Ollas comunitarias, alternativa para calmar el hambre en Cali, se quedaron sin apoyo oficial

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La idea de no tener un plato de comida a la hora del almuerzo quizás no pase por la cabeza de muchos caleños, pero es la realidad que viven miles que en medio de la crisis económica no cuentan con los recursos para alimentar a su familia. La situación ha llevado a la comunidad de barrios de la capital vallecaucana a unirse alrededor de las ollas comunitarias.

Nury  Fernanda  Montaño además de trabajar con la comunidad en situación de discapacidad , administra una olla comunitaria de la Comuna 13
Nury Fernanda Montaño además de trabajar con la comunidad en situación de discapacidad , administra una olla comunitaria de la Comuna 13

Freddy Murillo Valencia es un caleño de 52 años habitante del barrio El Diamante, de la  Comuna 13 de Cali, que todas las mañanas se levanta pensando en cómo y con qué va a alimentar a 200 caleños que a veces resultan siendo 700.

Él no es el dueño de un hotel ni de un restaurante; es un desempleado más en la ciudad, que lleva 15 años trabajando por la comunidad y que hoy concentra sus fuerzas en la que hoy  es la tabla de salvación de cientos, sino de miles de hogares caleños: las ollas comunitarias.

Sí, y es que si bien la idea de no tener un almuerzo al mediodía está lejana en muchos hogares de Cali, es una realidad de una cantidad importante de familias que ven llegar las doce del día sin sentir el aroma de los alimentos en cocción, sencillamente porque no los hay.

Movido por esta condición de muchas zonas marginadas de la ciudad, don Freddy, como lo conocen en su barrio, se unió a algunos vecinos, quienes podían dar alguna ayuda, e instalaron una olla comunitaria en el barrio donde viven.

Esa única olla comunitaria luego se convirtió en siete ollas comunitarias más, ubicadas en distintos puntos de la Comuna 13, lo que generó un impresionante impacto no solo en la seguridad alimentaria de las familias, que llevando una libra de frijoles recibían a cambio almuerzos para todo el grupo familiar, sino también a nivel social porque estos sitios de reunión, de compartir el alimento, llegaron a desplazar incluso los lugares destinados para el  expendio y la comercialización de alucinógenos.

Freddy ya no alcanza a contar las personas a las que les ha calmado el hambre con sus amigos, ya no recuerda muchos de los rostros de mujeres, hombres, niños y ancianos que recibieron un plato de comida por quinientos o mil pesos. Pero de lo que si tiene el dato contable es de los que se benefician de alguna manera con su fundación: más de 700 individuos, cuya mayoría es población afro, según él, porque “casi siempre los negros somos los que llevamos del arrume”.

“El Gobierno no sabe que los caleños tienen hambre”: Freddy Murillo

Freddy Murillo, un hombre negro, alto, simpático y de acento vallecaucano, asegura que el gobierno de la ciudad no tiene idea del hambre que hay en las calles y los barrios. “La Alcaldía no solamente no apoya a las ollas comunitarias, también persigue a quienes las promovemos. Ya hemos tenido inconvenientes cuando hemos tratado de hacer eventos para recaudar fondos para población discapacitada: llegan funcionarios de la Secretaría de Gobierno, nos desmontan la actividad, se llevan el material representado en bonos de donación  y nadie responde por  esto. Ellos solo tienen  trabajo burocrático, no tienen trabajo de campo, no saben las condiciones de la comunidad, no les preocupa”. Afirma, mientras revisa en su computador donado por amigos de esta causa los datos de las personas inscritas para ser beneficiaria del almuerzo diario.

Precisamente por la falta de apoyo, Freddy indica que de las siete ollas comunitarias que se llegaron a instalar en los barrios de esa zona de Cali hoy solo queda una, que se rota para que pueda llegar a quienes la necesitan. En la actualidad el único aporte que reciben, representado en alimentos, llega del Banco de Alimentos, de la Arquidiócesis de Cali, que  envía 350 kilos de verduras; el resto depende de la caridad de las personas que puedan aportar.

“Como es el desayuno así va a ser el almuerzo; si no hay desayuno, menos almuerzo”

Este viejo adagio popular lo cita Nury  Fernanda Montaño, una líder de la comunidad que, aunque siendo mujer negra en situación de discapacidad y desempleada, no se dejó amilanar por su cruda realidad y hoy administra con sus conocimientos en la materia la única olla comunitaria que trabaja por la alimentación de los caleños de una zona del oriente de la ciudad.

Según ella, movida por la preocupación de decenas de madres de familia del barrio El Diamante por no poder darles desayuno a sus hijos, decidió apoyar el proyecto de la olla comunitaria. Según Nury, “son muchos los niños que llegan a sus escuelas en las mañanas en ayunas, sin probar alimento. La angustia ante la situación no solo toca a los padres, también a los profesores, que notan la falta de rendimiento escolar en las aulas porque muchos de ellos están desnutridos. Esto hace que con mucho ánimo piense en el menú diario con el que voy a recibir a esos pequeños y lo más probable es que también deba recibir a sus padres al mediodía. Familias enteras dependen de nosotros”.

Montaño reconoce que aún no están en condiciones de darle el desayuno a toda la población que lo necesita pero admite que por algo se empieza: “Confiamos en que, por ejemplo, la harina para hacer colada que nos prometió Bienestar Familiar hace seis meses llegue algún día a nuestras manos. Esa sería una gran ayuda”

Un sancocho, porción de arroz, jugo y ensalada y de vez en cuando una porción de carne, solo cuando se puede, resulta un manjar en medio de la necesidad. La comida de la noche se “despista” pero el almuerzo, difícilmente. No perdiendo de vista esto, Nury y otras tres mujeres voluntarias deben preparar la merienda del mediodía a quienes llegan cargando su propio menaje. Los comensales comen en el sitio debajo de carpas o se llevan el almuerzo para a sus viviendas, por lo general, casas de inquilinato.

Esta líder asegura que incluso las ollas comunitarias son modelos económicos porque los vecinos de varias familias que viven en una sola casa se ponen de acuerdo, aportan un kilo de arroz y, a cambio, almuerzan todos. El ahorro se ve representado en la compra de productos de la canasta familiar y en consumo de energía.

Para Nury, quien nació en el barrio El Diamante, la solución no puede quedarse en un plato de almuerzo que se le da a la gente; es necesario que las administraciones tengan sus políticas públicas que garanticen calidad de vida a la población y ello no se logra si los gobiernos ni siquiera conocen a la gente de la comunidad.

“Está pendiente por hacerse un censo y establecer cuántas personas en situación de discapacidad y cuántas madres cabeza de familia existen. Hay estudios hechos hace varios años y resulta que Cali ha cambiado por el conflicto armado de la región: llegaron colombianos provenientes de otros departamentos y regiones desplazados no solo por la violencia, también por la falta de oportunidades, que fueron recibidos pero no acogidos”, puntualiza.

Ollas comunitarias a cambio de fronteras invisibles

Las fronteras invisibles se volvieron “El pan” de cada día de los habitantes de algunas comunas de Cali, esto significa que un habitante de un barrio sobre todo si es joven no puede pisar siquiera la calle del barrio vecino porque sería atacado de forma violenta por algún miembro de una pandilla, varios han sido los casos de muchachos que han perdido la vida en medio de estas disputas.

Las ollas comunitarias, que como ya se mencionaba han desaparecido por la falta de respaldo, han logrado cambiar la concepción de violencia e intolerancia que había por la disposición para compartir y ayudar al otro, mientras se calma el hambre en comunidad. Según sus organizadores, ya es muy frecuente ver a los jóvenes con sus familias pasar de un lado a otro, de barrio en barrio, para recoger el almuerzo, el único “golpe” del día.

Freddy y Nury cuentan que nunca antes habían visto en barrios como Mojica estrategia más efectiva para contrarrestar la violencia que un sencillo plato de comida. Alrededor de la olla, la más grande del barrio, tiznada con el carbón con que se cocina, hay largos diálogos de los últimos acontecimientos ocurridos en el barrio, se escuchan chistes y hasta se planean actividades recreativas.

Las ollas comunitarias son un llamado a la convivencia. Ir por un plato de comida a una olla comunitaria no es un acto de humillación ni de mendicidad, es la manera digna de enfrentar la compleja situación económica, reconociendo que se necesitan los unos a los otros para salir adelante.

Denuncia de la comunidad

El señor Freddy Murillo Valencia denunció la situación ocurrida el pasado el pasado 20 de junio del 2012, cuando un grupo de voluntarios promocionaban la donación por medio de bonos de $5.000 para  ayudar a la población en situación de discapacidad de la Comuna 13.

Estas personas se encontraban cerca a la plazoleta del CAM, a orillas del río Cali, cuando según su testimonio fueron desalojados de forma irrespetuosa por funcionarios de la Secretaría de Gobierno (derecho de petición radicado el 16 de julio de 2012 ante la Alcaldía de Cali).

Además del desalojo, indica Freddy Murillo, fueron despojados de la papelería con la que contaban para esta actividad, representada en $5.000 bonos con los que se buscaba que la comunidad colaborara para el sostenimiento de personas en situación de discapacidad.

Asegura Murillo que aunque el derecho de petición llegó al despacho del Alcalde de Cali Rodrigo Guerrero, fue devuelto a la Secretaría de Gobierno de la ciudad para dar comienzo a un proceso resolutivo que aún no define si el material queda decomisado o será devuelto.

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