Los jugos del Cardenal

0

jugos del cardenal 1Por: Daniel Samper Pizano

El Cardenal despidió al último invitado. “Su Eminencia: la recepción ha sido prodigiosa, no encuentro palabras para agradecerle». «Gentileza suya, señor embajador, ni más faltaba.» Lo acompaño hasta la puerta, y el embajador hizo una genuflexión -solemne en la medida en que el champagne francés que burbujeaba entre frasco se lo permitía- para besarle el anillo. La mano, en un gesto augusto, lo  invitó levantarse y se frotó repetidamente contra la otra, mientras la cara rechoncha del cardenal seguía cruzada por una sonrisa imborrable. El embajador salió; el chofer de Su Eminencia, que hacía las veces de criado cuando era necesario y le servía de garçon de chambre, cerró el portón y la figura globosa y colorada de jerarca se quedó sola en medio de las arañas de cristal, las copas olvidadas en las mesas con incrustaciones de marfil, las sillas con escudos repujados y las alfombras que se perdían entre un mar de salones limitados por espejos. Su Eminencia permaneció varios segundos estático cerca la puerta, mientras el chofer y dos sirvientas con delantales negros empezaban a apagar las lámparas en los salones más remotos. A medida que la oscuridad volvía llenar las salas -tradicionalmente  olorosas a moho pero ahora infestadas con aroma de cigarrillos rubios, lavandas, agua de colonia, whisky, champaña y humanidad acalorada- la casona se tornaba más sola. Entonces Su Eminencia respiro profundamente, dio  una palmadita, un gracias a Dios y asintió con una temblorosa agitación de los pómulos cuando el chofer, que se acercaba a él dejando tras si una estela de oscuridad le dijo: «la recepción estuvo perfecta, Su Eminencia». El cardenal abrió los brazos y repitió gracias a Dios.

Desde el sector de la cocina se oyó un repicar de pisadas con dirección al gran vestíbulo donde se encontraba el Cardenal bajo la mirada austera de un Simón Bolívar de tres metros. La servidumbre se despidió tímidamente de Su Eminencia y el Cardenal, sin darse cuenta porqué andaba la caza de la certidumbre de un rebote que empezaba sentir en el centro mismo de la garganta, la despachó con una bendición mecánica que los coimes atraparon en el aire, agradecida y humildemente, se aplicaron enfrente, pecho y hombros.

jugos del cardenal 2«¿Todo arreglado, Joaquín?», preguntó saliendo de su ensimismamiento. El chofer hizo una venia de que sí y señalo las escaleras al prelado, con la intención de acompañarlo a sus habitaciones privadas. Antes de subir, el Cardenal se aproximó a una mesita e hizo un ademán de recoger una cajetilla de cigarrillos caía al pie, que sin embargo no alcanzó a agarrar porque la apenada diligencia de Joaquín se lo impidió. Se dirigió entonces a las escaleras de mármol y, apoyándose en la baranda, como lo hacía todas las noches, subió paso entre paso los  cincuenta y tres escalones, con una breve pausa en el descansillo y un respiro profundo al término del ascenso. Atravesó, seguido por el criado, un corredor larguísimo en el que se colgaban las cabezas al óleo de varios de sus ilustres antecesores y, tras mirar cuidadosamente la cara del gitano del Ilustrísimo señor Mosquera, con una profunda sombra en el mentón afeitado, descendió dos escaloncitos, torció a la derecha, paso por el salón Luis XV en el que el obispo anterior había tenido el mal gusto de incrustar un nicho con la Virgen del Carmen,  irrumpió en la enorme biblioteca, esquivo el atril donde reposaba una desproporcionada Biblia, salió por la puerta contraria, hizo caso omiso el sofá de cuero que apuntaba hacia el pequeño aparato de televisión, y entró finalmente, en su alcoba particular.

El chofer se apresuró a destender el cubrelecho, encender las lámparas de las dos mesas de noche y a hacer lo propio con la luz del oratorio, donde una veladora desfiguraba a ratos la barba tenebrosa de Francisco de Asís, santo de devoción de Su Eminencia. «¿Te aseguraste de que todas las luces quedaran apagadas?», preguntó por distraer el rebote que ahora se paseaba arriba y abajo de su purpúrea humanidad. Sin escuchar la respuesta, se despojó del capelo y lo colocó en una mesa negra que quedaba justamente debajo del retrato de Su Santidad con la mano en pose de bendición. «¿Su Eminencia quiere que le enciende el radio?», preguntó ceremonioso Joaquín, pero como el Cardenal no diera respuesta -al parecer embebido en la contemplación del Sumo Pontífice-, optó por cerciorarse de que estuviera la jarra con agua en el sitio donde debería estar, que la bata de Su Eminencia, morada y con un escudo indefinible bordado en el bolsillo del pecho, descansara en el respaldar de la silla y que la bolsa de agua caliente estuviera entibiando la piyama de Su Eminencia en el lado derecho de la cama, que era donde el Cardenal le gustaba arrellanarse. El Jerarca no había prestado atención a ninguna de estas operaciones, no sólo por rutinarias, sino porque recordaba arbitrariamente cosas de la recepción y porque el malestar del rebote no desaparecía y, todo lo contrario, se hacía más insistente y más ubicuo. Se despabiló, sin embargo, cuando Joaquín le dio las buenas noches por tercera vez, y entonces, luego de una rápida revisión del cuarto para ver si algo faltaba, colocó la mano izquierda sobre el pecho y trazó una cuidadosa bendición para su criado. Este se persignó con una rodilla en la alfombra y se retiró sin dar la espalda cerrando suavemente la puerta.

jugos del cardenal 3Todavía permaneció Su Eminencia unos momentos en el sitio en el que se hallaba, y luego hizo un gesto de desagrado y se dirigió hacia el baño. Encendió la luz fluorescente del espejo y se observó la cara, pensando, quizá, que con el yo haría desaparecer el rebote. Pero halló con las mismas mejillas coloradas, con las mismas ojeras verdes, con los mismos mechones canos que aplancho lentamente con la mano derecha, y con la boca entreabierta y carnosa que era suya. Salió apresuradamente, cruzo su habitación, jaló la puerta y llamo a Joaquín. El chofer, que se encontraba en el rellano de la escalera, se detuvo un instante y volvió atrás. Llegó casi jadeando a la pieza del Cardenal. Este revoloteaba hurgando los cajones de la cómoda corona por el Cristo que había abrazado Monseñor Perdomo durante su agonía. «¿No tenemos Alka Seltser, Joaquín?. Joaquín alzó las cejas. «Cómo no, Su Eminencia». Corrió hacia la mesita de noche, la abrió y extrajo dos sobrecitos. «¿Su Eminencia quiere que los eche en el vaso.»

El Cardenal se sentó pesadamente en la cama mientras el chofer ajustada de nuevo la puerta, y se entretuvo observando la dilución  de las tabletas.

Se desabrochó, no sin trabajo, el cuello y, haciendo girar y estirar el pescuezo, extrajo el redondel almidonado y lo depósito sobre la cama. Entonces pudo pasarse una mano por la garganta y se sintió más aliviado. Bebió despacio la solución, mientras se despojaba, empujando cada talón con cada punta, de los zapatos que al caer se ahogaron en la pelusa de la alfombra blanca. Ahora los pies, enfundados en brillantes medias de seda púrpura, colgaban como dos minúsculos columpios, a varios centímetros del suelo. Quiso deshacerse del cansancio de la protocolaria jornada con un profundo resoplo, al cual se agregó un recio y prolongado eructo, primer resultado de la efervescencia del Alka-Setzer en su alterado estómago. La salida del gas alivió considerablemente a Su Eminencia; pero, como subsistía el rebote, hizo un esfuerzo, subió la rendidas extremidades encima de la cama y se dejó caer sobre los almohadones con las palmas de las manos hacia arriba.

jugos del cardenal 4Otro eructo lo hizo salir, sobresaltado, de una somnolencia breve a que lo había sometido el mareo. El Cardenal hubiera dado cualquier cosa por apagar la luz, encender el radio y echarse a dormir así, vestido como estaba, para ver si con el sueño podía olvidarse de esa llenura desagradable que lo invadía. Pero no había rezado sus oraciones de la noche y sólo consiguió descansar un instante más, antes de incorporarse esforzadamente y dejar resbalar las plantas hasta la alfombra. Acaba de advertir, por allá en las últimas cavernas cerebrales, un ronroneo, molesto y permanente. Camino desprovisto de zapatos hasta la capillita y se dejó caer, más que se arrodilló en el reclinatorio, de cuyo cajón extrajo un misal que abrió donde le indicaba una cinta blanca. Mientras leía, se pasó la mano distraídamente por la cabeza, se acomodó mejor los anteojos sobre las narices y se entregó a la oración arrobadamente.

Pero la paz exterior del Cardenal no tenía nada qué ver con lo que sentía promoverse en las entrañas. El rebote se había convertido, a pesar del Alka-Setzer, el agua y los formidables eructos, en un insoportable malestar general que subía y bajaba la faringe reverberando en el esófago y lanzando, de cuando en vez, morteros de jugo gástrico que venían a estallar agriamente en la boca de Su Eminencia. El ronroneo cerebral se había convertido, por otra parte, en dolor de cabeza franco y declarado, cuya ubicación variaba de hemisferio en hemisferio, pues el prelado sentía indistintos agujeretazos en la totalidad de su extensión craneana. Producto suyo, probablemente, era un sordo tintineo que se agazapada bajo la oreja izquierda y le hacía sentir, sincrónicamente, un puntazo feroz en las fosas nasales que subía inmisericorde cartílago arriba y, luego de asestar seco golpe a los senos frontales, se derrama sobre la raíz de los ojos hasta que le hacía humedecer la mirada. A todo esto se había agregado un volcán en lo más hondo de los intestinos que rugía ostensiblemente, retorciendo tripas y explotando en gases que sólo dejaban respirar a Su Eminencia una vez encontraban atropellada salida.

Por todo esto, el Cardenal había dicho, más que rezado, las oraciones de la noche con instrucciones múltiples y frecuentes retraídas de la mandíbula contra la papada, que le ayudaban a acallar un eructo o a mermar el efecto de una agriera. Una vez hubo terminado, cerró los ojos durante un par de minutos, unió las regordetas manos frente a la cara y se sumió en una quietud exterior, que en circunstancias propicias hubiera sido casi mística, pero que ahora se veía alterada cada ciertos segundos por un estremecimiento frío que le sacudía la columna vertebral. Clausuró luego el libro, lo guardó en el cajón forrado del reclinatorio, con una leve reverencia se despidió de Dios Padre, con otra pidió permiso para retirarse a San Francisco de Asís y con una última deseó buenas noches a la Santísima Virgen. Casi sin poderse mover por el rebote, que ahora le desfiguraba el contorno de los objetos de la habitación y le traía inexplicablemente a la memoria imágenes banales del agasajo, con el Ministro de Guerra buscando discretamente un cenicero, el presidente de la ANDI limpiándose el chaleco el trozo de trucha salada, o el jefe de protocolo ponderando el retrato de Bolívar, el prelado comenzó a despojarse de la sotana, la que doblo con el cuidado que le permitía su malestar interno, de los pantaloncillos amplios y la camiseta de hilo en cuya espalda se hacía notorio un remiendo que contrastaba con la pompa de la bata y el brillo escarlata de las medias. Luego de vestir la piyama a rayas blancas y azules oscuras que sus hermanas le compraron de nochebuena, el Cardenal busco el pañuelo y se sonó estruendosamente, como si quisiera expulsar de una vez por todas el conjunto de malestares que se había apoderado que su rotunda obesidad por causa de dos copas de champaña y quién sabe cuántos bocaditos de caviar, trucha, huevo, anchoas, langostinos, salmón y aceitunas.

jugos del cardenal 5Todo lo que logró fue una invasión fría en las fosas nasales, que se tradujo en dos venerables lágrimas escurridas por las ojeras. Su Eminencia, convencido de que los males le durarían toda la noche y sin la menor esperanza de mejoría, fue sin embargo hasta el baño, abrió el grifo del lavamanos, dejó correr un poco el agua, llenó de nuevo el vaso, arrastró los pies, todavía entre las medias púrpura, hasta la mesita de noche, abrió el cajón, tomo dos sobres más, los rasgó, extrajo las tabletas, las soltó una por una en el vaso e ingirió el contenido, aún antes que el carbonato hubiera acabado de disolverse por completo. Luego desdobló las cobijas y se escurrió como una catedral entre la cama, no sin antes haber depositado las gafas en la mesa.

No supo cuantos minutos habían transcurrido, porque el sueño pudo más que el mal y lo adormiló; cuando sintió explotar en sus entrañas el volcán, sabiendo lo que se avecinaba, salto de la cama en el momento mismo en el que el torrente subía aparato digestivo arriba, caminó apresuradamente hacia el baño mientras la marejada arrasaba el esófago, se apoyó en el lavamanos un segundo antes que el caudal traspusiera el umbral de la garganta, y alcanzó a inclinarse en el instante exacto en que, por nariz y boca y ojos y oídos y poros -según le pareció a Su Eminencia- se desbordaba atropelladamente, tras una arcada que lo estremeció de pies a cabeza, un maremoto de jugos, sabores, líquidos espesos, sólidos a medio deglutir, gelatinas ácidas, trozos intocados de comida, fermentos y bolos, babaza y caldos que se estrellaron contra el pedernal del aguamanil y salpicaron los azulejos más próximos y el baldosín del piso. Un hilillo de saliva se estiró como caucho y se retrajo hacia los agitados labios. Entonces se repitió la tumultuosa expulsión, en esta ocasión de menores proporciones pero con las mismas arcadas, que, como ahora cada vez resultaban menos fructíferas, parecían conmover hasta la noble vesícula y el honorable hígado de Su Eminencia.

Luego vino una tranquilidad insobornable, mientras el Cardenal permanecía, los ojos llorosos y la garganta quemada por las acideces gástricas, inclinado en su sitio. Movió la llave y el agua empezó a limpiar el cuarzo y a llevarse lo expulsado hacia el sifón.

Así pasaron tres o cuatro minutos, durante los cuales Su Eminencia escupía con tesón para alejar de la boca todo resto desagradable. Al cabo, se limpió con la toalla el sudor, agua y lágrimas, fue por el vaso, lo llenó y repetidamente hizo buches que luego iban a unirse al manantial del grifo con dirección al sifón. Todo se había  apaciguado por dentro. Las íntimas regurgitaciones de los intestinos estaban completamente aplacadas; del dolor de cabeza apenas persistía la sensación que nace cuando desaparece un mal; los corrientazos habían sido reemplazados por una calma absoluta a lo largo y lo ancho, a lo alto y lo bajo de la espina; y los alfileres nasales habían desaparecido con todo lo demás.

Su Eminencia cerró el grifo, apagó la luz, clausuró la puerta para atajar el paso de los malos olores, giro el botón del radio, se tendió en la cama caliente y se fue quedando dormido entre la beatitud de los almohadones, mientras en el subconsciente le aleteaba la idea de que quizá podía tratarse de un milagro doméstico de San Francisco de Asís.

Comments are closed.