¿Limpieza social?

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Por Elizabeth Gómez Etayo

Frente a las diversas situaciones de inseguridad urbana que se han presentado en conglomerados como Cali durante el mes pasado, la gente pide a gritos: ¡limpieza social! Nuestro particular sentido común entiende aquello, como el exterminio de sujetos considerados indeseables por la sociedad. Frente a atracos: limpieza social. Frente a violadores de niños: limpieza social. Frente a protestas: limpieza social. Es comprensible, por supuesto, que la gente esté muy cansada de la inseguridad que se vive al salir de casa y no saber si se regresará sano y salvo. Claro, no es deseable. Pero, ¿Por qué la solución frente a problemas sociales profundos, es la llamada limpieza social? Apelo a la pensadora judía Hannah Arendt para tratar de comprender esta cuestión.

Esta filósofa de la política nos ha propuesto el concepto de banalidad de mal para comprender que solo el bien es radical. Es decir, para hacer el mal no hay que tener ni un milímetro de profundidad. El mal es banal, es superficial. Tanto el que atraca, como el que pide limpieza social está en la misma lógica de superficialidad; si me hacen el mal, respondo con mal. Solo el bien es radical, es decir, va a la raíz del problema, intenta comprenderlo para transformarlo. Pero, para ello, se necesita entrenar el pensamiento, nada más ajeno a nuestro tiempo. Las realidades actuales no permiten pensar.

Estamos tan saturados de ruidos, obstáculos y distracciones que el pensamiento ha optado por alejarse, porque el pensamiento necesita tiempo, silencio, pausa, justamente lo que no tenemos. ¿A quién le va interesar preguntarse por qué atraca el que atraca? ¿Por qué viola el que viola? ¿Por qué roba el que roba? Pero no cualquier robo, la limpieza social emerge como antídoto para el raponazo callejero no para los profundos robos de los que somos objeto como sociedad, a manos de unas élites políticas y económicas que no cesan en desangrarnos. Y no sirve el antídoto para este tipo de robos, porque comprenderlos demandan de un ejercicio de pensamiento que nos llevará la vida. Acumulación de tierras, despojo, concentración de riquezas, en fin. Tema para otra columna. Volvamos a la lógica que subyace a la tan anhelada limpieza social. La gente quiere resolver de un tajo una situación que ya no aguanta más y acude a esta simple fórmula.

Y sí creo que debemos efectuar una gran limpieza social, pero de otra naturaleza. Como sociedad debemos limpiarnos de nuestra indolencia, de nuestra falta de solidaridad, de nuestra falta de comprensión. No vale que usted diga: yo soy un trabajador honrado, hago lo que me toca. No basta, porque esta descomposición social es producto de una construcción colectiva; todos, todas y todes hemos contribuido por acción o por omisión a esta debacle social que nos agobia y tenemos que limpiarnos como sociedad, de esa negación de pensamiento que heredamos desde tiempos inmemoriales. Ya no sé si desde la invasión de Europa en Abya Yala (América) o desde antes como pueblos originarios, porque también estábamos en disputas internas que aún hoy perviven en conflictos tribales.

Como sociedad tenemos que limpiarnos de aquella suciedad que no nos permite desarrollar un pensamiento auténtico, genuino, pausado, comprensivo. Como sociedad tenemos que limpiarnos de aquellas respuestas fáciles a problemas complejos. Porque esa fórmula solo profundiza el problema. No es fácil. Pensar no es fácil y para pensar es necesario limpiar la mente, el espíritu, el alma y allí anidará el pensamiento, pero la fórmula de limpiar a los considerados anormales, desalmados, desadaptados, antisociales nos envilece tanto como a los que se quiere limpiar, nos pone a su nivel, nos convertiremos en más de lo mismo y luego esta cadena de violencias y venganzas será más difícil de parar. Sí, necesitamos una verdadera limpieza social. Como sociedad necesitamos limpiarnos de la verdadera suciedad que nos empequeñece. Necesitamos salir de nuestra burbuja para limpiarnos de la indiferencia.

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