Las colombianadas

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César López
César López

Por César López

Twitter: @cesarlopez_

En sitios web y redes sociales se les ha llamado colombianadas a avisos y letreros escritos con mala ortografía, a la creatividad criolla empleada en solucionar problemas con un poco de actitud popular en situaciones cotidianas. Pero más allá de reírnos de nosotros mismos al ver muchas veces la irresponsabilidad y atrevimiento de algunos colombianos que se destacan por su “recursividad”, esta es una actitud de corto plazo, exceso de confianza, comodidad y frescura. Son otro tipo de actos de los que muchas veces no somos conscientes los que se convierten en las verdaderas colombianadas, y esos son los que culturalmente nos afectan de forma negativa y que a pesar de todas las virtudes que tenemos los colombianos, no nos dejan avanzar.

Uno de las más comunes es no hablar con la verdad. Decir “ya voy llegando”, cuando ni siquiera se ha salido de la casa, o “mañana le llegan las revistas”, cuando ni siquiera las han impreso, o simplemente decir las cosas por decirlas. Ello debilita la confianza y credibilidad en la palabra de las personas. Eso hace que se citen reuniones a las 7:00 a.m. para empezar a las 8:00 a.m., porque “todo el mundo llega tarde”, o sacar 2.000 invitaciones, para que 500 confirmen y finalmente lleguen 200. Tanto nos acostumbramos a mentir, que se ha vuelto muy popular la muletilla para empezar una frase diciendo “la verdad es que…”, como si todo lo que había dicho anteriormente fuera mentira.

Otra colombianada es la de tratar de “darle en la cabeza” a los demás, cuando al final todos sabemos si lo que nos cobraron era más que lo justo, lo que trae como consecuencia que usted no le vuelva a vender a esa persona. Es una tontería tratar de ganarle más a las cosas, “cañando” a los clientes, pensando que se está negociando. Cómo es posible que haya vendedores que den un 80 % de descuento. Eso quiere decir que el precio de lista es un completo robo y que la próxima vez voy a querer que me den descuento para sentir que no me están “dando en la cabeza”.

Lo que sucede es que desde pequeños nos educan a punta de colombianadas, que en últimas consisten en engañarnos a nosotros mismos, como adelantar el reloj para llegar a tiempo, hacer copia en los exámenes, disminuir los kilos de las básculas para creer que cuando nos pesamos hemos perdido peso, hacer trampa, mentir y no cumplir con nuestras promesas. Este tipo de comportamientos no se ven en otros países, en donde un extranjero no entendería cuando decimos “dame un segundo”, “ya llego” o “dame un minuto de tu tiempo”.

La falta de coherencia entre lo que se dice y se hace, romper con la confianza y dudar de la palabra de los demás nos cuesta mucho. Nunca vamos a salir adelante entre personas que desconfían las unas de las otras, no vamos a ser competitivos frente a tratados con otros países si estamos acostumbrados a sobrecostear todo para prepararnos para las rebajas que nos van a pedir. Culturalmente debemos modificar ese comportamiento que se parece al de “el vivo bobo”, porque tal vez sin darnos cuenta estamos perdiendo mucho con nuestra mal entendida frescura y bacanería tropical.

Al país le debe salir muy costoso, y para la productividad en general, el hecho que se pierda tiempo, que se incumplan citas, que se tengan que hacer largas negociaciones y se generen falsas expectativas sin necesitarlo, sólo porque culturalmente funcionamos así. Necesitamos empezar a cambiar pronto este comportamiento totalmente contraproducente que a simple vista puede ser gracioso en un stand up comedy tipo “La pelota de letras” o en una de las varias parodias de Jaime Garzón, pero lo cierto es que cada vez nos alejamos de otras culturas y naciones que viven en el plano de la verdad y de lo cierto, no al contrario como nosotros, que estamos en la sociedad del engaño y la desconfianza, a tal punto que lo consideramos como normal algo que nos debería preocupar.

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