se creen el cuento de que son blancas y que hoy, por hoy, se autodenominan “las gentes de bien”. Son los mismos que tienen que tener carro blanco y camiseta blanca para esconder sus facciones indígenas y su pasado despojado. Son obreros de los señores de la muerte, empuñan las armas a los “vándalos” porque verse reflejados en los jóvenes con hambre les rebota su ancestro violado, su abuelo sin tierra.

Así cada día, en la Colombia de hoy, vemos caer a los jóvenes asesinados directamente por camisetas blancas y por fuerzas entrenadas para lucha contraguerrillera, los defensores no paran de gritar lo desproporcionado de los enfrentamientos. Los jóvenes, que a lo sumo habrán empuñado una navaja, yacen incinerados, abaleados, mutilados, ahogados en el río. Muchos desaparecen, otros aparecen, pero no pueden hablar, porque lo que vieron les puso a habitar el silencio o porque el silencio es una estrategia de protección. A pesar de todo siguen allí ¿quién los mueve? La sensación de que no hay vuelta atrás, de llevar la búsqueda de los derechos hasta las últimas consecuencias y terminar con la necropolítica.

Claro, el poder tiembla frente a esos colores, con esos cuerpos rebosantes de alegría y sin la más mínima gana de abandonar el objetivo. Algunos dicen ¡ni saben lo qué quieren! Pero quien ha sentido el hambre y quién ha visto caer a sus amigos muertos tiene mucha claridad al menos sobre lo que no quiere. El Estado mortífero los llama vándalos, yo los llamo ciudadanos. Ahora bien, ¿estamos dispuestos a acompañarlos a frenar la necropolítica y retornar a la política? La respuesta la tienen las asambleas que lideran los jóvenes, finalmente son ellos los protagonistas de este momento de la historia.

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