Los descartados

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Francisco Javier Pantoja Pantoja

Magister en Economía AplicadaAplicada

@fjpantoja

 

Las cosas habrían sido distintas y otro gallo cantaría, si la Corte Suprema hubiere aceptado que el voto femenino se instaurara en Colombia en 1853. Fue con la decisión de la legislatura de la provincia de Vélez -hoy departamento de Santander- que la patria se convirtió en la primera nación del continente americano en adoptar el sufragio femenino.

¿Por qué desempolvar este tema? y ¿para qué pudo servirle a la moderna sociedad colombiana?. El ‘pudo ser’ es un consuelo, no obstante, aquí sirve para ahondar sobre el camino que no se tomó.

Primero, es altamente probable que Colombia no sufriera del lastre del machismo, de la violencia de género, del rótulo de ama de casa, entre otros; no se necesitarían leyes para combatir la discriminación política, social y económica hacia la mujer. Nunca, la mujer debió ser tratada con inferioridad.

Segundo, la legislatura veleña se adelantó 16 años al estado gringo de Wyoming; 76 años antes que Uruguay que quedó primero en Latinoamérica cuando en 1927 aprobó el voto femenino y noventa y cuatro años antes que Argentina con Eva Perón a la cabeza. Un país a la vanguardia de las causas sociales.

Si la corte de marras no hubiere contenido estos vientos reformistas, Evita tal vez no habría trascendido en la historia latinoamericana por defender los derechos de las mujeres, y de paso se le habían evitado los grafitis de ¡viva el cáncer¡ que escribían sus contradictores políticos.

Ahora bien, como en el juego del dominó, empujada la primera ficha las demás seguirían el ejemplo de la provincia de Vélez. En temas sociales, suele pasar que lo que sucede aquí, se replica allá y acullá. Colombia primera que los europeos, que los franceses, de ver y no creer. Una cosa es ser líder y otra esperar a que la fruta caiga.

En un abrir y cerrar de ojos, la Corte Suprema -un año después- procedía a derogar la iniciativa veleña con el argumento de que ninguna asamblea provincial estaba por encima de la constitución federalista. Colombia acarició en el siglo 19 la cumbre de la emancipación política de la mujer y nació al nuevo milenio envuelto en el problema de la equidad de género.

Dice el refrán que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, y así fue. Cien años después Rojas Pinilla mediante el acto legislativo número tres de 1954 ‘otorgaría’ a las mujeres el derecho a votar. Si se hubiere adoptado en 1853 se le recordaría más por el golpe de estado y las abuelas no tendrían nada que agradecer al general.

No se haga ilusiones, que el reloj social no es el mismo que el del individuo. Generalmente cuando el ciudadano quiere cambios inmediatos, la sociedad requiere años sino son siglos en adoptar, cambiar y crear nuevas medidas. Para la muestra un botón, hoy en día, tímidamente se avanza en el reconocimiento de los derechos de la comunidad LGBTI.

La Corte Suprema de 1854 en su leal saber y entender descartó de un tajo y para siempre a las mujeres de la época y las privó por muchos años de un derecho, que hoy se considera fundamental. Con esta privación se abrió el boquete de la discriminación.

Y así como si nada, por obra y gracia del espíritu santo de las mayorías, los discriminados, los excluidos se convirtieron, sin pedirlo, en descartados.

Pero, ¿qué es un descartado? Aquel que está inmerso en una trampa de pobreza, las cuales se comportan como arenas movedizas, en las que al intentar sacar la cabeza se hunde más y más y más, y si sale con la ayuda de un subsidio -puede ser- lo espera un terreno fangoso para arrastrarlo al punto de inicio.

De vuelta en la ciudad, en el parque, en el pueblo, en la calle, la carrera de seguro oirá: moto, moto;  rodaja de piña dulce; minutos, minutos; compre el manguito con sal y limón. Al final existe un inmenso territorio de descartados dispuestos a todo y a nada.

¿Alguien debe juzgar? Que todo esto lo juzgue la historia, ¿cuál historia? ¿y quién juzga? Si aparte de descartados, ¡desmemoriados!

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