¿Minga en la ciudad?

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Por Elizabeth Gómez Etayo

Integrante del Centro Interdisciplinario de Estudios de la Región Pacífico Colombiana, CIER

Universidad Autónoma de Occidente

¿Es posible una gran minga o en la ciudad? Del 30 de mayo al 14 de junio de 2016, se vivió en Colombia una gran movilización social denominada “Minga agraria campesina, étnica y popular”. Su carácter, especialmente rural, todavía nos asombra en las ciudades. Y eso que nuestras urbes no son precisamente el mejor indicador de modernidad y sí, más bien, un pálido reflejo de un pasado -no lejano- de una ruralidad que se nos coló por las fronteras, que nos habita todavía y que paradójicamente, desconocemos cuando nos muestra su rostro a través de las luchas, confrontaciones y resistencias directas de campesinos, afros e indígenas que sobreviven en sectores rurales. En nuestras ciudades, que son un tinglado de urbanización forzada con migración campesina, parece que se avergonzaran de su propio mestizaje. Como si el olor del sudor, los colores de pieles y los acentos diversos, resultaran molestos, al abrir, con algo de sorpresa, una nevera vacía y constatar los precios elevados de la comida en el supermercado local.

Muchas fueron las expresiones gráficas de esta Minga que nos invitaban a acercarnos a esa realidad. Una de las más explícitas nos recordaba que la comida ingerida a diario, viene de allá, del campo, de la zona rural, cultivada por esas mujeres y hombres que llevan lustros reclamando lo mismo: Tierra y Territorio. La misma consigna de tierra para quien la trabaje, entonada por cantores como Ana y Jaime – hoy desconocidos – y la misma demanda de soberanía en territorios para decidir qué tipo de desarrollo es el más propicio para la vida digna.

Los pueblos en Minga lograron, por fin, que el Gobierno los tratara con seriedad y respeto, instalando la Mesa única de negociación para revisar una agenda, cuyo punto principal es la revisión de acuerdos incumplidos por parte del Estado, después de las manifestaciones de 2013 y 2014. Esto resulta increíble. Una manifestación para revisar por qué no se cumplieron los acuerdos de la manifestación anterior. Manifestaciones que, en  esencia, reclaman lo mismo de medio siglo atrás. Y una de las cosas más lamentables es que todavía en las ciudades no comprendamos la dimensión de lo que está en juego. Y que los medios masivos de comunicación le sigan dando voz solamente a versiones oficiales, como la del Ministro de Minas, quien con tono de ultimátum, desconoce el mecanismo de consulta previa e insta a que las comunidades en Minga, digan si quieren o no el desarrollo.

Sería maravilloso que lo pudiéramos discutir. Porque lo que ésta Minga nos propone pensar, de fondo, es: ¿qué futuro nos espera de continuar con un modelo de desarrollo basado en el extractivismo?, cuyos defensores, como altos funcionarios del gobierno nacional, con eufemismos y pericias administrativas, nos quieren hacer creer que es posible la práctica extractiva sin afectar el ambiente, siempre y cuando se sigan cuidadosamente los protocolos establecidos por el propio gobierno y los impuestos por multinacionales y empresas nacionales. Medidas que algunas autoridades académicas ya han cuestionado con claros argumentos.

Mejor dicho, estamos en un momento en el cual deberíamos pensar, con toda la calma que el pensamiento requiere, que lo conocido como desarrollo es más bastante parecido a un proceso de autodestrucción, pero es tan fuerte el andamiaje creado, que funge como jaula de hierro bañada en oro, cuyos barrotes deslumbran y no nos permiten ver otras opciones que ya han sido propuestas por pueblos originarios ecuatorianos y bolivianos, bajo nombres como “Buen vivir” y “vivir bien”, y que el sociólogo portugués, Boaventura de Souza Santos, cuando logró comprenderlo, lo llamó: “epistemologías del sur”.

En las ciudades, la jaula de hierro bañada en oro nos tiene absolutamente obnubilados. Nada qué hacer. En las ciudades no es fácil comprender qué es realmente vivir bien. En las ciudades no es fácil estar en Minga. Nuestro pasado ancestral, tan cerca y tan lejos, ha sido borrado de un tajo por un modelo de desarrollo cuyos efectos colaterales se sienten con más rigor en el ámbito de la cultura y lo simbólico, por lo tanto, invisible. La única forma de empezar a comprender esas otras realidades, es dándose una vueltica por el campo. Es preguntándose de qué otra forma podemos llenar la nevera. Es acercándose a conversar con los pueblos en Minga. Es empezar a preguntarse por qué una “minga” y no una “huelga”. Sin duda, la forma de resistencia se ha transformado y se ha articulado a las luchas que otros pueblos indígenas, afros y campesinos, libran a lo largo y ancho de América Latina, en países donde el pasado ancestral todavía no genera vergüenza, o por lo menos no tanta, como en el nuestro.

En fin, no es posible vivir bien con el modelo de desarrollo extractivista que promueve el actual gobierno. Para el buen vivir es necesario dejar descansar la tierra, no exprimirla más y pensar, con más creatividad, en mingas urbanas donde se reconozca que nuestro pasado rural está a la vuelta de la esquina y que es posible construir otras formas de vivir en las ciudades y en el campo.

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