Las estatuas del país sin memoria

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Por Liz Rincon

Nos quejamos constantemente de un país que adolece de memoria y prefiere el olvido. Una y otra vez, hemos dicho ¡qué país sin memoria, estamos condenados a repetir la historia! Sin embargo, el 28 de abril de 2021 parece el despertar de una nación sumida en una especie de narcótico político.

El pueblo Misak del sur de Colombia, ya había dado el primer paso en 2020, echando abajo con vehemencia el monumento al conquistador castellano, Sebastián de Belalcazar, para luego ser echado abajo, hace pocos días, por los marchantes contra la reforma tributaria del gobierno actual en la ciudad de Cali.

La caída de la estatua es un símbolo muy poderoso porque lo que se viene abajo, no son simples estatuas que para muchos constituyen obras de patrimonio artístico. Sin duda, los escultores hicieron un gran trabajo, esto no se pone en duda. Pero bien podrían reposar en un museo a la ignominia y al desastre que produjo la conquista, la colonia y la institución de una patria boba.

Me senté en medio de las tareas matutinas a investigar a Sebastián de Belalcazar, encontrando que había llegado huyendo de un fratricidio y que sus asesinatos atroces contra los indígenas fueron incluso juzgados por sus coterráneos españoles. Pese a que se cambió su apellido y cometió evasión de impuestos y demás actos de corrupción, la ciudad de Cali lo tenía como su ícono fundador.

Ya decían los estudiosos de la decolonización que el mejor triunfo de los amos era lograr que sus esclavos los amaran, admiraran y desearan ser como ellos. Durante cinco siglos, nos enseñaron a esconder el pasado indígena, a buscar en las genealogías las purezas de sangre y a asociar lo ancestral con lo indeseable. ¡No sea indio! Manifestamos para señalar un comportamiento desdeñable. En ese entonces, en medio del narcótico político, admirábamos a los héroes de la conquista por fundar nuestras ciudades blanqueadas y violentadas.

Después de la caída de la estatua de Belalcazar, cientos de opiniones arremetieron contra “supuestos actos vandálicos” pero cómo pensar que bajar del pedestal a un criminal podría ser un acto vandálico. Es como si dentro de cinco siglos encontráramos una estatua a Garavito, por ser tan piadoso y tan creyente, a pesar de que violó y asesinó cientos de niños. El 28 de abril de este año, corrieron con la misma suerte las estatuas de Nariño, Alzate Avendaño y la cuenta sigue. ¿pero qué es lo que se está derribando? ¿por qué tanta rabia con los monumentos? ¿ellos qué culpa?

Tuvieron que pasar cinco siglos para despertar del sueño del olvido. De repente, los colombianos iniciaron un proceso de liberación de las memorias subterráneas, esas que los pueblos indígenas sí tenían clara, pero que nosotros los blanco – mestizos habíamos preferido dejar de lado, quizás por el dolor inflingido, quizás porque la herida colonial del mestizo es una herida abierta, que arde y se disfraza de arribismo, de condescendencia con el poder y de indiferencia.

Las estatuas caídas son, a mi modo de ver, reivindicaciones de antaño que estaban en deuda. Lo que se cobran las estatuas son las mismas razones que hoy tienen a cientos de manifestantes pacíficos en las calles marchando y declarando libre al esclavo que lleva adentro.

La turba con memoria pide tirar al suelo todas las estatuas de los opresores, no se trata de borrar la historia porque cometeríamos un exceso de presentismo. Las estatuas deben mantenerse y reposar contextualizadas, como evidencia de nuestra herida. Más allá de estos símbolos, lo más conmovedor y liberador es que la Minga indígena sea recibida con aplausos por los cientos de manifestantes.

En medio de tanto dolor por los actos desmedidos, propios de un país con hambre, se siente la esperanza. Puede ser que las nuevas generaciones nos despertaron con sus arengas antes de la pandemia, puede ser que el sonido seco de las cacerolas nos haya espabilado ese indígena silenciado. Podría ser que estas sean las últimas estatuas del país sin memoria. La historia como siempre, hablará y nos desmentirá o nos dará la razón.

 

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