Lo nuevo y lo viejo

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La crisis que vivimos actualmente en Colombia tiene múltiples causas. Unas son coyunturales e imprevisibles, como la pandemia y su impacto en la economía y las finanzas públicas. Otras vienen de atrás, como la informalidad, la desigualdad, la falta de oportunidades y la pobre representatividad de nuestro sistema político. Finalmente, otras preexistían y se agravaron por la Covid-19, como por ejemplo la pobreza o el desempleo. Sin importar si las causas son nuevas o viejas, la responsabilidad de plantear y liderar salidas a las crisis recae principalmente en el gobierno de turno.

Eso lo saben – o deberían saberlo—todos los que creen que pueden y quieren ser presidentes. La pregunta para ellos, y para el presidente en ejercicio, no es ¿quien tiene la culpa de los problemas que vive el país? sino ¿Qué debo hacer para solucionarlos? Desgraciadamente muchos gobiernos, y el del presidente Duque no es la excepción, gastan más energías tratando de responder la primera pregunta en vez de concentrarse en resolver la segunda.

El presidente Duque se ha equivocado de manera reiterada en el manejo de la coyuntura. Sobra decir que tiene gran responsabilidad en haber precipitado la crisis al presentar una reforma tributaria excesivamente fiscalista, sin haberla ambientado con partidos políticos, gremios y académicos antes de presentarla. Fueron múltiples las advertencias que recibió incluso de su mentor y de su partido. Pero optó por no escuchar.

Su empecinamiento se convirtió en una triple derrota. Tuvo que retirar la reforma, perdió a su ministro de hacienda y despertó una rabia popular latente y que se había anestesiado por cuenta de la pandemia. Obvio, muchos opositores buscan capitalizar el descontento. Pero eso es lo propio del debate político. El mismo Duque criticó duramente la reforma tributaria de 2016, cuando era senador de la oposición. No debe sorprenderse ahora de que sus contradictores hagan lo mismo.

El problema más grave está en la forma como ha manejado el gobierno la protesta ciudadana. Su respuesta ha carecido de humildad, empatía y audacia.

Le faltó humildad, porque no ha podido reconocer que se equivocó. El retiro de la tributaria y la salida del ministro delatan el error, pero faltó el acto de reconocimiento del mismo por parte del gobierno. Haberlo hecho le habría abierto espacios de escucha y generado credibilidad a sus llamados tardíos a la concertación.

No ha mostrado empatía frente a las víctimas, mortales o no, en las manifestaciones. Su negativa a mencionarlos siquiera, a visitar a los heridos, sumada a la descalificación de la angustia de cientos de miles al reducirlos a idiotas útiles controlados por manipuladores con oscuros intereses políticos o criminales (así los haya) demuestran cuán desconectado está de la durísima realidad que enfrentan millones de colombianos.

Finalmente, no tuvo la audacia suficiente para convertir la retirada en avanzada. Si hubiera actuado rápido, con generosidad y arrojo para convocar al país entero, empezando por sus opositores, a construir una salida, su posición política hoy sería totalmente diferente. Habría logrado invertir la carga de la prueba, obligando a sus contradictores a que asumieran la responsabilidad de explicar cómo lograr la cuadratura del círculo de aumentar el gasto social sin incrementar los ingresos permanentes del Estado.

A pesar de todo lo anterior, su llamado a una nueva edición de la conversación nacional del 2019 podría funcionar y traer una luz de optimismo y esperanza para el país. Pero para lograrlo, tiene que ser generoso y eficaz. No es el momento de cálculos políticos, vetos y tampoco de saldar cuentas por rencillas políticas. Se requiere llamar a todos los sectores y ponerlos a que aporten a la solución. Serán los ciudadanos quienes  juzguen su capacidad de construir y no simplemente de criticar. También es necesario que el gobierno escuche de verdad y acoja sinceramente las propuestas que se traigan a la mesa.

Con el concurso de todos los sectores políticos, económicos y sociales, la concertación tiene que traducirse en un plan de acción ambicioso pero realista, que marque el último año de su administración. Si lo logra, el presidente Duque podría construir un sólido legado al lanzar unas reformas sociales y económicas de profundo calado para reducir la pobreza y la desigualdad que nos aquejan por generaciones y que se dispararon por la crisis. Esa debería ser la única prioridad nacional.

El presidente todavía está a tiempo de liderar la construcción de respuestas de fondo a los problemas –viejos y nuevos—que agobian al país y que no desaparecerán por arte de magia en catorce meses de gobierno, pero permitirían que los gobiernos siguientes mantengan el derrotero hacia una Colombia menos desigual, más democrática y más solidaria.

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