Las madres de la generación indestructible

0

Por Liz Rincón

Quienes hemos parido, conocemos el poder de tener la vida entre las manos. Si parimos deseando al hijo, ese instante es quizás el momento más completo, pleno y real que pueda existir para nosotras. Mamíferas, cuidamos a los pequeños, los alimentamos, los reprendemos, nos enojamos, pero cuando duermen, sonreímos, porque esa vida que elaboramos a partir de nosotras existe y sueña. Nos encargamos de traer la vida a la especie, esos somos, las portadoras de la vida y con ella, de asegurar que nuestra humanidad evolucione.

En ocho días, el país escuchó el clamor de cerca de cuarenta madres, en su mayoría de la digna Cali. Con los días su llanto se multiplicó y parecía que la misma Colombia fuera la “mama” mayor que estuviera gritando. Sentimos el dolor ahogado de la espera insomne, porque algunos volvieron torturados a los pocos días y la mayoría no regresan. Los hijos que curamos cuando se golpean, los que no queremos que se resfríen, con los que pasamos noches enteras en los hospitales cuando enferman, fueron asesinados ante las miradas de cientos de espectadores, cayeron mientras bailaban, otros cuando regresaron a sus casas y algunos que, tirando piedras, recibieron disparos.

El mayor de los muchachos caídos nació finalizando la década de los 80, todavía era muy niño para ver cómo a las generaciones anteriores les quitaron sistemáticamente la esperanza. La mayoría nació en el milenio y recibió como herencia un país empobrecido, desplazado, sin derechos. Pero al mismo tiempo, escucharon los relatos de los indígenas, de los animalistas, de las músicas del pacífico que contaban historias de resistencias. Las chicas, se toparon con nuevos relatos donde las mujeres tienen derechos. Pero, cientos de ellos sólo sienten rabia, saben qué se siente no tener derechos y nos saben de política sino de calle.

En los países industrializados los llamaron la generación de cristal, un estereotipo que dista mucho de los jóvenes de Siloé y de La Luna, de Bosa y de Kennedy, que han aprendido a sobrevivir a diario, son guerreros cotidianos, amazonas del hoy. Las madres de los muchachos que están haciendo historia, provienen de la clase trabajadora y enseñaron a sus hijos a ser valientes. No hay de otra en Colombia, porque aquí sólo permitimos que los hijos de las clases privilegiadas, sean de cristal.

Esta semana, las mujeres Misak y sus muchachos nos devolvieron la dignidad y sanaron cinco siglos de herida colonial; la sangre derramada de las madres que perdieron a sus hijos, mantiene un paro que ya no es por la reforma de una política específica, sino que representa el clamor de un pueblo por la restitución de la totalidad de sus derechos violentados. Si hoy queremos celebrar el día de la madre, lo celebraremos por aquellas que han amado, cuidado y alimentado a quienes hoy exigen un cambio estructural necesario.

No necesitamos parir para que nuestros hijos sean asesinados y nuestras hijas abusadas, no necesitamos más purgas nocturnas, ni denominar vándalos a los muchachos a quienes les incumplimos las promesas como sociedad. El mejor regalo del día de la madre es la celebración de la vida y con ello, el acompañamiento incondicional para que esta generación continúe indestructible,  si no es así, ¿qué  otro proyecto colectivo podrá sacar a Colombia de la infinita tristeza, del bucle repetitivo de acuerdos rotos, de impunidad y de violencia?.

 

 

Comments are closed.